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2018

LA DEUDA CON CANSINOS ASSENS PDF Imprimir E-mail

CORREO DE ANDALUCIA / 21/3/2018

Cuando Jorge Luis Borges vino a España después de muerto Franco, en el mismo aeropuerto de Barajas lo asaltó –como era natural– una nube de periodistas y, entre ellos, alguno le preguntó quién era su maestro. En aquellos años los literatos sudamericanos estaban conquistando el mundo hispano: Miguel Ángel Asturias había recibido el Nobel; Gabriel García Márquez lo ganaría algunos años después; Alejo Carpentier era ya un clásico; Carlos Fuentes, Octavio Paz, Juan Rulfo o Vargas Llosa lo seguían, y bastantes de entre ellos se confesaban alumnos de Quevedo. Así que alguien le preguntó si también él lo consideraba su maestro y el argentino contestó que no, que su maestro era Rafael Cansinos Assens del que muchos de los entrevistadores ni habían oído hablar.

No sólo era desconocido en Madrid; también en Sevilla a pesar de que hubiera nacido aquí y aquí hubiera formado con Pedro Garfias, Adriano del Valle, Isaac del Vando, Rafael Porlán y otros más de la corriente ultraísta y con ellos hubiera fundado la revista Greciaque, en un dibujo de su portada se adelantó dos decenios a la –ahora– célebre lata de sopa de tomate de Andy Warhol poniendo en su portada (la portada de una revista de poesía) el dibujo de una lata de aceite lubricante. A todos los conoció Borges cuando anduvo por aquí en 1918, tanto que, incluso, escribiría en esa publicación al año siguiente su primer poema, Himno del mar.

Cansinos y los ultraístas habían alumbrado Grecia en la calle Amparo, junto a San Juan de la Palma, en un local que aún conserva restos de aquella imprenta y que recuerda con una placa el nacimiento de la publicación.

Como muchos de los escritores vanguardistas de entonces, el líder de los ultaraístas jugaba vital y líricamente con el pasado: añadió una ese a su apellido –que era Cansino como el de Rita Hayworth– convencido de ser descendiente de judíos sefardíes. No conozco a ningún otro converso que, en vez de por razones éticas, lo haya hecho por razones estéticas. A raíz de eso escribió obras de claro significado judío, especialmente Las luminarias de Janucá,donde explica su viaje hacia ese particular sionismogenético y sentimental que, en vez de residenciarlo en Israel, intentaba que echara raíces en esta tierra, la tierra que había sido Sepharad.

Hubo y hay mucha gente –gente tan reflexiva como Mario Penna– que creyeron que Cansinos fue un simple inventor de metáforas, como el Matías Martí de La Colmena lo era de palabras. Pero él era un hermeneuta, un exégeta de las intuiciones y los sueños de una genética distinta a la de Mendel, ignorante del ADN pero sabedora de la inexplicable transmisión de la cultura, alguien que descubría –en sus propias palabras– «el envés de las cosas» y necesitaba de las metáforas para describirlo. En eso consistía, precisamente, el ultraísmo.

Cansinos descubrió para la lírica los rasgos identitarios andaluces bastante antes de que lo hiciera Federico García Lorca yendo por la misma vera racial por la que caminaría –después– Fernando Villalón. El mundo de los toros y del flamenco adquirieron con él entidades distintas porque no fueron, simplemente, descritos por su pluma, como sucedía a diario en las crónicas y las críticas de los gacetilleros, sino interpretados intuitivamente por medio de la metáfora.

Gracias a ese método, que nada tenía que ver con el de Descartes, el judío Cansinos llegó al tuétano del de la semana que Joseph Peyré, treinta y tantos años después, llamaría La Pasión según Sevilla.

Cansinos escribió: «Los sentimientos difusos e individuales del alma andaluza han hallado, por fin, una expresión colectiva en ese credo católico que tanto trabajo le costó al principio aceptar; ese credo, importado a golpe de espada por los conquistadores, ha sido al fin suyo, y en la teología católica ha llegado a ver expresados el pueblo andaluz sus más caros misterios».

«Del Nazareno y la Dolorosa ha hecho las personificaciones visibles de su propia tragedia y en ellos ha visto su propio dolor enaltecido en apoteosis. El drama evangélico ha llegado a ser su drama y la semana de Pasión se ha convertido en sus Panateas, señalando la época anual en la que se siente pueblo».

Sin duda alguna fue el primer pregonero –muchos años antes de que el pregón se inventara– y el que le dio el pie a muchos que vendrían después, a los torbellinos producidos por las temperaturas tórridas sentimentales de Antonio Núñez de Herrera, por ejemplo, o a la versión nacional del drama pascual que Federico sintetizó viendo al Cachorro: «Cristo moreno pasa/ de lirio de Judea/ a clavel de España».

Sevilla, la Sevilla a la que le convino recordar haber sido, simplemente, cuna de la Generación del 27, abjuró de su relación filial con las vanguardias poéticas y vitales de diez años antes del homenaje a Góngora. Ni Garfias, ni Porlán, ni Mosquera, ni Adriano del Valle, ni Isaac del Vando y, a la cabeza de todos ellos, Rafael Cansinos Assens, no existen en Sevilla más amparo que esa pequeña placa de la calle Amparo.

 
 
 
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