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2018

TOCATA PARA EL PADRE AYARRA PDF Imprimir E-mail

ABC SEVILLA / 20/3/2018

ANTONIO BURGOS

Era de Jaca, aragonés de pura cepa, recio, constante, tenaz, aunque ya se había hecho más sevillano que cuando, al teclado de sus queridos órganos de la Catedral, que cuidaba como a sus hijos, terminada la bendición con el Santísimo en el baile de los seises ante la Pura y Limpia de la bandera blanquiceleste en la Giralda, improvisaba geniales variaciones sobre la copla que habían cantado aquella tarde los niños caballeros cubiertos ante Dios. Y era una maravilla escuchar cómo venían todos los ruiseñores otra vez, cual mariposa, y cómo se desandaban los siglos cuando las altas naves eran atronadas por los tubos grandes, que cantaban, como hace quinientos años, el «Todo el mundo en general».

Pues todo el mundo en general de los que amamos a la Catedral como algo nuestro, como oratorio familiar de los sevillanos, estamos hoy con esos órganos enmudecidos, porque ha muerto, ay, como en una leyenda de Bécquer, Maese Ayarra, canónigo por el plan antiguo, amante y defensor de las tradiciones del templo metropolitano, conocedor de sus secretos, como la antigua devoción histórica a la Virgen de la Antigua, que reverdecía en la misa que diariamente ante Ella decía, sabedor de que en aquellos mármoles enterrado estaba quien tomó por su espejo de arte, tientos y variaciones: Correa de Arauxo, cuya obra rescató y divulgó y que en el siglo XVI le precedió en esa forma que tiene Sevilla para proclamar la grandeza de Dios, que el órgano catedrático, en las solemnidades mayores, atruene las nervaduras de las naves góticas. No hacía falta que fuera Corpus y sonara el «Dios está aquí» del himno eucarístico. Dios estaba allí no sólo en la Custodia, sino en la celestial música del órgano iba a decir de la Catedral, pero me corrijo: del Padre Ayarra.

Que no se daba la menor importancia, con el prestigio internacional que tenía como concertista de órgano. Ni alardeaba de sus giras internacionales, de sus más de mil conciertos en setenta países, de su magistral autoridad mundial, embebido días y días de ensayos en Los Venerables o en la Catedral. Y tan amable, tan educado, tan elegante, que hablando con él, si no hubiese sido por nuestra común devoción a la Virgen de la Antigua, me hubiera parecido que conversaba con un inglés más que con un aragonés ganado por Sevilla, con el organista de la Abadía de Westminster mismo. Así era de británica su elegancia, pasada por el señorial barrio de San Vicente y su cofradía del Señor de las Penas.

Le animé a que grabara, ay, ese disco del patrimonio emocional para los sevillanos que eran sus genialidades en los teclados y registros de su órgano de la Catedral. Un disco con todo lo popular con lo que nos emocionó. Con el «A tus plantas se postra Sevilla» del himno a la Virgen de los Reyes; y el ya citado «Todo el mundo en general» de Miguel Cid; y «Jesús de las Penas» de Pantión, la marcha de su cofradía. O aquel «Como una ola» que a todos nos puso los vellos de punta en el funeral por Rocío Jurado. O la «Marcha Real» en las exequias de la Condesa de Barcelona. Y que, español por aragonés y sevillano, el año que Defensa había prohibido tocársela a la Custodia al salir el Corpus, me dijo:

-No se preocupe, Burgos, que ya le tocaré yo la Marcha Real al Rey de Reyes en el órgano cuando vaya saliendo por la Puerta de San Miguel.

¿Y «Coronación de la Macarena»? ¡Cómo sonaba en el órgano del Padre Ayarra! Cuando se casó mi hijo Fernando ante nuestra Virgen de la Antigua, la elegimos como marcha nupcial final. Y los luteranos alemanes familiares de la novia, al escuchar aquella maravilla en el órgano de Ayarra, me preguntaron, orgullosos como de algo suyo:

-¿Bach, no?

Les respondí:

-No: maestro Braña.

Hecho Sevilla y hecho universo de belleza por el órgano de Ayarra. Ayer, a la hora de la misa capitular, la Virgen de la Antigua echaba de menos la eucaristía de cada mañana del Padre Ayarra. Por eso, en señal de luto, el órgano de la Catedral era ayer de mañana compañero del Niño Mudo del Sagrario.

 
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