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Abr

2018

LA CAPILLA DEL PALACIO DE SAN TELMO, UN RETABLO ANTE EL QUE NADIE REZA PDF Imprimir E-mail

ABC SEVILLA / 30/3/2018

STELLA BENOT

Los grandes monumentos que custodia la Junta, como el antiguo Hospital de las Cinco Llagas, sede del Parlamento, o el Palacio de San Telmo (de la Presidencia de Andalucía), han tenido restauraciones controvertidas. En parte por el pésimo estado en el que se encontraban cuando pasaron a manos de la administración autonómica, y en parte por la intervención pública que ha adaptado esas dos joyas a los nuevos usos administrativos, al margen de la excesiva mano de algunos de los responsables de la restauraciones.

Pero hay una excepción que no ha pasado ni por criterios prácticos ni por nuevos conceptos arquitectónicos: la capilla dedicada a la Virgen del Buen Aire que está en el corazón del Palacio de San Telmo y que mantiene su programa iconográfico original y toda la esencia del barroco andaluz.

Durante cinco años, entre 2005 y 2010, los técnicos del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH) trabajaron en su restauración y en la recuperación de todos los elementos que la componen, muchos originales de 1721, cuando empezó a construirse, u otros añadidos por la cuidadosa mano de los Duques de Montpensier que la enriquecieron desde 1849.

Y ahora, esos técnicos velan por su conservación con una limpieza que se lleva rigurosamente a cabo una vez al año. El resultado para el visitante es una espectacular capilla barroca, de uso cultural y desacralizada, pero que mantiene curiosamente todas las imágenes de culto (como la impresionante Virgen del Buen Aire de 1628 de Juan de Oviedo) a la que rezaban desde los niños desvalidos que estaban en la Universidad de Mareantes o ante la que la Infanta María Luisa lloró la muerte de sus hijos, además de los seminaristas que pasaron por San Telmo los años que fue seminario mayor.

Los datos son reveladores: 350 metros cuadrados de pinturas murales de los siglos XVIII (de Domingo Martínez) y XIX, 43 esculturas de madera tallada y policromada de los siglos XVI, XVII y XVIII, una buena parte de ellos de Pedro Duque Cornejo, 27 marcos de madera tallada y policromada de los siglos XVI al XVIII..., los principales de José Maestre, arquitecto de retablos.

Los códigos
La capilla de San Telmo tiene, además unos códigos particulares y dignos de conocer. Así, la fachada trasera, que da a los jardines del Palacio, está ricamente decorada y coronada por una estrella con un cristal transparente para dejar pasar la luz.

Una luz que llega directamente a la hornacina donde se ponía el expositor con el Santísimo y que mantiene los cristales originales. Todavía se mantiene el perno donde se engarzaba la custodia y el sistema para enganchar las cortinillas que se ponían para tamizar la luz según el tiempo litúrgico.

Hay tantos detalles como relatan los importantes libros —como los de Teodoro Falcón o Diego Angulo Íñiguez— pero merece la pena destacar lo que no se ve en la capilla. Como la pequeña sacristía que está justo detrás de la Virgen del Buen Aire y a la que se accede por una zona de yeserías de los siglos XVII y XIX y pisando un suelo de alambrilla que mantiene los azulejos originales con caritas de ángeles y motivos religiosos.

Eso, además de la escalera original que usaban los primeros sacerdotes que oficiaban misas para los niños desvalidos acogidos en el colegio de San Telmo.

O las numerosas referencias que hay a San Telmo o San Fernando, los dos santos más presentes en todas las representaciones y pinturas del conjunto monumental. También están las patronas de Sevilla, Santas Justa y Rufina y muchos santos misioneros como Santo Tomás o San Francisco Javier.

Exvotos
La capilla de San Telmo guarda también otro tesoro. O lo que queda de él porque como explica Santos Prieto, del servicio de protocolo del palacio y uno de los responsables de explicar su contenido, están numerados pero sólo se conservan dos de ellos, precisamente en esa capilla.

Se trata de exvotos que los marineros mandaban pintar para agradecer a la Virgen del Buen Aire su intercesión en la travesía. Los dos que se guardan en la antigua sacristía dan gracias por sendos viajes a la Havana (año 1731) y el otro a Pernambuco (en 1761), sorteando tormentas y tempestades y llegados sanos y salvos a buen puerto.

Uno de las anécdotas que más celebran los visitantes —y que más gusta contar a Santos Prieto— es el criptograma pintado en el techo en el que el Duque de Montpensier le declara su amor a la infanta María Luisa.

Así en el techo de la capilla hay tres frescos ovalados de la Virgen María el primero, el segundo al rey Luis II de Francia y el tercero al rey San Fernando, y que representan el nombre de la duquesa: María Luisa Fernanda.

Hay, además, muchos detalles prácticos que han permitido que, a pesar de los años de abandono, la mayor parte del patrimonio se haya conservado. Como las vasijas de barro que están bajo el suelo de la capilla y que se pusieron allí para que absorbieran la humedad que estaba presente en una zona muy cercana al río y rodeada de huertas, ahora convertidas en jardines.

O los cortineros de hierro forjado que están delante de los cuatro retablos laterales; era donde se colgaban las cortinas para tapar los excesos barrocos en Cuaresma o en los entierros.

 
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