promo

Mie

30

May

2018

EL SANTUARIO DE LAS PALABRAS PERDIDAS PDF Imprimir E-mail
Museos

CORREO DE ANDALUCÍA / 28/5/2018

CÉSAR RUFINO

Ni un alma. Y ya es raro, estando como está aquello poblado de fantasmas. Incomprensiblemente, solo anda por allí el cronista en una mañana pejiguera, sofocante y a ratos ventosa que en sus arrebatos parece querer arrastrar, junto con las virutas y los pólenes de la Plaza de América, lo que queda allí de la memoria como si esta también fuese un resto incómodo o un incordiante pariente lejano. Se llama Museo de Artes y Costumbres Populares, pero su mejor nombre sería Santuario de las Palabras Perdidas. En cualquier ciudad verdaderamente civilizada, un lugar así estaría lleno de paisanos asombrados. El drama de Sevilla es que en el precioso Pabellón Mudéjar que lo acoge no se despacha cerveza.

Ignoran los ausentes que en las entrañas del edificio huele a vino que tira de espaldas. Es el aroma de los caldos del Condado de Huelva, representados por una bodega y un viejo tabanco. La primera, con dos andanas de bocoyes panzudos –una solera y otra criadera–, recuerda que aquí, en Andalucía, el proceso no se hacía en subterráneo sino en amplias y encaladas naves que tumbaban de una borrachera al afortunado que pasara por la calle y oliera aquel aroma imponente de la uva zalema en estado de gracia. La tabernilla, a su lado, evoca aquellos mostradores adonde iban los feligreses a empinar la bota, llevarse un cuartillo a casa y a entusiasmarse en una charla con unos cuantos vasos por delante. Pero hoy, ni siquiera aquí hay gente que quiera saber en qué se diferencian entre sí el Jerez y el Montilla-Moriles, el Pedro Ximénez, el moscatel, el Málaga y el pajarete, ni por qué a los vinos generosos se les llama así.

Todo eso se explica en los letreros de estas y otras salas, acompañantes sabios de una visita literalmente sensacional; una experiencia que recuerda lo que fuimos como no sería capaz de hacerlo ninguna recreación virtual ni mejorarían ningunas gafas de realidad aumentada. Desde esas fragancias del vino dulce hasta el polvo incrustado en las maderas y en los cobres, pasando por los sonidos que desde el monitor de la entrada se cuelan por los pasadizos dejando un reguero de guitarra con nombre propio, el de Enrique Granados y esa danza española a la que Alameda puso por nombre Noche andaluza. Mientras las notas de la guitarra se derraman sobre el empedrado del sótano del museo, las fotos sepias de la pantalla van pasando: paisanos tomándose un vino o yendo con su borrico por la calle, curtidores, doradores, orfebres en su tarea, alfareros haciendo girar el barro, tenderos, ceramistas... rostros jóvenes, otros machacados de currar o del sol, miradas traviesas, faenas sin fin, y el sol cayendo a chorros sobre esa feligresía y sus porqués esenciales; una gente de la que hoy solo quedan ya las cenizas en los osarios y fotos que nadie mira en el columbario de la Plaza de América.

La Sala I es la casa. La vieja casa de pueblo sevillana. Y lo primero que la vista atrapa es un brasero. Lo segundo, más allá, el dormitorio de matrimonio, recio como él solo, inspirador de cualquier cosa menos de amagos de conquista del cuerpo ajeno –al contrario, la escena se antoja disuasoria–, con su cuna vieja al lado, su cómoda, su arcón, su colcha de ganchillo y su Corazón de Jesús colgando en la pared encalada. Ya se han reconocido todos los elementos del clásico ajuar doméstico y todos los recipientes que poblaban las alacenas y los desvanes de las abuelas –cestos, garrafas, paneras, calabazas para el agua, cántaros, cofres, arquetas...– cuando a partir de la Sala IV las áreas acristaladas muestran los antiguos oficios artesanales. Está el taller de Francisco Barba Martínez, recordado en el lugar como uno de los más notables constructores de guitarras de Sevilla. Y está también la tonelería de Claudio Bernal, quien en 1979 donó a la institución todas las herramientas y enseres de su taller, el último de su especie en la ciudad. Como se puede ver, igualmente, el del orfebre sevillano Fernando Marmolejo Camargo, con los objetos, instrumentos y chismes diversos que pasaron por las manos de cuatro generaciones gloriosas de artesanos hispalenses. El taller del dorador, el del curtidor, el del alfarero, el del pintor de loza... Y entre todos ellos, el espíritu de una Sevilla que murió y que solo aquí, en este recinto, juega a estar viva en un ejercicio brillante de fantasmagoría.

Atención, zona de azulejos: los hay en relieve, de cuerda seca, plano pintado, de arista, zócalos, de techo, pavimento, contrahuellas, devocionales, identificativos. Unos invitan a callarse, otros a rezar el viacrucis, otros dan nombre a un lugar. Está la cerámica trianera, pero también la de Manises y la de Talavera, y el pesar que asalta al visitante por no haberse dedicado a esto en vez de a cualquier otra cosa da la medida de la belleza, la sencillez y la verdad que esconden estas coloridas y brillantes piezas.

Antes de regresar a la planta baja, que tiene un par de salas cerradas –igual que toda la parte alta del edificio–, se pasa por los antiguos sistemas de pesas y medidas, y uno no sabe ya dónde meter tantas palabras en desuso para que no se le pierdan, igual que aquel desesperado fraile Guillermo de Baskerville de El nombre de la rosa sacaba los libros humeantes de la biblioteca de la abadía en llamas. El cuartillo, la fanega, la media fanega, el almud... Pero es que ya lleva tres sacos de terminología: mundillo, bastidor, bolillos, anafre, bacín, estrébedes, palangana, espetón, badila, candil, palmatoria, alcuza, despabiladera, albarda, gualdrapa, angarillas...

Alrededor del patio, dos tesoros: la antigua vivienda de los Díaz Velázquez y Animalia. La primera exhibe los muebles y enseres de esta familia venida de Jerez de la Frontera y dedicada al negocio de la confección y el bordado, que tuvo su casa, tras otros domicilios anteriores, en la calle Brasil. Y la otra exposición no es sobre animales, sino sobre su relación con los andaluces: en las faenas, en la vida cotidiana, en los ritos, en la lucha, en las fiestas, en los juegos, en la alimentación, en los viajes... con todo su porte también de palabras perdidas que ponen el epitafio a un modo de vida que ya quedó atrás, ese raigón que sobresale de la tierra y con el que el pulcro presente no gusta de tropezarse. Salvo que pongan cerveza, claro.

 
 
 
Informacion