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Jue

27

Dic

2018

Mauricio Domínguez-Adame, sin protocolos PDF Imprimir E-mail

Diario de Sevilla-Jose León Castro Alonso-29.11.2018

Cuando en la pre Cuaresma del año 2000 recibí una tarde su mensaje comunicándome que había fallecido Mari, la gran pasión de su vida, acudí veloz a la entonces Cruz Roja de Triana, donde, junto a dos hermanas de la Cruz, lo encontré sentado al lado del cuerpo inerte de su mujer leyendo/le pasajes de Florecillas de San Francisco. Allí no había protocolos ni ceremoniales, sólo una intimidad que traspasaba el alma y un amor inconsolable que clamaba por redimirla. Aquella sola llamada me hizo comprender que la vida me obsequiaba con un amigo de cuya lealtad, afecto y consejo pude enriquecerme luego durante algunos lustros.

La Madrugada de aquel año, Mauricio acudió a la Basílica vestido de nazareno para, en su eterna soledad, despedir al Señor que una vez más se disponía a derramar Su Gracia por Sevilla y de la misma manera, sólo y humilde, fiel a su talante, esperar su regreso como una constante ya en su vida.

Pero no quisiera limitar estas precipitadas líneas, incapaces aún de asimilar la sorpresa, a recordar cosas y vivencias compartidas, porque su brutal ausencia hace que hoy esté solamente para penas y que solo del corazón haga tintero. Sinceramente creo que Mauricio, presente en tantos actos, requerido en tantas ocasiones, insustituible en una palabra que no obstante el tiempo hará perdurar, fue sin embargo el gran desconocido que él mismo quiso siempre moderar bajo la anónima imagen del hombre invisible en expresión que tan grata le resultaba. Pasear con Mauricio era empaparte de la historia de media Sevilla, mientras la otra media le saludaba en la distancia desde la admiración y el respeto. Sus enseñanzas, anécdotas, y el entusiasmo con que las sabía transmitir sin apenas conceder mérito a su insondable acervo cultural, hacían de su compañía una envidiada delicia.

Yo tuve la gran fortuna de disfrutarlo muchas tardes en el despacho de su casa de Monte Carmelo fichando catálogos y separatas, ordenando con mimo exquisito el libro de Rafael Duque sobre la historia de su querida hermandad del Gran Poder, o simplemente absorto de su incomparable charla ante un café en la repostería de Asunción a menudo acompañados de su querido hermano, y perfecto complementario, Jesús.

Por siempre quedarán en los anales de mi memoria la desnuda franqueza de algunas confesiones, la luminosa ternura que lo invadía hablando de su hija Marita y de su nieto, la íntima camaradería que mutuamente nos dispensamos.

¡Qué lujo y cuanto gozo aquellos atardeceres de algún mayo sevillano comentando la Razón de amor o La voz a ti debida de nuestro común admirado P. Salinas. Por estas, por otras, por tantas cosas, por todo lo que me regalaste, nunca te diré adiós, Mauricio, sólo gracias.

 
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