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Las tierras del Mediodía en el 29 PDF Imprimir E-mail
EXPO 29

Abc Sevilla / 15/06/2019

Eva Díaz

Cuentan los que pudieron visitarlo que al entrar en el pabellón de Córdoba olía intensamente a lienzo recién pintado. Eran los cuadros de Julio Romero de Torres que colgaban en un edificio decorado con mobiliario de estilo califal. Entre divanes, lámparas, lucernarios y la recreación del mihrab de la Mezquita aparecían sensuales «La nieta de la Trini», «Fuensanta» y «La Chiquita Piconera» observando a los visitantes. Según las crónicas, el rey Alfonso XIII quedó fascinado con esta sala del pabellón de Córdoba.

Al pabellón de Córdoba debió de haberle tocado mejor destino. Hoy no existe, como el resto de edificios que representaban a las provincias andaluzas. Salvo el de Sevilla -actual Casino de la Exposición y Teatro Lope de Vega- y el de Córdoba todos quedaron condenados a la demolición. Sin embargo, desde la memoria inicial del proyecto, el de Córdoba sí sería uno de los elegidos para sobrevivir. La mano del Comisario Regio, José Cruz Conde, fue clave en esta decisión. Pero desgraciadamente el edificio realizado por Carlos Sáenz Santa María, arquitecto municipal de la diócesis de Córdoba, fue arrasado en los años sesenta. Hoy sólo se conserva la torre que reproducía el campanario de la iglesia de San Nicolás de la Villa y que contrastaba con el perfil de evocación califal del pabellón. Esa torre es la que se puede ver junto a la Escuela Técnica Superior de Arquitectura en la Avenida de Reina Mercedes.

Si el de Córdoba olía a carne pintada por Julio Romero de Torres, el pabellón de Jaén parecía como si un campo de olivares se hubiera plantado en los terrenos de la Exposición Iberoamericana. Un aroma de almazaras se escapaba de sus salas al amanecer porque allí se exhibía la joya de su agricultura.

El autor del edificio fue Luis Berges Martínez que eligió el modelo de las construcciones que se levantaron en el Jaén de los siglos XV y XVI. El pabellón se inauguró con retraso: el 2 de noviembre de 1929. Sin embargo, lo hizo por todo lo alto porque acudió Alfonso XIII, quien vestido de gala pasó revista a las tropas que rindieron honores ante el pabellón porque allí ondeaba la bandera de las Navas de Tolosa.

Evocando un fabuloso pasado estaba también el pabellón de Granada, obra de Leopoldo Torres Balbás, que era arquitecto de La Alhambra. Precisamente La Alhambra había sido reproducida en los pabellones españoles de varias exposiciones como la de Londres de 1851 o la de Bruselas de 1910. Pero en la de Sevilla se decidió que más que reproducir el monumento, el edificio estuviera inspirado en las casas populares granadinas de los siglos XVI y XVII. El pabellón mostraba tejados escalonados y elementos nazaríes como un patio interior con surtidor que evocaba los del Generalife, arquerías que recordaban las del Patio de Arrayanes y columnas de mármol traído de Sierra Elvira. El interior del pabellón se limitó a una exhibición que repasaba la historia de la ciudad, el arte, la industria o la agricultura. Aunque un apartado especial fue el dedicado a «Granada Bella», que hacía alusión al célebre ensayo de Ángel Ganivet «Granada la Bella».

Pero el pabellón de Granada sufrió retrasos, prisas y falta de organización. Se inauguró en noviembre de 1929 y se tuvo que recurrir a un anticuario granadino para que enviase objetos para decorar el pabellón, según relata José Luis Barea Ferrer en el libro colectivo «Andalucía y América en el siglo XX».

Esa misma sensación de desencanto y disgusto fue la que embargó a los responsables del pabellón de Almería, de Mariano González Rojas, que intentó reproducir la Alcazaba. Un pabellón del que apenas quedó memoria y que fue demolido en mayo de 1932 sin más recuerdo que alguna escasa fotografía perdida en los álbumes de la exposición.

 
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