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Mar

03

Sep

2019

Melancolías de la vieja colonia PDF Imprimir E-mail
EXPO 29

Abc Sevilla / 22/206/2019

Eva Díaz

Cuánta nostalgia salía del pabellón de Cuba. Había quien al entrar recordaba el olor de los viejos arcones donde los abuelos guardaban el uniforme de rayadillo de las guerras perdidas. O las tiendas de ultramarinos y coloniales del tiempo de las colonias con sus aromas de caña de azúcar, tabaco, ron y café verde. El pabellón de Cuba en la Exposición de 1929 era un tratado de la memoria, un álbum de recuerdos para los más ancianos. Y, a pesar de que ya habían pasado muchos años de la pérdida de la colonia, también había quien evitaba entrar en el de Estados Unidos, porque aún dolía al orgullo pensar en la soberbia del vencedor, la sombra alargada del acorazado «Maine». Ese pabellón fabuloso que, sin embargo, fascinaba a los jóvenes del nuevo siglo con su moderno proyector de cine y el jazz que sonaba estridente desde los altavoces de una Victor Talking Machine.

Cuba instaló en la actual Avenida de la Palmera dos pabellones, uno permanente y otro provisional, realizados por los arquitectos Evelio Govantes y Félix Cabarrocas. El principal, que ahora es sede de un organismo de la Junta de Andalucía, contaba con tres plantas y al entrar se descubría un aroma a caoba y otras maderas nobles de la gran balaustrada, las puertas, ventanas, balcones y del artesonado colonial.

Entre lo más curioso destacaba una urna de cristal con arena de playas de la isla y un puro gigante de 2,60 metros de longitud y 55 kilos de peso que provocaba la admiración de los visitantes.

Fotografía del pabellón de Cuba
Fotografía del pabellón de Cuba - ABC
El pabellón provisional, que era más pequeño, era el que despertaba la melancolía del público. Allí estaban los salones del azúcar, el tabaco y los licores y un enorme mapa en relieve de Cuba con un tren en miniatura que recorría aquella isla de la nostalgia. Otra reproducción mostraba el edificio del Capitolio Nacional de La Habana que entonces se estaba construyendo.

Alfonso Braojos en su libro «Alfonso XIII y la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929» detallaba la visita que el rey hizo la mañana del viernes 10 de mayo de 1929 con motivo de la inauguración y cómo recibió de regalo una caja de carey de cigarros habanos de la firma «Romeo y Julieta».

Esa misma tarde acudió al pabellón de Estados Unidos en un recorrido lleno de significado histórico. Allí fue atendido por el embajador Hammond y el delegado Campbell, quienes regalaron al rey «un casco de plumas de los que usan los pieles rojas y que le envían los propios indios».

El pabellón de Estados Unidos, construido por Willian Templeton Johnson, estaba formado por tres edificios: uno permanente, que aún existe entre la Avenida de María Luisa y el Paseo de las Delicias y que ahora ocupa la Fundación Madariaga, y dos provisionales. Uno de estos dos pabellones fue el dedicado a salón de cine. Allí se proyectaba una selección de 200 películas sobre Estados Unidos. Y no es descabellado imaginar las tardes que pasarían los jóvenes de la Generación de la revista «Mediodía», encabezados por Rafael Porlán, impulsor del moderno y vanguardista Cine-Club de Sevilla, o un Luis Cernuda siempre fascinado con las sombras del cinematógrafo.

El edificio permanente contaba con una biblioteca y un mapa con las rutas de varios conquistadores españoles, ese trozo de la historia norteamericana que ahora comienza a reivindicarse. Pero sin duda lo que más sorprendió fue la exhibición de poderío tecnológico con el centro musical de la Victor Talking Machine que sonaba en todo el recinto con sus potentes altavoces, el rayo de luz que contaba el número de peatones que pasaban o la reproducción en miniatura del Cañón del Colorado iluminado por mil lámparas eléctricas. Puro colosalismo norteamericano.

 
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