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Lun

23

Ene

2012

VIDA HERIOCA EN CLAUSURA PDF Imprimir E-mail

Las monjas combaten las dificultades para sacar adelante sus conventos —muchos en estado ruinoso— con su propio esfuerzo, con las pensiones de las más mayores, con la ayuda de distintas instituciones y, sobre todo, con ingenio

Sus casas se caen. Son pocas monjas, la mayoría de ellas africanas o sudamericanas. Hasta allí se han tenido que ir a buscar vocaciones los conventos dado el déficit que existe actualmente, más aún si se trata de entregar la vida a la clausura. Así, sobreviven en grandes conventos, cargados de riqueza, pero sólo aparente, ya que sobreviven con su propio esfuerzo —bordando o haciendo dulces— y con las pensiones de sus hermanas más mayores. El problema llega cuando su casa se cae a pedazos. ¿De dónde sacar el dinero? Es cuando entra en juego el ingenio de las religiosas, para que los denominados edificios de «la Sevilla oculta» no queden en un mero recuerdo.

Para evitar lo que ocurrió con Santa Clara, el último convento desalojado de la ciudad, las monjas idean desde conciertos hasta hospederías donde alojar visitantes. Así, sacan fondos para restaurar sus casas. Es el caso de las capuchinas de Santa Rosalía, a quienes, además del ruinoso estado del convento, Urbanismo les reclamaba en 2003 el pago de 36.000 euros por las obras de afianzamiento del muro del edificio, algo que logró solventarse dando órdenes el por entonces gerente de Urbanismo, Manuel Marchena, para remitir la certificación al Arzobispado y no a la congregación.

Sin embargo, el lamentable estado de la casa, que amenazaba su integridad, y el hecho de que sólo la habitaban diez monjas, obligaban a las religiosas a ir tapando grietas y goteras con su propio esfuerzo, ensobrando cartas para los bancos, vendiendo pestiños, costuras y hasta la puesta en marcha de una hospedería. Las monjas decidieron adaptar la casa antigua del capellán en 2002 para alojar visitantes, sobre todo aquellos que hacen el camino de Santiago, con precios que oscilan entre los 15 y los 20 euros.

Lo mismo quieren hacer ahora las monjas agustinas de San Leandro. Este convento de 23 religiosas, la mayoría africanas, está viendo cómo la fachada y techumbre se vienen abajo, y no tienen dinero. Según la madre Natividad, la superiora del monasterio, «a nosotras no nos ha ayudado nunca el Arzobispado porque salimos adelante con nuestro trabajo, que es vender las yemas. Trabajamos hasta para el Corte Inglés, que nos vende nuestros dulces y también cosiendo y bordando». Para sacar fondos, la Asociación de Profesores «Ben Baso» organizó unas visitas culturales que, como es sabido, fueron prohibidas por el Arzobispado ya que contradecían la norma de respeto a la clausura. Lo mismo ocurrió con el ciclo de conciertos de la Compañía Lírica de Sevilla, dirigida por Vicente Benavente, que pretendía organizar la ópera «Cármina Burana» en la iglesia de San Leandro, con la consiguiente negativa de Palacio al impedirlo la norma de 1987 de la Santa Sede, por no ser música sacra. Finalmente, este ciclo se celebró con éxito el fin del semana del 18 al 20 de noviembre en el refectorio de San Agustín, con la ayuda de las hermandades de San Esteban y la Redención, por el que se han sacado —entre venta de entradas y dulces— unos 3.000 euros.

Las monjas comprenden la decisión del Arzobispado, «porque hay que respetar la opinión de los superiores», según la madre Natividad. Además, y pese a las especulaciones de que Palacio estuviera presionando a las monjas para que se marcharan, según el vicario de Vida Consagrada, Carlos Coloma, «nuestra único interés el ayudar a las monjas, y prueba de ello es la colecta recogida de la campaña Pro Orantibus, que fue destinada íntegramente a San Leandro». El vicario, cansado de estas especulaciones, afirmó a ABC de Sevilla que «desde el Arzobispado hay pocas posibilidades y medios para obras de emergencia, porque el presupuesto para su restauración es elevadísimo, pero la sintonía con las monjas es muy buena». Así, aseguró que «la Iglesia no es sólo el Arzobispado, sino multitud de asociaciones y hermandades que están ayudándolas».

Una de las posibles soluciones a arreglar esta situación es la fusión de comunidades —como por ejemplo la de Bormujos—, si bien «no siempre es lo mejor, puesto que las hermanas se aferran a sus costumbres y sus cosas, y son capaces de convivir en armonía con religiosas de múltiples nacionalidades», cuenta Coloma.

Ante la polémica surgida, desde el Arzobispado quieren cerrar el asunto puesto que «lo estamos pasando muy mal por todo lo que se está hablando, se han dicho muchas barbaridades como que hay intereses ocultos... eso es mentira porque nuestro único interés es que salgan adelante. En ningún momento se ha intentado poner trabas a las hermanas de San Leandro porque ellas son las dueñas del convento y para nada está en su mente el marcharse», afirmó. Con respecto a un posible interés de particulares por hacerse con este convento, el vicario de Vida Consagrada señaló que «es cierto que vienen algunas personas a preguntar por el convento, pero nosotros les decimos que no somos nosotros quienes podemos responderle, sino las monjas, que tienen la última palabra».

Con respecto a las visitas culturales a los conventos de clausura, a pesar de que guardan obras de arte de incalculable valor, dijo que «un convento no es un museo, la clausura es un espacio para vivir la vida contemplativa y que el entorno se lo garantice, por lo que no podemos romper esto con conciertos, visitas...». Coloma cree que «hay que respetar las clausuras, porque ellas libremente han elegido vivir así y este problema que tienen, finalmente, se arreglará con la ayuda de Dios, como se han ido arreglando los monasterios constantemente».

¿Un caso como Santa Clara?

Ante la posibilidad de si San Leandro pudiera convertirse en un caso similar al de Santa Clara —el último convento desalojado de la ciudad—, Carlos Coloma cree que «no tiene nada que ver, porque en Santa Clara eran sólo cuatro monjas mayores y aquí hay bastantes más». Desde Palacio se prefiere adoptar la postura de la prudencia y del silencio, «por respeto a quienes viven en la casa», porque según el vicario, «no podemos meternos en sus decisiones».

Por su parte, con el dinero de los conciertos y el de la campaña de Navidad con la venta de dulces, las monjas de San Leandro han podido reunir los 49.000 euros que cuesta arreglar el techo de la portería y de la sala de las labores, que es una pequeña parte de lo que debe hacerse en el convento para dejarlo a punto.

Según madre Natividad, «la fachada está muy mal, el presupuesto no lo alcanzamos y tememos que vaya a peor», ya que arreglar todo esto está presupuestado en 108.000 euros. «Es el presupuesto más fuerte y el problema más grave y le hemos pedido ayuda al alcalde, que vino a interesarse por nosotras y nos prometió que iba a arreglar la fachada cuando pusieran en orden lo que se habían encontrado en el Ayuntamiento».

Unas monjas que se lo han encontrado todo de espaldas, debido también al pleito que tienen con un arquitecto que quiso cobrarles el triple de lo que costaba la obra de mejora de una parte del convento que da a la calle Imperial, y que ganaron las monjas en primera instancia, el arquitecto en la Audiencia y, actualmente, están a la espera de que resuelva el Tribunal Supremo.

Para afrontar los 108.000 euros, «estamos pensando, además de la ayuda que nos pueda dar el Ayuntamiento, que la parte que tenemos desalojada por estado ruinoso se convierta en una hospedería —en la calle Imperial—, como la que tiene Santa Rosalía», cuenta la superiora, que admite preferir no tener que regentarla, sino que otra institución la regente sin tener que vender esa parte.

En las palabras de madre Natividad se refleja preocupación por la situación, aunque siempre con una sonrisa y respetando las directrices del Arzobispado, aunque se denote cierta molestia.

Madre de Dios, igual

Otro de los conventos que está en esta situación es el de Madre de Dios, en plena Judería sevillana. Su priora, Sor Adela, siempre en tono alegre, cuenta a este periódico que la economúa del monasterio es «muy dura» y el trabajo «continuo», pero «hay que confiar en la Divina Providencia». La primera de estas religiosas afirma que «es sorprendente que, con la crisis que tenemos, estamos vendiendo más dulces que nunca, incluso desde cofradías de fuera de Sevilla». A pesar de esto, la situación de dificultad por el mal estado del convento les hizo desprenderse de una parte del mismo y, en estos momentos, se están llevando a cabo unas obras en el interior, «que gracias a Dios un arquitecto que vino a ver el estado se dio cuenta de que el techo de una de nuestras habitaciones se iba a venir abajo. De hecho, a los tres días de desalojarla, se cayó... menos mal que no estaba allí la monja que solía ocuparla».

En Madre de Dios salen adelante «con nuestro sudor y pagándolo como podemos, porque aún no hemos terminado de pagar las obras y con la venta de dulces no da para tanto y que, para más inri, nada más que tenemos dos pensiones», dice sor Adela. Al igual que comentaba madre Natividad, indica que «nunca recibimos ningún tipo de ayuda, he acudido a Urbanismo, a Cultura... pero nada de nada. Nos prometieron que iban a darnos 300.000 euros para restaurar tres plantas donde se quedaba la Reina Isabel la Católica, con un magnífico artesonado, pero ese dinero nunca apareció. Al final nos enteramos que se lo habían dado a las de Santa Paula, para que pusieran allí el museo de una cofradía... ¡Es para morirse, la verdad!», comentaba. En cuanto a la ayuda del Arzobispado, confirma que recibieron «un poco» procedente de la colecta de la novena de la Virgen de los Reyes.

En Madre de Dios son once, «pero no todas las monjas extranjeras como yo quisiera —dice sor Adela—, porque nos interesa tener cuantas más mejor, ya que es muy bueno por la universalidad de la Iglesia. Con vocación, que venga de donde venga...», concluye.

Mientras, para ayudar a los conventos, desde el Arzobispado se están volcando con la exposición —que lleva 28 años celebrándose— en los Reales Alcázares, que se celebrará los días 6, 7 y 8 de diciembre, de 10 a 19 horas, donde se venderán los dulces de hasta veinte monasterios. Todos los beneficios irán a parar a los conventos.

Según Carlos Coloma, «invitamos a todos los sevillanos a que acudan para comprar una caja de dulces». Así, las más de 600 religiosas que hay en Sevilla tendrán un motivo más para luchar por su clausura. Es la heroica de las monjas.

Santa Clara, el último convento «clausurado»

 
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