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Cuando se pagaba por entrar en Sevilla como quiere hacer ahora Venecia con los turistas PDF Imprimir E-mail
MURALLA

Abc Sevilla / 29/08/2021

Javier Rubio

La restauración del Arco de la Macarena, que el Ayuntamiento ha iniciado estos días de agosto, ha coincidido con otra restauración anunciada en la ciudad de Venecia, que volverá a implantar derechos de paso a los turistas a partir del 1 de junio de 2022 para evitar aglomeraciones en los puntos más visitados de la ciudad. Ambas noticias han traído a nuestros días el eco de la Baja Edad Media, cuando en Sevilla -como en todas las ciudades del reino de Castilla- se cobraba por entrar.

El sistema del almojarifazgo estuvo en vigor desde la reconquista de la ciudad en 1248. Justo en agosto del año anterior plantó ante las murallas de la ciudad su campamento Fernando III, devoto de la Virgen de Valme, auxiliado por sus lugartenientes Alonso Tello y Gallinato y el comendador Almonacid, aliado de las huestes del Santo Rey que mandaba Garci Pérez de Vargas, cuya calvicie disimulaba con una cofia bajo el yelmo, como nos recuerda el nomenclátor del barrio de San Bernardo desde el siglo XIX.
Tras la conquista, Alfonso X el Sabio concedió a Sevilla el mismo fuero que había otorgado a Toledo. La muralla almohade (aunque el decreto de declaración monumental de 1908 confunde su origen y las hace pasar por romana) se mantuvo en pie no sólo con la función defensiva inherente a la cerca urbana, sino también para garantizar la imposición de aranceles e impuestos a las mercancías que entraban o salían.

El almojarifazgo, heredado del sistema impositivo musulmán, gravaba las mercaderías que pasaban por las puertas de la ciudad, tanto de entrada como de salida que tenían que satisfacer alcabalas, diezmos y otros derechos de portazgo. El del aceite, por ejemplo, era suficientemente lucrativo para la Hacienda real, pues a diferencia de otros productos traspasados a la Iglesia en concepto de diezmo eclesiástico, la Corona nunca cedió su cobro.

Mercado del aceite junto al Postigo
El mercado del aceite en la Sevilla alfonsí, la alhóndiga real, estaba en las inmediaciones del actual Postigo del Aceite. Se cobraban rentas de diez maravedíes al mes por el uso de las tiendas donde se vendía aceite. Los establecimientos comerciales eran monopolio regio salvo las tiendas de dos barrios cuya exención había permitido Alfonso X: las de Francos y las de la Mar.

El arco del Postigo del Aceite, fotografiado en la actualidad desde la zona extramuros
El arco del Postigo del Aceite, fotografiado en la actualidad desde la zona extramuros - ABC
También había que abonar rentas por el uso de pesas y medidas, en poder monopolístico del almojarife, a quien se abonaba 2,5 sueldos por cada arroba. Fernando III había reservado para la Corona el diezmo sobre el aceite y sobre los higos y su hijo restringió esa reserva a los producidos en el Aljarafe. El aceite era el tercer capítulo de ingresos más elevado tras las rentas de la aduana y de la alhóndiga de la harina.

El tráfico mercantil estaba regulado hasta el extremo con tipos impositivos fijados en porcentajes: diezmos (10%), quincenas (6,6%), veintenas (5%), agravados o beneficiados, según la disposición de la Hacienda real o concejil, si se había transferido la recaudación al municipio.

Las llamadas rentas menudas del almojarifazgo mayor de Sevilla proporcionaban la nada despreciable cantidad de un millón de maravedíes a la Corona de Castilla a finales del siglo XV. Justo en ese momento en que empieza a gestarse la Carrera de Indias, la cerca almohade de Sevilla llegó a convertirse en lo que hoy llamaríamos un muro de pago: todo lo que entraba y salía rumbo a América debía tributar.

Expansión urbanística y epidemias
La muralla pervivió hasta el siglo XIX, aun después de que el primer Borbón, Felipe V, arramblara en el siglo XVIII con el sistema tributario que había perdurado durante siglos. Los portazgos dejaron de tener tanta importancia y se abrió una carrera para ver quién acababa antes con los lienzos de las cercas. La expansión urbanística sacrificó los paramentos defensivos aunque los motivos esgrimidos eran bien otros: insalubridad, falta de higiene, propagación de pestes y epidemias relacionadas con el hacinamiento de viviendas que se apoyaban en los tapiales de las murallas urbanas.

La propagación de enfermedades era muy común, pero las puertas todavía cumplían una misión indispensable en su contención. En 1819, por ejemplo, un brote de fiebre amarilla costó la vida a 217 sevillanos, la primera medida adoptada fue apostar guardias en las puertas para impedir la entrada a quienes vinieran sin pasaporte sanitario bajo amenaza de seis años de cárcel en los presidios de África.


También se prohibieron aglomeraciones de público en el casco urbano; en consecuencia, «se cerró el teatro, se prohibieron los juegos de pelota, las corridas de toros y las funciones religiosas». Y, por último, se impidió el comienzo de las clases en escuelas, la Universidad y el colegio de Santo Tomás en una sucesión de disposiciones que ahora nos resultan muy familiares.

En el siglo XIX, Sevilla sentía necesidad de saltar la cerca almohade construyendo al otro lado de la zona defendida por un perímetro de 7.315 metros, de acuerdo con la medición que ofrece Manuel Álvarez-Benavides en su 'Esplicación del plano de Sevilla: reseña histórico-descriptiva de todas las puertas, calles, plazas, edificios notables y monumentos de la ciudad'. Rodrigo Caro eleva el perímetro a 7.340 metros con 166 torres de las que sólo se mantenían nueve en pie en su época.

Doce puertas y tres postigos
El parapeto hispalense se abría por doce puertas y tres postigos más alguna otra abertura subrepticia o hipotética que le dio a Juan Miguel Vega para su libro 'Veinte maneras de entrar en Sevilla'. Los nombres topográficos con que el pueblo bautizó las puertas por la mercancía que se movía perviven en el nomenclátor aun después de demolidas: puerta de la Carne, postigo del Carbón, puerta del Osario... En otros casos, eran los caminos las que les daban nombre: puerta de Jerez, de Triana, de Carmona, de Córdoba, de la Barqueta, del Arenal. Hasta su puerta del Sol tuvo Sevilla, al final de la calle Enladrillada.


El primer derribo correspondió al asistente Arjona, quien en 1830 eliminó la coracha entre la Torre del Oro y la cerca principal para crear el jardín de las Delicias (que lleva su nombre) y el salón del Cristina, aunque hay un precedente en la eliminación de la barbacana (primera fábrica defensiva) entre la puerta del Sol y la Macarena porque allí se escondían sujetos del hampa en tiempos del marqués de Monte Real reinando Fernando VI a mediados del siglo XVIII.

La puerta de la Barqueta y el lienzo asociado cayeron en 1858 por necesidades del ferrocarril, que había elegido la plaza de Armas para su estación término. Pero el golpe de gracia llegó en la década posterior, bajo el mandato consistorial de Juan José García de Vinuesa. En 1864 cayeron bajo la piqueta las puertas Real, del Arenal y de la Carne.

Controvertido alcalde García Vinuesa
La figura de García de Vinuesa todavía sigue siendo controvertida más de un siglo después de su muerte, acaecida en 1865 en medio de una epidemia de cólera morbo en Triana en cuya atención a los afectados se involucró personalmente. Sin salir de la hemeroteca de ABC es posible encontrar posturas a favor y en contra.

García de Vinuesa
García de Vinuesa - ABC
El heterónimo Abel Infanzón se hacía eco en 1983 de la propuesta de un lector anónimo que pedía desposeer a García de Vinuesa de su lugar en el callejero para devolverle el antiguo nombre de calle de la Mar porque «un hombre que dejó a Sevilla sin murallas no merece que su nombre se perpetúe en una calle, máxime si esta calle va, como la suya, camino de una de las puertas que mandó demoler, la del Arenal».

Treinta años atrás, Santiago Montoto mojaba su pluma en la tinta del elogio del que definía como «alcalde modelo», el título que públicamente le había dado la Reina Isabel II: «Cierto que en su época se derribaron las puertas de Triana y de Jerez, pero se opuso al derribo de las viejas murallas, alegando que tal obra no envolvía una mejora de interés público, porque los muros de Sevilla -decía el alcalde- 'nunca han impedido el aumento del caserío por la parte exterior de las mismas'».

Y Juan Collantes de Terán, en el centenario de su muerte, en octubre de 1965, hacía un encendido panegírico del político local sin esconder sus fallos: «Por supuesto que tuvo errores. ¿Quién no los tiene? Los más llamativos hay que achacárselos al derribo de la mayor parte de las murallas que rodeaban a la ciudad y el emplazamiento de las dos estaciones de ferrocarril, sin prever futuros ensanches urbanísticos. Pero lo importante es que García de Vinuesa gobernó para Sevilla, y por consiguiente, los sevillanos le apoyaron por unanimidad».

Furor contra las murallas
El furor contra las murallas no puede circunscribirse a García de Vinuesa. La piqueta siguió sus trabajos muerto éste y el lienzo entre las puertas de Córdoba y del Sol, que empezó a caer el 22 de enero de 1867 entre la oposición de la Comisión Provincial de Monumentos. La Junta Revolucionaria que tomó el poder tras la Gloriosa de septiembre de 1868 redobló el ímpetu demoledor y la muralla hispalense cedió del todo. De siempre, los gobernantes se han prestado con entusiasmo a la demolición de lo antiguo. El propio dictador Primo de Rivera vino a Sevilla a iniciar el derribo del colegio de Santo Tomás en 1923.


La sensibilidad patrimonial existente en la actualidad era impensable no ya a finales del siglo XIX, sino bien entrado el siglo XX. Cádiz empezó a demoler sus murallas en 1906; Pamplona hizo lo propio entre 1918 y 1921 tras un inicio simbólico en 1915; sólo la falta de dinero impidió que cayeran las de Ávila en la primera década del siglo pasado; y, en fin, todo un presidente de la República, como Manuel Azaña, dio el primer golpe de piqueta para tirar abajo la muralla de Gerona el 19 de diciembre de 1931.

Sólo queda el recuerdo que empuja en la dirección que marca ahora Venecia. O el lamento nostálgico con el que Álvarez-Benavides cerraba su explicación de las puertas de Sevilla: «¡Cuántas generaciones han transcurrido desde que fueron edificadas estas puertas, de algunas de las cuales no queda más que el recuerdo; y cuántos millones de personas de distintas clases y naciones habrán pasado por debajo de sus arcos! Mas bien puede asegurarse, que por cada hombre probo cruzarían por ellos quinientos malvados; un verdadero amante de la religión por cada centenar de hipócritas y embusteros; un sabio por cada cuatro mil ignorantes, y un solo entusiasta de las glorias de su patria y de la conservación de sus antiguos recuerdos por cada cien mil para quienes tales cosas importan un bledo».

 
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