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10

Feb

2012

ESTAMPAS TAURINAS PARA UN MUSEO Y UN LIBRO DE LUJO PDF Imprimir E-mail

Estampas taurinas para un museo y un libro de lujo

La Real Maestranza ha publicado recientemente un libro en el que se recogen las estampas y litografías taurinas que se exhiben en el museo de la plaza. Una obra prologada por S.A.R el Príncipe de Asturias

2012-02-06 10:55:05 ABC SEVILLA. PABLO FERRAND


Es bien sabido que la plaza de toros de Sevilla es referencia fundamental del arte taurino, entendido éste en su doble faceta: la del espectáculo en sí y la del arte y cultura que genera la Fiesta, pues lo que de allí emana puede interesar no solo a los aficionados, sino también, de hecho, a personas ajenas al mundo del toro, e incluso a otras que se consideran antitaurinas. Ahí radica la grandeza de este coso que rige y conserva de forma ejemplar la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. La plaza de toros es por su arquitectura un monumento valioso y peculiar, un símbolo de la ciudad, pero también un foco de cultura; lo ha sido siempre, aunque a veces no se le dé la importancia que merece, como inspiradora de obras literarias y artísticas. Sus toreros son a la vez personajes reales y de ficción que traspasan el ámbito local. Están en el texto y la música de la ópera Carmen, en la obra de Chaves Nogales y Fernando Villalón y en la pintura de Valeriano Bécquer, John Phillip o Ressendi; en los grabados de William Lake Price y David Roberts, en los dibujos de Martínez de León, pero también en la escultura y en el cine, desde antes del rodaje de Currito de la Cruz (Pérez Lugín,1926).

Lo más interesante es que dentro de esa dualidad que ofrece la plaza, la función museística, ahora en desarrollo, cobra un valor potencial importante gracias al patrimonio que la Real Maestranza ha ido adquiriendo hasta reunir un número considerable de obras. Y ello entra dentro de la dimensión difusora y de mecenazgo que la institución ejerce en beneficio de Sevilla. Así, una selección de pinturas y grabados halla su sitio en el anillo abovedado que discurre bajo las gradas, cercando el ruedo. Se produce de este modo el encuentro de dos maneras de apreciar la tauromaquia: en vivo y a través de la visión de los artistas del pasado y presente. A esta última contribuyó el recordado Juan Maestre, pintor y maestrante, con su labor en pro de la renovación del cartel taurino.

La Real Maestranza cuenta con una de las mejores colecciones de arte de temática taurina, y dentro de ella sobresale por su calidad y cantidad el apartado de las estampas, que es excepcional. Las nuevas salas del museo, dedicadas a la pintura y a la estampa, fueron inauguradas por los Príncipes de Asturias el 21 de noviembre de 2008, siendo teniente de Hermano Mayor de la Maestranza, Alfonso Guajardo-Fajardo. Estas salas eran antes la antigua enfermería, y ahora, liberadas de añadidos, muestran el buen hacer, elegante y limpio, de Juan Suárez, que ha recuperado elementos arquitectónicos originales con intervenciones reversibles que realzan la obra expuesta.

Hay muchas más estampas guardadas en el archivo que las que se muestran al público. Por eso, Alfonso Guajardo-Fajardo ha querido agruparlas y difundirlas en el libro «La estampa taurina en la colección de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla», recientemente publicado. Es una edición primorosa —marca de la casa—, prologada por el Príncipe de Asturias, donde destacados investigadores clasifican y estudian la colección desde distintas perspectivas, bajo la dirección de Pedro Romero de Solís, autor de la introducción y cuatro capítulos. Los restantes llevan las firmas de Alberto González Troyano, Carlos Martínez Shaw, Álvaro Martínez-Novillo, Vicente Lleó, Fernando Olmedo, Fátima Halcón, Carlos Abella y Sonsoles Díez de Rivera. En este proyecto han intervenido, además, el escritor Diego Carrasco, responsable de la coordinación editorial; José Morón, autor de las fotos de las estampas; Jacinto Gutiérrez, diseñador gráfico, y el restaurador Manuel Ruiz Fernández, que se ha ocupado de la limpieza y conservación de los grabados. La producción editorial corre a cargo de Laduna Estudio, y las fotografías de los Príncipes de Asturias que acompañan al prólogo son de Ramón Gutiérrez.

Más de la mitad de las casi cuatrocientas páginas que componen el libro lo ocupa el catálogo de obras: aguafuertes y litografías en todas sus variantes, desde la más antigua, Corrida caballeresca (1578), obra del pintor flamenco y precursor del grabado taurino Jan van der Stradan, hasta los ejemplares románticos del XIX. Son varias las series completas, pero la de mayor calidad artística es la Tauromaquia de Goya (tratada por Martínez-Novillo). Impresos en Francia por Loizelet en 1876, estos grabados han ejercido un claro influjo en el mundo del toreo. Les preceden en importancia los aguafuertes en color de Antonio Carnicero (analizados por Martínez Shaw) sobre las principales suertes de una corrida de toros (1790) y la serie completa de Luis Fernández Noseret, del mismo año.

En el capítulo dedicado a las series románticas españolas sobresale Luis Ferrant y los sevillanos L. Mariani y José Chávez Ortiz, considerado este último el mejor litógrafo de la época según Romero de Solís. En la estampa romántica francesa de corte taurino, tratada por Lleó, Doré ocupa el lugar más destacado por su intensidad y refinamiento; Wilhelm Gail y William Lake Price, con bellos grabados ambientados en Sevilla, figuran en el apartado de las series anglosajonas (F. Olmedo). Hay otros capítulos que revisan otros aspectos de la fiesta de los toros, tal es el de las fuentes literarias en el inicio de la estampa taurina (González Troyano) o el de la invención de la corrida de toros a través de los grabados, de Romero de Solís, autor también de la semblanza del barón de Sandoz-Rollin: un artista muy particular. Por su parte, Carlos Abella traza los perfiles taurinos de los siglos XVIII y XIX.

La gran variedad de estampas, de todo tipo y tamaño, da para mucho y convierten este libro-álbum de tapas duras en un juguete delicioso. Algunas ilustraciones recuerdan las viñetas de las aleluyas populares. Es el caso de las editadas por la librería Solá de Barcelona en el siglo XIX, o la de los novillos embolados de fines del XVIII. Pero hay otras que son verdaderos cromos, entresacados de esta caja de sorpresas, y con esa idea se ha decorado la cubierta del libro, donde el cromo pegado en tela es una estampa de la plaza de toros. Como el papel de este volumen es en realidad lujosa cartulina, entran ganas de recortarla y montar una plaza de toros con todas las figuras o un teatrito con los personajes de Merimée, sino fuera por el respeto sagrado que le tenemos a los libros y su contenido. Y uno de los capítulos más tentadores en ese aspecto es el de la arquitectura de las plazas de toros, de Fátima Halcón, por tantos escenarios atractivos que podrían combinarse muy bien con los figurines del capítulo del traje de luces, de Sonsoles Díez de Rivera. Dos trabajos interesantes.

Alfonso Guajardo-Fajardo ha hecho realidad el deseo del inolvidable Conde de Luna de abrir unas salas para las pinturas y los grabados. Y otras muchas cosas como las obras de la plaza entre 2005 y 2011, objeto de otro libro, prologado por el Rey. Todo parece indicar que la intención de la Real Maestranza, con el actual teniente de Hermano Mayor, marqués de Puebla de Cazalla, es continuar por ese camino, y así quizás algún día Sevilla posea el mejor museo taurino del mundo. Material hay de sobra, el catálogo ya está hecho y publicado; sólo falta ir haciéndole sitio con iluminación suave que no afecte a los grabados, para que pueda verse la serie completa de Goya. Mientras la fiesta de los toros siga viva habrá un arte asociado a ella. Pero hay algo muy preocupante, ajeno a la cultura y al urbanismo propio de la ciudad, que aparte de estropear para siempre y de forma agresiva la mejor vista del río, puede también afectar gravemente a la silueta de la plaza, aunque el monumento no sea oficialmente Patrimonio de la Humanidad, ni falta que le hace. Es la torre Pelli. De terminarse, este símbolo de la arquitectura prepotente y obsoleta, fuera de escala, se vería sin remedio desde las gradas altas. Lo demuestra un fotomontaje del arquitecto Fernando Mendoza.

 

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