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12

Mar

2013

LADRILLOS SIN CRISIS PDF Imprimir E-mail

ABC SEVILLA / 7/3/2013

ANTONIO BURGOS

Mentábamos y comentábamos el otro día la desfiguración en forma de restauración que acaban de perpetrar contra la fachada catedralicia por las Gradas de la calle Alemanes. La han dejado que los del barrio que pasábamos por allí camino del colegio de la Doctrina Cristiana (¿verdad, canónigo Paco Navarro; verdad, pintor Antonio Dubé de Luque?) no la reconocemos, en un afán de ponerla como suponen que estaba sabe Dios hace cuántos años. Y, por supuesto, quitando todo rastro de enfoscado con mortero de cal y toda huella de brocha gorda de enjalbegar. Es la moda que se ha impuesto en las restauraciones de monumentos, tanto de su interior como de su exterior. Las últimas generaciones de sevillanos han conocido unas fachadas e interiores de monumentos con sus muros enfoscados y blanqueados con cal de Moròn o calamocha de Sevilla color plaza de los toros. Y cuando han llegado los restauradores, no se han conformado con consolidar muros y cubiertas para que aquello dure otros cuantos siglos más, sino que se han puesto a interpretar el devenir de la Historia, y a dejar el monumento como, según ellos, estaba en el siglo XVII o en el XVIII, nunca en el XIX o en el XX. Y así, nos están dejando una Sevilla de ladrillo visto irreconocible, como en el citado y reciente caso del exterior del Patio de los Naranjos por las Gradas de la calle Alemanes.


Aunque vivimos la crisis del ladrillo tras la explosión de la burbuja inmobiliaria, en Sevilla hay ladrillos sin crisis de ninguna clase: los que descubren cada día los restauradores, al descarnar los muros y dejarlos en su tosca fábrica. Pasé el otro día por la iglesia de San Alberto, vulgo San Felipe Neri, y así estaba toda la fachada, de grosero ladrillo visto, desfigurada. Y los interiores de las iglesias contra las que los modernos perpetran sus llamadas restauraciones, igual: nada de paramentos blancos para que destaque más el dorado de los retablos barrocos, no: todo basto ladrillo visto. Porque los que dejan a la vista estos enemigos del enfoscado con mortero de cal no son ladrillos finos, primor de hornos trianeros, como los de la fachada de Santa Paula o, en nuestros días, los de la Plaza de España, no. Son ladrillos bastos, ladrillos de obra, de tabique y citara. En sus clases de Historia del Arte, el profesor don Antonio Sancho Corbacho aplicaba a este elemento constructivo de la arquitectura clásica sevillana un adjetivo que hace tiempo no oigo: ladrillo "agramilado". Miro en el Diccionario, y agramilar es "cortar y raspar los ladrillos para igualarlos en grueso y ancho y que formen una obra de albañilería limpia y hermosa". O sea, todo lo contrario de lo que han hecho en la calle Alemanes, donde los ladrillos que han dejado a la vista son cualquier cosa, menos "una obra de albañilería limpia y hermosa". Es como un inmenso desconchón. En las restauraciones, en vez de tapar y repellar los desconchones que dejan los ladrillos bastos a la vista, se deja ahora todo como un inmenso desconchón. Igualan por el desconchón. Que copian en la decoración de interiores de comercios y hostelería, donde, como el diseñador moderno pueda, te deja de ladrillo basto a la vista todo un testero.
Un amigo con paladar y conocimiento de la Historia del Arte, me decía el otro día, tras leerme lo del mamarracho de la calle Alemanes: "Mira, esta moda que se está imponiendo de dejar a la vista los ladrillos de fábrica de los muros en los monumentos, es como si restaurasen el Gran Poder y le quitaran el policromado y dejaran a la vista las vetas de su madera tal como salió de la gubia de Juan de Mesa, antes que la trataran los estofadores. ¡No queremos ver las vetas de la madera del Gran Poder, queremos ver las facciones policromadas de la verdadera cara de Dios en San Lorenzo!".

 
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