Mie

09

May

2012

DIEZ COSAS QUE SE PERDIERON Imprimir

Diez cosas que Sevilla perdió

Animación callejera a todas horas
  • El parque temático de Isla Mágica recuperó sólo una parte de activos
  • Muchos grandes pabellones fueron desmantelados como estaba obligado
  • Telecabina y monorraíl, dos de los mayores fracasos de la postExpo
  • El planetario del pabellón del Universo fue el más avanzado en 1992
  • Sevilla dejó escapar el cine Omnimax sin apenas espectadores

Unas se perdieron por desidia, otras como resultado de accidentes inesperados y otro buen puñado estaba previsto que desaparecieran a la conclusión del certamen. Este es sólo un listado incompleto de todas aquellas cosas que asombraron al mundo en 1992 y que Sevilla perdió como si fueran un zapatito de cristal.

1. El cine Omnimax.

[foto de la noticia]

Sevilla fue la primera ciudad de España en contar con la tecnología Imax con películas rodadas en 70 milímetros (las del cine convencional lo son en 35 mm). El cine espacial Alcatel, que tal era su denominación oficial, estaba en el pabellón de los Descubrimientos, en la parte que se salvó del fuego del 18 de febrero de 1992, y ofrecía una película titulada '¡Eureka!' que combinaba el estudio de Newton, la travesía del Estrecho de Magallanes y el descubrimiento de las cuevas de Altamira. Durante la Expo, las colas estuvieron garantizadas. Al cierre de la muestra universal, se mantuvo unos cuantos años en funcionamiento dentro del parque de ocio Puerto Triana, pero la afluencia fue decayendo hasta que cerró sus puertas y se demolió en 2006. Hoy no queda nada de aquel cine. Hay pantallas con esta tecnología en Madrid, Barcelona y Valencia.

2. El planetario.

Fue el más avanzado de su tiempo en el mundo al incorporar la tecnología digital. Estaba en el pabellón del Universo, dentro del edificio de Bohigas, Martorell y McKay que se llamó del Presente y del Futuro. "Accionado por un ordenador, con la imagen controlada por un procesador gráfico y proyectada sobre una cúpula de 18 metros" que lo hacía único a comienzos de los años 90, ofrecía el espectáculo 'La aventura cósmica'. Luego, se desmanteló y se le perdió la pista. El pabellón sigue sin uso veinte años después.

3. El pabellón de Japón.

[foto de la noticia]

Un edificio de madera proyectado por el maestro Tadao Ando que se había ensamblado sin ningún tornillo, sólo con vigas machihembradas. En el podio de honor junto a los de Finlandia (indultado) y Castilla-La Mancha (trasladado). Japón, a través de su agencia de proyección exterior Jetro, fue uno de los países más formales y cumplidores con el reglamento de la exposición, que obligaba a los participantes a demoler a su costa el edificio que hubieran levantado para devolver el solar vacío en los seis meses posteriores a la conclusión de la muestra. El caso de Japón fue paradigmático, porque se trataba de un pabellón fenomenal con contenidos muy llamativos que hicieron las delicias del público.

4. La escultura de Anish Kapoor.

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Se llamaba 'Edificio para un vacío' y estaba en la orilla sur del lago de España, junto al pabellón de Retevisión. Con anticipación y vista, la comisaría de Arte en Espacios Públicos invitó al artista hindú y a David Connnor a que prepararan una obra para figurar en el recinto de la muestra, con tan mala fortuna que su zigurat simbólico estorbó en algún momento de la conversión del recinto en parque temático Isla Mágica y se demolió sin mayor miramiento haciendo honor al título de la escultura: vacío. Hoy, Anish Kapoor es quizá el escultor con mayor reconocimiento internacional.

5. El avión del Barón Rojo.

En realidad, no se perdió a la conclusión de la Expo, sino antes de su inauguración. El aparato, una de las tres réplicas exactas del Fokker que había pilotado el barón Richthofen en la Primera Guerra Mundial, se consumió en el incendio del pabellón de los Descubrimientos en febrero de 1992 como tantas otras piezas únicas -el primer coche fabricado en España, por ejemplo- de la exposición en el que estaba llamado a ser el buque insignia de la oferta temática de la muestra universal.

6. El palenque.

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Escenario de todas las ceremonias de los días nacionales y oficiales, cabían en él unas 1.500 personas sentadas bajo unas carpas refrigeradas que conseguían aliviar la temperatura exterior del verano sevillano varios grados. Por su centralidad en el recinto y la animación por las noches, el palenque fue uno de los lugares más entrañables de la Expo. A su conclusión se mantuvo en pie como escenario que se alquilaba para eventos hasta que la sociedad rectora del parque tecnológico decidió que había dado de sí todo lo que podía haber dado y lo derribó para ocupar su solar con oficinas. Fue hace cinco años entre las protestas de su arquitecto, De Prada Poole. Todavía no se ha levantado nada en su lugar.

7. Andalucía de los niños.

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Todavía no se ha perdido, pero corre serio riesgo. Se trata de un parque de maquetas de monumentos y accidentes geográficos andaluces construido a la espalda del pabellón de la comunidad autónoma anfitriona por iniciativa del arquitecto Ignacio Aguilar. A la terminación de la Expo, un fuego devoró la maqueta de la Alhambra y la intemperie hizo mella en general en las obras a escala hasta que las rescató el parque temático que aprovechaba las infraestructuras de la muestra. El contrato por el que Isla Mágica se hacía responsable por 10 años del parque de miniaturas caducó el 31 de diciembre de 2011 sin que se sepa a ciencia cierta cuál será el futuro.

8. El Jumbotrón.

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La joya de la corona de Sony, una gigantesca pantalla de televisión de 192 metros cuadrados cuya altura equivalía a un bloque de ocho pisos, era lo más de la época antes de la irrupción de los videowalls y las imágenes retroproyectadas. El jumbotrón, instalado en la plaza Sony, tenía 32 niveles ajustables de brillo y 256 tonalidades por cada uno de los colores primarios, lo que ofrecía un nitidez hasta entonces inédita. La final de Wembley y los Juegos olímpicos de Barcelona se proyectaron allí. Luego, se desmontó y la tecnología decayó.

9. Monorraíl y telecabina.

[foto de la noticia]

Dos de los sistemas de transporte más populares de la muestra. El monorraíl discurría sobre una viga a seis metros de altura uniendo las tres estaciones con un recorrido de 3,1 kilómetros. El telecabina enlazaba la orilla de la calle Torneo, en la ciudad, con el Lago de España a veinte metros de altura. A la conclusión de la muestra, no se tenía claro qué hacer con ellos. Se intentó vender de segunda mano el teleférico a una estación de esquí (Sierra Nevada se hizo con las cabinas), pero el coste de desmontaje hizo que se desestimara esta opción. Del monorraíl, se arruinaron abandonados los trenes y se desmontó la viga, pero todavía perviven abandonadas dos de sus tres estaciones.

10. La trampa de la memoria.

Todo un título premonitorio del triste final de esta escultura de la artista italiana Federica Marangoni que el duque de Alba, comisario de la ciudad de Sevilla, consiguió para su instalación en el nuevo paseo de la calle Torneo donada por la ciudad de Venecia. Se trataba de una composición de vidrio que acabó destrozada por los vándalos hasta que volvió a reponerse. Los nuevos destrozos hicieron desistir de su instalación en la vía pública para siempre: se llevó al arboreto de Emasesa en la colina del Carambolo. No hay mejor resumen de la Expo que su nombre: la memoria siempre hace trampas.