Mar

11

May

2010

Tres siglos de Historia y un día de modernidad Imprimir
Con el simbólico acto de la entrega de una vieja llave, que realmente abre las puertas de la capilla, la consejera de Presidencia, Mar Moreno, recibía ayer tarde de la responsable de Hacienda, Carmen Martínez Aguayo, la titularidad del Palacio de San Telmo, que ayer abría al fin sus grandes portalones para mostrar la intervención, rehabilitación, restauración y construcción del que ha sido objeto durante cinco años de manos del arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra.
El inmueble, uno de los máximos exponentes del Barroco sevillano, sale así de un traumático proceso de recuperación que vuelve a poner en valor sus 22.000 metros cuadrados, que albergarán a partir de setiembre la Presidencia de la Junta de Andalucía y la Consejería de la Presidencia.
«Una máscara barroca»
El arquitecto sirve de anfitrión de esta primera gira que deja cuanto menos boquiabierto al visitante. «El Palacio se conocía como una máscara barroca porque no tenía edificio como tal, que ahora sí tiene». Y es que la intervención de Vázquez Consuegra ha sido total sobre el inmueble, que ha sufrido inmumerables actuaciones desde que comenzara a construirse en 1682, pero nunca en su totalidad. Se ha respetado exclusivamente la imagen que se tiene de San Telmo: la crujía principal, el patio central y la capilla, siempre manteniendo los muros perimetrales. La demolición interior del resto del edificio ha sido casi total y ahí llegan la expectación y el asombro que provocan sus enormes escaleras níveas de mármol, sus patios modernos rodeados de mármol rosado de Macael, sus grandes espacios destinados a oficinas, sus transparencias interiores, sus juegos de paños y sus insólitas entreplantas de luz cenital; junto a los viejos pasillos del finales de 1.600, la zona noble de la que fue residencia de los duques de Montpensier o la capilla recuperada del XVII.
La demolición interior ha acabado con las actuaciones que se llevaron a cabo en los años 20 y 60, cuando el Palacio era Seminario Metropolitano, «las más desafortunadas y lesivas para el edificio», según el arquitecto, que muestra fotografías de patios oscuros, largos pasillos plagados de habitaciones, celdillas que acogieron a seminaristas y ancianos sacerdotes.
«Se trataba de recuperar la memoria histórica del Palacio, tejer una nueva arquitectura que viviera en armonía con la antigua, escuchar al viejo edificio para que sugiriera el camino a seguir. Ni íbamos a asumir un pastiche historicista ni introducir arquitectura de contraste. Lejos de ser impositiva, está al servicio del edificio», argumenta Vázquez Consuegra. Hacer convivir la modernidad con la historia. Y ahí está la sorpresa.
Afirma rotundo que «la parte de la que está más satisfecho» es la recuperación del llamado en tiempos patio de San Jerónimo, un juego de columnas y luz interior de suelo ajedrezado, que parece un sueño árabe, donde antes se levantaban muros que ocultaban espacios perdidos. Una zona abierta que es el nuevo recibidor del Salón de los Espejos, cuyas paredes rojas y marcos barrocos han dado paso a unos paños gris oscuro y a enormes cuadros del mismo color con trazos oscuros que simbolizan la cuenca del Guadalquivir y que contrastan con la luz que entra por sus enormes cristaleras.
La obra ha recuperado la cripta, una zona semisubterránea que quedará como área expositiva del abundante material arqueológica aparecido durante los trabajos.