Jue

11

Feb

2016

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BÉCQUER Y EL PATRIMONIO SEVILLANO

En 1862, Bécquer escribía la leyenda titulada “La venta de los gatos”.

Dice así en varios de sus párrafos: 

Como he dicho, transcurrieron muchos años después que abandoné a Sevilla, sin que olvidase del todo aquella tarde, cuyo recuerdo pasaba algunas veces por mi imaginación como una brisa bienhechora que refresca el ardor de la frente.

Cuando el azar me condujo de nuevo a la gran ciudad que con tanta razón es llamada reina de Andalucía una de las cosas que más llamaron mi atención fue el notable cambio verificado durante mi ausencia. Edificios, manzanas de casas y barrios enteros habían surgido al contacto mágico de la industria y el capital: por todas partes fábricas, jardines, posesiones de recreo, frondosas alamedas; pero, por desgracia, muchas venerables antiguallas habían desaparecido.

Visité nuevamente muchos soberbios edificios, llenos de recuerdos históricos y artísticos; torné a vagar y a perderme entre las mil y mil revueltas del curioso barrio de Santa Cruz; extrañé en el curso de mis paseos muchas cosas nuevas que se han levantado no sé cómo; eché de menos muchas cosas viejas que han desaparecido no sé por qué y, por último, me dirigí a la orilla del río. La orilla del río ha sido siempre en Sevilla, el lugar predilecto de mis excursiones.

 

El lector coincidirá con nosotros en que Bécquer hace aquí un manifiesto a favor de la conservación del Patrimonio sevillano. Con curiosidades que dejan a algunos excelsos conocedores de nuestra ciudad, considerantes de que el Barrio de Santa Cruz es un invento de Talavera Heredia, a la altura del betún, ya que Bécquer destaca como curioso barrio el de Santa Cruz cincuenta años antes del llamado invento. Los iletrados y fabulistas son mercancía común entre una parte de la auto proclamada intelectualidad sevillana.

El 15 de agosto de 1864, Bécquer se convertía en un típico pesebrista, elemento muy numeroso entre nuestros “pseudoprogres” de hoy.

Gustavo Adolfo era invitado como otros muchos periodistas al viaje inaugural del ferrocarril al norte. La crónica se publicará en el periódico El Contemporáneo con el título “Caso de ablativo”. Así comenta Bécquer sobre la Ciudad de Ávila:

Ávila, la de las calles oscuras, estrechas y torcidas, la de los balcones con guardapolvo, las esquinas con retablos y los aleros salientes. Allí está la población, hoy como en el siglo XVI, silenciosa y estancada.

Pero ya se acerca la hora. Unas tras otras, las ciudades, al despertar de su profundo letargo, comienzan por romper, al desperezarse, el cinturón de vetustas murallas que las oprimen. Ávila, como todas, romperá el estrecho cerco que la limita y se extenderá por la llanura como un río que sale de madre. Si hoy volviese santa Teresa al mundo, aún podría buscar su casa por entre las revueltas calles de su ciudad natal sin dudar ni extraviarse. Esperemos que, de hacerlo dentro de algunos años, le será preciso valerse de su cicerone.

El mismo autor que se dolía de las “venerables antiguallas desaparecidas” o de las “muchas cosas nuevas que se han levantado no sé como” desprecia la ciudad de Ávila y el valor extraordinario de sus murallas. Bécquer desprecia esa joya, actualmente Patrimonio de la humanidad, y que Santa Teresa aun pudiera, tres siglos más tarde localizar su casa. Se ha cumplido lo que profetizó: hoy necesitaríamos un cicerone para encontrarla.

El pesebrismo y una extraña valoración de lo nuevo frente a lo viejo, como si fueran contrapuestos e imposible de situar en espacios separados, lleva al gran poeta a una terrible contradicción que habla muy mal de su capacidad de comprender y valorar la herencia histórica.

Por aquellas mismas fechas, seguro que Bécquer hubiera aprobado lo que sucedió con las murallas de Sevilla, un Alcalde de derechas, García de Vinuesa, bien amparado por el capital, también de derechas decidía derribar puertas y murallas de la ciudad. A ello se opondrá un grupo de intelectuales entre los que se encontraban el arquitecto Balbino Marrón o Demetrio de los Ríos que en torno a la Comisión de Patrimonio (que ni por asomo se asemeja a la actual, feudo de la destrucción de Sevilla), a la Real Academia de Bellas Artes y a la Sociedad Económica de Amigos del País, lucharán por impedirlo, fracasando.

En 1868 llegarán al poder los gobiernos de izquierda de la Gloriosa y continuaran la magna obra destructiva, con el aplauso de los pesebristas de siempre, el capital y el silencio culpable de arquitectos como Juan Talavera que llevará a cabo el derribo de la Iglesia de San Miguel.

Nada nuevo bajo el sol, hoy igual que ayer los pesebristas ladran mientras unos pocos y las Reales Academias mantienen el sueño de respeto al Patrimonio y la posibilidad de compatibilizar lo nuevo y lo viejo respetándose uno a otro en distintos espacios, como distintos son también los tiempos.