promo

Síguenos en Twiter

Banner
Banner

Mie

25

Nov

2015

ANTONIO ILLANES: UNA HERENCIA PERDIDA PDF Imprimir E-mail

ANTONIO ILLANES: UNA HERENCIA PERDIDA

La calle desaparecida:
Érase una vez…
No, ya no podréis verla.
Se la llevaron los cuervos
Con su mala sombra,
Los desalmados
Los tristes
Los que cambiaron
La delgadez de su aire,
Su cielo y sus palomas
Por treinta amargas monedas
y hacer su cielo irrespirable.

No, ya no podréis verla
.
Se la llevó un agua oscura
Por las riberas del río,
Buscando su alma antigua
En la soledad del viento.

No, ya no podréis verla
Más que en el llanto
De un sueño.

Los versos del gran poeta de la generación del 27, Manuel Díez Crespo, coinciden con el comentario del protagonista de este relato, Antonio Illanes Rodríguez, en su Sevilla y yo, cuando encuentra en “el Jueves” un folleto de 1873 con el proyecto de construir una estación de ferrocarriles en el Patio de Banderas y tras arrasar el barrio de Santa Cruz, sacarlo por la Puerta de la Carne. 
Illanes se alegra de que este proyecto no se llevara a cabo, como nosotros nos alegramos del fracaso de otro que pensaba convertir todo el Arenal en una enorme plaza, confeccionado por unos de los considerados introductores de la modernidad en Sevilla (otras destrucciones no se han podido evitar, como la del barrio de San Julián, que llegó a conocer Illanes o el de San Luis que afortunadamente, para él, no presenció)
Hay toda una generación de sevillanos que cubre la primera mitad del Siglo XX, conocedores de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929 y la arquitectura regionalista, los cuales a pesar de dolerse de algunos ensanches y destrucciones, comulgan y disfrutan de una ciudad a la que sin embargo temen perder por obra, como bien dice Díez Crespo, de los tristes, los hermanos de la Cofradía de la Destrucción.
Illanes vivió ese tiempo de esperanza. Nació en 1901 en Umbrete, de una familia de labradores ricos; a él, sin embargo, le llama el arte a pesar de que la madre le avisa del hambre que amenaza a los artistas. Tiene como maestro a Francisco Marcos en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla. Terminados sus estudios, pasa años difíciles hasta que en 1929, tras años de fracasos, consigue un extraordinario éxito con la imagen del Cristo de la Lanzada, esplendidez barroca en su gubia. Ello le abriría las puertas para trabajar en la Exposición Iberoamericana de 1929 y recibir una medalla del Rey por su obra.
En ese tiempo, en la Casa de los Artistas de la calle Feria tuvo su taller. Por esta Casa han pasado Zuloaga, García ramos, Bacarisas, Rico Cejudo, su compañero Echegoyán, y otros poetas, anticuarios o maestros de bailes como Juan Pericet. 
Nada queda del recuerdo de éstos en la Casa, nada de las caballerizas o las cocheras. Hoy, propiedad del Ayuntamiento, sirve de geriátrico a la Fundación Gerón. ¡Cosas veredes! 
Una beca le permite marchar a París con los artistas Echegoyán y Cantarero, visitando estudios y museos que según el propio Illanes, salvo el museo Rodín, nada le aporta. Vuelve a Sevilla, pero decide embarcarse en la aventura que siempre había soñado, América. Illanes había bebido de aquellos sueños que pululaban por la Sevilla de los años 10 y 20 de Unidad Ibérica, de unión espiritual y material con Hispanoamérica. Visitará Centroamérica, Venezuela, pero ante la falta de ambiente artístico regresa a Sevilla. No obstante, nunca cambiará su amor por lo hispánico. Años más tarde y esta vez con gran éxito recorrerá Brasil, Argentina, Uruguay. Como cuenta Illanes, todas las fatigas pasadas quedaron recompensadas.
La Guerra Civil y las destrucciones que le acompañaron van a facilitar su trabajo como imaginero: el Cristo de las Aguas, con el que conseguiría una medalla nacional; el Nazareno de las Penas, al que añadió en 1963 la figura del Cirineo; el Cristo de la Victoria y la bellísima Virgen de la Paz para el Porvenir o la Virgen de las Tristezas para la cofradía de la Veracruz. Son años de éxito donde Antonio Illanes comparte estudio en Sevilla y Madrid. 
En su obra “El Nuevo Estudio” describe el sitio donde creó la mayor parte de su obra: “Es la vivienda soñada por un poeta, pequeñita y sevillana, de una sola planta, antiquísima, quizás del tiempo de los moros; campanilla monacal en la puerta, verdes rejas en las ventanas que horadan los gruesos muros y soportan solamente la techumbre; encima, aprisionadas por los altos paredones que le cercan, las tejas suspirando cielos…arriates plantados y abundantes macetas y tiestos con flores olorosas de la tierra. 
Sus justas medidas tiene mi taller. En lugar supremo, la imprescindible chimenea con pétrico friso cincelado por el Maestro Echegoyán; gran cristalera por donde entra abundosa y reverberante la luz del septentrión.”
Allí el bohemio poeta, Florencio Quintero, fundador de las Noches del Baratillo, visitaba de vez en vez al escultor dando desaforados gritos “¡los pueblos deberían estar gobernados sólo por los poetas!¡ Así anda Sevilla, como yo, con los tacones torcidos! ¡Estoy canino! ¡Préstame dos reales!”
Allí, el que esto escribe leyó sus primeros poemas de juventud entre mucho tinto y poco pescao frito, conociendo la esplendidez del sevillano Illanes.
Un día, cuando compartía el tiempo con otros artistas, llegó Rico Cejudo que abriendo los brazos le gritaba: “¡Siete mil duros, como siete mil soles me dan unos indianos para que les pinte dos cuadros!”.
Cuenta el gran periodista Manuel Olmedo, que terminaron todos en un coche de caballos recogiendo a chicas de la vida en la Alameda
En 1967, su amor por Sevilla y por la poesía le lleva a comprar la Venta de los Gatos. Esa, a la que hoy Cultura, el Alcalde y la ciudad dan la espalda, salvo algunos locos románticos.
El dos de mayo de 1976 este nuevo Quijote moría.
Lo avisó Illanes, la casa que él tanto amó, la vivienda soñada, ha desaparecido. Los herederos del artista le han fallado. Sólo una lápida recuerda lo que fue el amor de su vida, junto al otro, la bellísima mujer de ojos verdes que tantas veces le sirvió de modelo. Su esposa Isabel Salcedo. Vencieron con su mala sombra los cuervos, los desalmados, los tristes.
Permitidme que termine con un nuevo verso de su amigo poeta Díez Crespo:
¡Volver a encontrarte!
¿Dónde?
¿En esa luz?
¿En esa cal viva?
¿En esa esquina
De sombra?
¿En ese vuelo de paloma?

¡Volver a encontrarte!
¿Dónde?
¿En el brillo de esa palma?
¡Ay,
Ya no podré encontrarte,
Más que dentro
De mi alma!

 

 

 
Informacion