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Mar

11

Nov

2008

Hay que salvar el studebaker PDF Imprimir E-mail
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San Telmo lleva ya dos restauraciones. Vamos con la segunda, como en las sevillanas. En la primera, el mentado moderno puso el salón de baile lleno de toberas de acero inoxidable para el aire acondicionado y dejó aquello como si fuera un homenaje al Submarino Peral. Ahora, lo ha vaciado enterito para hacer sus perrerías. Pero entre restauración y restauración, camparon por sus respetos los jaramagos por los tejados, los desconchones por la fachada y se descascarillaron los hierros de los balcones. ¿Por qué? Por lo de siempre: porque aquí invertimos fortunas inmensas en las restauraciones, pero luego no consignamos en los presupuestos ni un euro para conservación y mantenimiento. Claro, la restauración es lo demagógicamente rentable: el político de turno se hace la foto en la apertura, y se llena aquello de cartelones diciendo lo bien que lo están haciendo. Pero, en cambio, no viste absolutamente nada que en San Telmo hubiesen puesto en su momento unos cartelones que dijeran, un poner: «Arranque de jaramagos de las cubiertas», «Blanqueo de la fachada» o «Repaso de chapa y pintura a los blasonados balcones».
Traigo la metáfora de San Telmo porque en materia de azulejos, cerámica y barros vidriados está ocurriendo exactamente lo mismo. Tenemos en marcha dos grandes proyectos municipales, hala, a tirar el dinero: un Museo de la Cerámica en la antigua de Santa Ana en Triana, y la colocación de la Colección Carranza en el Cuarto del Almirante del Alcázar. Y mientras tanto, estamos dejando perder, por días, por horas, por minutos, un azulejo monumental, un retablo cerámico único en el mundo, que ya lo quisiera Carranza para su colección o el Ayuntamiento para el Museo de Cerámica Santa Ana. Me refiero al conocido como Coche del Sport, el azulejo que está en la calle Tetuán, en lo que fue la fachada de ese bar, donde ahora la Joyería Chico. El monumental retablo cerámico de anuncio de un coche de la marca Studebaker, que pasa ante un idílico jardín con El Pensador de Rodin al fondo, pintado y firmado por Enrique Orce en 1926. En cualquier ciudad, el Coche del Sport sería un monumento local, protegido, cuidado, preservado. Aquí, por el contrario, se ha quedado en el puesto de otro famoso retablo cerámico, el del Negro de Santa Ana, estela funeraria a la que las mocitas casaderas del Arrabal le arreaban patadas y puntapiés porque decía la leyenda que así habrían de encontrar novio. Ahora no son las mocitas trianeras con sus pies divinos y sus medias de seda las que les dan patadas a este azulejo de la calle Tetuán. Son los gamberros los que, con sus cuernos, están destruyéndolo por días. Se dedican los muy cafres a pegarle martillazos, a arañarlo con punzones, a derrotar en tablas contra la singularísima obra de arte.
El joyero Chico ya pagó una vez de su bolsillo la restauración de la pieza, y me parece que fue un nieto del propio ceramista Orce el que la arregló. No sirvió de nada. El salvajismo callejero y la saña destructiva de los niñatos tiene ya el Studebaker con partes irreconocibles, de las que hasta han arrancado el vidriado. El Ayuntamiento, mientras tanto, preocupadísimo con el Museo de la Cerámica, no mueve un dedo por el monumental Studebaker de la Joyería Chico. La ciudad, mientras tanto, preocupadísima por la Colección Carranza, ni le echa cuenta a este caso intolerable de una obra de arte destruida por el vandalismo.
Y digo yo: más urgente que poner en el Alcázar esos azulejos que no corren ningún peligro o que abrir el prescindible Museo de la Cerámica, ¿no es salvar el Studebaker, pieza única en proceso de destrucción irreversible? ¿No hay forma de restaurarlo y de preservarlo, manteniéndolo en su mismo lugar, pero protegido contra la violencia de las hordas canis? Sí, ya sé: eso no da votos. Eso da vergüenza y penita verlo. Que no es lo mismo.
 
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