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2016

RESTAURACIONES, NO GRACIAS PDF Imprimir E-mail
Cartuja

DIARIO DE SEVILLA / 17/3/2016

ISMAEL YEBRA

DON Diego Angulo afirmaba que la obra de arte es perecedera, que en el momento que se retoca y se repinta ya no es auténtica, sino una reproducción ajena a la mano de su autor. No le faltaba razón a tan eminente historiador del Arte. Cierto es que los trabajos de mantenimiento permiten que generaciones posteriores puedan gozar de una obra de arte realizada siglos antes, pero una cosa es esa y otra bien distinta reinventarla. 

El proyecto de restauración de las Atarazanas está haciendo que, una vez más, se pongan de manifiesto las discrepancias entre los que aman el arte y los que viven de él. A unos les interesa el monumento y a otros las enormes cifras que se facturarán en su rehabilitación. He ahí la palabra clave: rehabilitación, que no restauración. En estos tiempos de eufemismo y cinismo social, bajo el paraguas de la rehabilitación se cobijan todas las argucias posibles, sobre todo si se acompañan de las palabras mágicas de sostenibilidad y puesta en valor. Podría añadirse que los agentes sociales priorizan estas actuaciones por ser necesarias para la dinamización del tejido productivo cultural. 

 



Recuerdo la vieja fábrica de Pickman allá por los setenta y proclamo que la decadencia es bella. Y nunca mejor dicho después de ver su rehabilitación que, si bien recuperó partes del edificio, supuso la destrucción de otras para siempre. O aquella exposición de fotografías de Julián Schnabel en las derruidas estancias del viejo cuartel del Carmen rodeadas de escombros que quedará como testimonio de lo que fue. Los artistas son eso: artistas. Y ya se sabe que en Sevilla esa palabra tiene un doble sentido. Sobre todo cuando se lo creen y van de tales por la vida. Cual representación de la divinidad ante el resto de los mortales se creen capacitados para todo. Da igual que sea una iglesia gótica, un estadio deportivo, un teatro romano o un complejo hotelero caribeño. A todo le meten mano, para todo se sienten facultados, para eso son artistas. Llegamos así a las reinventadas imágenes del compás de San Clemente, la posada del Lucero, la calle Santander, la casa de la calle Segovias o las estancias de Santa Clara. Tras ver las fotografías de la recientemente rehabilitada torre del castillo de Villamartín, me dan ganas de rescatar el viejo lema con el que los ecologistas llenaban la ciudad de pegatinas y pintadas: Restauraciones, no gracias.

 
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