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01

Abr

2016

CRUDA REALIDAD PDF Imprimir E-mail

EL MUNDO / 2/3/2016

JUAN MIGUEL VEGA

UN ESPEJO oscuro e insobornable que no hace concesiones; un espejo donde cuesta, incluso duele, mirarse porque sólo dice la verdad. El de cristal, empezando por el irreal reflejo de su simetría invertida, nos ofrece una mera ilusión, algo que no existe; una mentira, en fin, que aceptamos por amable y porque suele amoldarse a nuestros deseos. En ese espejo cotidiano donde brilla el reflejo de la rutina solemos ver lo que queremos. En el de la realidad, sin embargo, todo es diferente porque es cierto; nada de lo que se en él ve tiene ya remedio. Las últimas estadísticas económicas nos han situado frente a él bruscamente, como en un violento espasmo. Justo ahora que todo se disponía para que la ciudad se instalara en su anual ensoñación primaveral; en ese estupefaciente jubileo equinoccial durante el cual sus hijos experimentan la ritual regresión umbilical que los sumerge en las profundidades de un mar de ensimismamiento amniótico; en el momento concreto en que los naranjos se cuajaban de azahar y sobre el azul del cielo los negros vencejos empezaban a trazar sus primeros garabatos; cuando, en fin, todos empezaban a sentir otra vez que no podía existir rincón en la Tierra donde se pudiera ser más feliz ni estar mejor, apareció el hombre de los datos como una sombra agorera y espectral surgida del otro lado del espejo -del lado de la realidad- para anunciar con fúnebre solemnidad que mucho más cierta que esa Sevilla idealizada que acaso sólo exista en la imaginación de sus versificadores es la Sevilla de los Pajaritos, Amate y el Polígono Sur: los tres barrios más pobres de España. Todos de Sevilla. Triste y demoledor contraste para esa ciudad, ufana, que ahora se engalana de luz y perfume. Pero la una se apaga y el otro se evapora cuando al espejo de la realidad se asoman las verdades que nadie quiere saber. Como fue verdad la procesión bufa que la otra noche recorrió las calles ventriculares que rodean la plaza de la Encarnación. Ni las mociones laicistas del Rojo Sevillano, ni la procesión del Coño Insumiso han hecho tanto daño a la Semana Santa como ese aberrante remedo poniendo de manifiesto hasta dónde se ha degradado lo que una vez fue sublime. Ya no es el Palmar de Troya; es el Caballo. El mal está dentro. ¿Qué tiene que ver pues esa Sevilla que cada cual condimenta a su manera con la que nos muestra, cruda, la realidad? Me temo que nada.

 
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