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2016

David y Goliat PDF Imprimir E-mail
Debate Arquitectonico

EL MUNDO/ 13 DE MAYO DE 2016

Juan Miguel Vega

HAY UNA visión simplista que explica esta ciudad como una continua lucha entre el Goliat implacable de una caverna reaccionaria obstinada en que nada cambie y el David de una minoría ilustrada y quijotesca que, a pesar de la dimensión de su rival, trata de ponerla al día. Ignoro si el invento es labor de alguna mente astuta y manipuladora u obra casual de esa miopía que necesita colocar señales para orientarse en la vida, aunque también puede haber algo de ambas. Lo cierto es que esa visión, aunque sesgada, ha hecho fortuna y no son pocos los que, lejos de ponerla en duda, la consideran dogma de fe. Fenómenos como la Semana Santa, el Rocío y otras tradiciones populares vendrían a corroborarla con su pervivencia, siendo los mantenedores de ésta el ponzoñoso reservorio de la infecta reacción que rige el destino de la vieja Hispalis. Cualquiera con dos luces sabe que las cosas no son tan simples, mas a fuerza de ser repetido por fulanos con pose y etiqueta de 'intelectuales', tan discutible mensaje se ha acabado convirtiendo en una verdad, aunque goebblesiana, incontestable para ciertos auditorios acomplejados, prejuiciosos o, directamente, ignorantes. El ámbito donde ese conflicto se manifiesta con mayor intensidad desde hace años es el de la conservación del patrimonio. «La Sevilla inquisitorial frena la modernidad», dicen indignados los autoproclamados ilustrados. Levantar la vista permite sin embargo comprender que Sevilla se ha resistido más bien poco a casi nada desde hace siglo y medio. Repleto está su casco histórico de aportaciones de las sucesivas modernidades que en su día fueron. En lo que el tiempo las haya convertido ya es otra cosa. En Salamanca, el color de los edificios debe atenerse al de la piedra. Más cerca, en Carmona, todas las casas deben estar encaladas y tener zócalo de mampostería. Sin embargo, la ciudad que se resiste a los cambios es esta Sevilla donde, a la vista está, se puede hacer de todo y, de hecho, no ha parado de hacerse desde que lo denunciara Bécquer a mediados del XIX. De qué lado ha estado el poder en este proceso es algo en lo que conviene reparar. Y cuando se dice el poder, se dice también el dinero, pues el fantasma de los intereses creados merodeaba tras cada derribo, tras cada «rehabilitación». Es legítimo, por todo ello, preguntarse quién es en realidad David y quién Goliat en esta -eso sí es cierto- desigual pelea, habitualmente ganada por unos fulleros que, además de saltarse las reglas, tienen la desfachatez de hacerse las víctimas, cuando aquí la única que siempre ha salido perdiendo es Sevilla.

 
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