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2016

EL ÚLTIMO VALS PDF Imprimir E-mail
Debate Arquitectonico

EL MUNDO /1/7/2016

JUAN MIGUEL VEGA

CIERTO DÍA, hace ya mucho, husmeando entre los tesoros que guarda la hemeroteca municipal, hallé en un periódico de fines del siglo XIX un poema dedicado a un cohete pirotécnico. Su presencia allí no tenía motivo aparente. Por lo visto, entonces era costumbre en la Prensa incluir poemas entre el batiburrillo informativo sin causa que lo justificase, porque sí. Además de por esto y por lo peculiar del tema tratado, me llamó la atención del poema su calidad y la firma del autor que figuraba bajo él: un tal J.R. Jiménez. En efecto, como comprobaría días después, se trataba del poeta de Moguer, quien entonces tenía dieciocho años y vivía en Sevilla, donde estudiaba. La publicación de aquellos y otros versos parece evidenciar que la Prensa sevillana reconoció pronto los méritos como literato de quien llegaría a ser Premio Nobel. Hace ya casi doscientos años que se publicó aquel poema y va para un siglo que estas líneas se dieron a la imprenta. Las mismas forman parte del último número de un periódico, la edición sevillana de EL MUNDO, que dejó de publicarse en el ya lejano 1 de julio de 2016. No sé, estimado lector, si habrás dado con él de forma casual o viniste a buscarlo expresamente hasta este lugar, la hemeroteca, donde el tiempo, como en los polos de la Tierra, no existe. En los polos son a la vez todas las horas y aquí son todos los días. Es éste un trasunto de la eternidad donde ningún ayer es remoto, no hay distancia entre el poema del joven Juan Ramón, el adiós de este periódico que tuve el triste honor de contribuir a entonar y este día de no sé qué año en el que lees mis palabras. Tres lustros largos de mi existencia dediqué a contar historias en estas páginas ahora definitivamente amarillentas y apergaminadas; páginas que has de consultar mediante reproducciones para no estropear. En ese tiempo conocí a un sinnúmero de gente extraordinaria; gente cuyos nombres tal vez no hayas oído nunca o, si acaso, te suenen al de alguna calle, pero que descubrirás si te decides a recorrer el apasionante relato de dos décadas contenido en estas páginas a las que hoy ponemos colofón. A uno de esos personajes, el doctor Enrique Stiefel, un sabio cuya apasionante historia te recomiendo busques por aquí, le oí profetizar antes de morir: «el papel volverá; los libros no morirán». Ignoro si su profecía se habrá cumplido en tu época, en la mía lo que dicen es que se acaba para siempre, por eso echamos el cierre; por eso en mi mente resuenan ahora las melancólicas notas de El último vals, una triste melodía de una vieja película de Martin Scorsese de la que seguramente no sabrás nada.

 
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