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Mar

14

Jul

2009

El Prado las setas y la Torre Cajasol PDF Imprimir E-mail
En nuestra ciudad pasan cosas muy curiosas. Una caja de ahorros promueve la edificación de una torre de más de 178 metros de altura, algo así como un hito en la arquitectura nacional, la Universidad construye un edificio en un jardín y el Ayuntamiento levanta un conjunto arquitectónico de vanguardia dentro del perímetro del centro histórico protegido. Una se pregunta si esas tres instituciones no deberían hacer cosas distintas.
Yo tenía entendido que las cajas de ahorros se dedicaban a prestar dinero a quienes se lo solicitaban para sus empresas y a los particulares, y que a través de sus fundaciones se dedicaban a obras de carácter social, pero resulta que también quieren ser promotores de grandes edificios que dejen huella. Pensaba que la Universidad velaría siempre por la conservación de la naturaleza, que clamaría ante cualquier tala masiva de árboles y ante la supresión de jardines. Confiaba en que el Ayuntamiento de una ciudad histórica sería muy cuidadoso con las nuevas edificaciones y sería consigo mismo tan exigente como con los particulares a los que impide levantar alturas en el perímetro protegido. Pero resulta que estoy muy equivocada.
Cajasol quiere pasar a la historia por construir una torre que sea visible a mucha distancia, que contamine definitivamente el paisaje de la ciudad, que compita con la Giralda en altura y que quede para la posteridad como una gran realización. Supongo que su situación financiera, a diferencia de la mayoría de las instituciones de crédito, es tan saneada que puede permitírselo, pero no creo que esté entre sus objetivos. Parece que su labor de proporcionar créditos a empresas y a particulares se le ha quedado pequeña.
La centenaria Universidad Hispalense ha sido un centro de educación, de pensamiento y de investigación ejemplar, y también ha sido, en muchas ocasiones, el motor de una conciencia crítica ciudadana, pero parece que eso ya es historia. Hoy se ha convertido en una promotora que va a reducir en cuatro mil metros cuadrados un jardín que se levantó con fondos públicos para ser eso, sencillamente un jardín.
Y el Ayuntamiento, tan exigente con los particulares en el centro histórico para no alterar una fisonomía que permita conservar la ciudad antigua, es el promotor de un edificio de vanguardia, las llamadas «setas de La Encarnación», que están fuera de lugar, fuera de escala, y que alteran gravemente una gran área del conjunto del mismo centro histórico.
Las tres instituciones mencionadas hacen cosas impropias, no acordes con las funciones que se les suponen, pero me temo que sus funciones han cambiado en los últimos tiempos, y que pese a la crisis financiera, pese a hablar constantemente de sostenibilidad y de la protección del medio ambiente, pese a querer presentarse como hacedores de la vanguardia y el progreso, lo que las tres buscan es la promoción inmobiliaria, de tanta tradición en nuestra historia reciente.
La Torre Pelli, en un lugar no adecuado ni pensado para eso, es una operación inmobiliaria pura y dura. La biblioteca del Prado, a pocos metros de la biblioteca pública Infanta Elena (adecuada en su emplazamiento y de gran belleza), en un lugar donde ya casi no hay estudiantes y con posibilidad de contar con otros emplazamientos, es una operación inmobiliaria por la que el Ayuntamiento recibirá a cambio solares. Y las «setas de la Encarnación», ajenas al entorno y rupturistas con el mismo, serán un centro comercial que también proporcionará ingresos al Ayuntamiento.
Los afanes inmobiliarios son perfectamente comprensibles para los particulares, han producido mucha riqueza y muchos puestos de trabajo, pero una creía que existían algunas instituciones que se dedicaban a fines distintos. No sabía que la «fiebre del ladrillo», tan denunciada por el socialismo, les había hecho cambiar tanto
 
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