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Sep

2019

Pabellones Expo del 29: La metáfora histórica del iberismo PDF Imprimir E-mail

Abc Sevilla / 29/06/2019

Eva Díaz

Parecía que en el pabellón de Portugal rompían las olas de océanos furiosos. Allí estaba encerrada la historia de ultramar, los conflictos con el viejo imperio español, los proyectos de Enrique el Navegante, las rencillas del Tratado de Tordesillas, las 'traiciones' de Magallanes y el acecho de los portugueses a las naves de Elcano para impedir la epopeya de la Primera Circunnavegación. La invitación de la Exposición de 1929 a Portugal y a Brasil significó la ampliación del proyecto a la metáfora histórica del iberismo, evitando el fenómeno exclusivo del hispanismo. El certamen rescataba un ambicioso sueño dormido durante siglos.

En el Archivo de Indias reposaba el legajo de antiguos conflictos del Tratado de Tordesillas por el que España y Portugal se dividieron el mundo. Allí aparecían las rúbricas de los Reyes Católicos, como reyes de Castilla y Aragón; de Juan II, monarca de Portugal, y del papa Alejandro VI como árbitro del reparto. En el pabellón de Portugal, con su aire de neobarroco inspirado en la época de Juan V el Magnánimo, se mostraba con orgullo el legado de la gran potencia que había sido enemiga en el tiempo de las luchas por el control de las especias en el Pacífico.

El pabellón de Portugal, que hoy es la sede del Consulado, fue diseñado por Carlos y Guillermo Rebello de Andrade. Olía a vinos de Oporto, café y cacao. También a lienzos inquietantes. En octubre de 1929 se inauguró una exposición de arte antiguo con obras del Museo Nacional de Lisboa. Había pinturas, tapices, obras de orfebrería y la «Adoración de San Vicente», ese cuadro hechizante y misterioso que provocaba en los visitantes la sensación de estar ante una extraña escena del siglo XV. Su autor, Nuño Gonçalves, había encriptado el secreto de esa potencia navegante y audaz llamada Portugal. Los personajes del misterioso políptico posaban en la escena sagrada con la mirada hierática del primer Renacimiento. Parecían no mirar nada, pero contemplaban un horizonte de océanos, de tierras lejanísimas y exóticas.

El pabellón de Portugal tenía un teatro para 250 personas donde se proyectaban películas sobre la historia del país. Sin embargo, la atracción fue el edificio dedicado a sus colonias en Macao. Allí se exhibía todo el aire orientalizante de Asia. De alguna forma, y gracias al proyecto portugués, Sevilla revivía su relación con las tierras del Pacífico como si el Galeón de Manila hubiera vuelto a arribar a las orillas del Guadalquivir. Y en el parque de Atracciones, que se levantaba frente al pabellón de Marruecos, se levantó una torrecilla al estilo de una pagoda que provocó la admiración de los visitantes.

En la Exposición Iberoamericana de 1929 también se habló en portugués en el pabellón de Brasil, construido por Pedro Paulo Bernárdes Vastos como ejemplo del barroco brasileño. En la memoria de los que visitaron el certamen quedó durante muchos años el recuerdo del café que se servía en el bar del sótano del edificio, como ocurriría décadas más tarde en el pabellón de América en la Exposición Universal de 1992. El de 1929 era un café que al tostarse parecía llenar de aromas amargos y secos los paseos de tarde por el recinto.

Se mostraron también expositores de cacao y de tabaco y un sorprendente suelo realizado con maderas de Brasil. Aún suenan los pasos de aquellos visitantes que buscaban buen café. Un pabellón que luego sirvió como escuela de párvulos, cuartel de Sanidad, de Falange Española, Escuela Superior de Arquitectura Técnica, sede de la Policía Local y ahora edificio de la Universidad. Hay quien a veces descubre el intenso olor torrefacto que se escapa de su antiguo sótano del café.

 
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