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2019

Sevilla, el Cabo Cañaveral del siglo XVI PDF Imprimir E-mail
1º Vuelta al Mundo

ABC SEVILLA-JAVIER RUBIO-21.11.2019

La primera persona a la que le escuché la comparación -no necesariamente la primera que la pronunció- fue al recordado José Manuel Rodríguez Gordillo, por entonces archivero de Tabacalera, en su despacho de las oficinas de la fábrica de tabacos de Los Remedios: «Sevilla era el cabo Cañaveral de la época». Y estos días de aniversario en que se conmemoran los primeros cincuenta años de la gesta del Apolo XI alunizando en el Mar de la Tranquilidad y se anuncian los fastos por la efemérides de la primera circunnavegación de la Tierra atravesando el paso entre el Atlántico y el Pacífico, no está de más comparar ambas hazañas para comprender mejor la una y la otra. Entre ambas proezas inscritas con letras doradas en la historia de la humanidad, hay muchas semejanzas y algunas diferencias.

Tecnología: la ventaja competitiva
Ambos viajes descubridores tienen detrás el descubrimiento y desarrollo de tecnologías que los hicieron posibles. En el caso de la gesta de Magallanes y Elcano, está en relación con los instrumentos de orientación a bordo, tan alejados de nuestro hiperconocido GPS. Hoy nos asombra que los ordenadores con que la NASA dotó el programa Apolo tuvieran menos capacidad de almacenaje y menos memoria que la que cualquiera de nosotros lleva en el bolsillo en su teléfono móvil. Otra gran aportación en ambas gestas tiene que ver con el medio de transporte utilizado: la nao era lo que hoy llamaríamos un desarrollo de la carabela que los portugueses habían perfeccionado desde finales del siglo XV en la escuela de pilotos de Sagres. El cohete Apolo era una versión superada del programa Géminis. Los cohetes espaciales bebían de un mismo origen: las bombas volantes y los misiles balísticos desarrollados por los nazis al término de la Segunda Guerra Mundial, que habían desarrollado combustibles con una potencia de despegue tal para superar la gravedad terrestre.

Tornaviaje: lo importante es volver
Lo que hizo grande el viaje de Elcano no fue llegar a la Especiería navegando siempre a Poniente o descubrir el paso al sur entre el Atlántico y el Pacífico atravesando el estrecho que lleva el nombre de Magallanes; el mérito estuvo en completar el periplo volviendo al punto de partida, Sevilla. En todos los viajes descubridores, la máxima importancia se ha concedido siempre al tornaviaje, como se llamaba en la época. Colón consiguió que los alisios lo empujaran a América y los contralisios lo devolvieran a Europa. El caso más significativo lo ejemplifica la expedición de López de Legazpi y el fraile agustino Urdaneta, que hallaron la latitud exacta por la que viajar de oriente a occidente por el Pacífico, llamado entonces el «Lago Español». En el caso del Apolo XI, los ingenieros tenían recursos más que suficientes para enviar cohetes e impactarlos en la superficie lunar como todavía hoy se sigue haciendo con las sondas de exploración. La novedad fue, sin duda, el módulo de alunizaje, el Águila, que pudiera posarse sin destrozarse y volver a despegar para entrar en la órbita terrestre, el más peligroso de los momentos de la misión como atestigua la tragedia del transbordador espacial «Columbia» en una fecha tan alejada del primer alunizaje como 2003.

Extranjeros: las personas cuentan
Dos figuras emergen con cinco siglos de diferencia como los artífices de la gesta. Y los dos eran extranjeros que trabajaban para otro país distinto al que los había visto crecer. Fernando de Magallanes y Wernher von Braun encarnan un espíritu de reafirmar su propia personalidad por encima de las circunstancias políticas adversas. Magallanes había sido instruido como marino portugués y había navegado con la armada de la India, participando en conquistas y establecimientos costeros lusos en la costa del subcontinente, pero una serie de acusaciones lo empujaron a cambiar de bando y a ofrecer sus servicios a la Corona española. Von Braun era el ingeniero alemán responsable del diseño de las «wunderwaffe» con que un Hitler a la desesperada soñaba con darle la vuelta a la guerra a finales de 1944, cuando a la derrota sólo cabía ponerle fecha. El programa nuclear, como el de las V2, desarrollado por los nazis suscitó una carrera frenética entre americanos y soviéticos por hacerse con sus secretos apresando a los científicos clave. Von Braun estaba, desde luego, entre ellos y los estadounidenses recurrieron a su prestigio y su conocimiento para desarrollar el cohete Saturno V capaz de vencer la gravedad terrestre para un peso muerto de 47 toneladas: una enormidad que supuso la ventaja competitiva respecto del programa espacial soviético.

Rivalidad: los países compiten
Se trata de una evidencia que salta a la vista en ambas gestas con 450 años de diferencia. Los portugueses trataron por todos los medios de impedir que Magallanes aparejara sus barcos en Sevilla con tretas de todos los colores, por la rivalidad que ambas naciones ibéricas sostenían en el desarrollo de la navegación a vela desde finales del siglo XV. Colón y los pilotos onubenses habían tocado tierra al otro lado del mar de los Sargazos, esa masa oceánica ignota que se abría más allá de Finisterre, el fin de la tierra. Vasco da Gama había cabotado la costa occidental africana doblando el cabo de Buena Esperanza hasta el Índico. Los portugueses eran dueños del comercio de las especias porque tenían expedita la vía hasta las Molucas que Magallanes se proponía alcanzar navegando siempre hacia Occidente. Estaba mucho en juego y España y Portugal receleban uno del otro. Sin esa rivalidad, no habría habido expedición magallánica. Como no habría habido viaje a la Luna si la carrera espacial no hubiera estado tan reñida entre Estados Unidos y la URSS desde que en 1954, los soviéticos pusieron en órbita el Sputnik. Sin ese afán por superar al país antagonista, no se entiende ninguno de los dos viajes.

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Geografía: el territorio marca
La NASA estableció su base de lanzamientos en la península de Florida por razones estrictamente técnicas, no por ningún capricho. Cuanto más cerca del Ecuador, cualquier cohete lanzado a la estratosfera necesita de menor aceleración para alcanzar su órbita. ¿Cuánto menos? Del orden de 1.670 kilómetros por hora que es la velocidad con que se mueve la Tierra desde su eje de rotación que atraviesa los polos. No parece mucho, pero es una ayudita para acelerar de 0 a casi 30.000 kilómetros/hora que es la velocidad a la que se puede escapar de la gravedad terrestre. De manera muy burda, ese el razonamiento que explica por qué Cabo Cañaveral está donde está, por qué los soviéticos instalaron su cosmódromo en Baikonur, la república de Kazajistán, a 2.500 kilómetros de Moscú, o por qué la Agencia Espacial Europea lanza sus satélites desde Kourou, en la Guayana Francesa.

Pues bien, Sevilla era el cabo Cañaveral -luego rebautizado Cabo Kennedy- de la época porque ofrecía un puerto muy seguro fácil de defender (46 millas náuticas tierra adentro) merced al canal de navegación fluvial hasta Sanlúcar de Barrameda. Las naves se aparejaban en el río, se calafateaban, se reparaban y en el Arenal se llevaba a cabo la estiba y desestiba de la carga. Las condiciones naturales del terreno posibilitaron que Sevilla se convirtiera en la cabecera de la ruta comercial marítima más perdurable con el galeón de Manila.

Alimentación: cómo sobrevivir al viaje
La vida de los pioneros es muy dura. Los marineros que se embarcaron con Magallanes y Elcano se enfrentaban a terribles enfermedades entre las que el escorbuto y la disentería eran las más acostumbradas. Sin refrigeración, la comida almacenada en las bodegas se pudría y el agua potable estancada en tinas terminaba por corromperse. A bordo, escaseaban las frutas y verduras frescas y todo cuanto consumían los tripulantes era la galleta o bizcocho, tasajo, tocino, pasas, higos, encurtidos y lo que pudieran pescar desde la amura. El archipiélago de las Canarias proveía de la llamada aguada en la ruta hacia América, indispensable para renovar el líquido a bordo. Pero la escasa variedad de nutrientes era origen de enfermedades y dolencias.

La galleta de los astronautas era comida deshidratada que se reconstituía añadiendo agua. Sorprendentemente, en las raciones del Apolo XI pervivían en la gambuza las galletas, el tocino y el jamón con respecto al viaje descubridor de 450 años antes.

La gran diferencia. Sabemos de la primera circunnavegación merced a la relación que hizo Antonio Pigafetta, enrolado en la expedición. El se convirtió en la fuente principal del relato con que España sacó pecha de esa gesta. Él mismo relata así cómo informó al emperador Carlos: «Partiendo de Sevilla, pasé a Valladolid, donde presenté a la sacra Majestad de Don Carlos, no oro ni plata, sino cosas para obtener mucho aprecio de tamaño Señor. Entre las otras, le di un libro, escrito por mi mano, con todas las cosas pasadas, día a día, en nuestro viaje». Puede tomarse al presentador de la CBS Walter Cronkite que retransmitía en directo el alunizaje como el trasunto de Pigafetta. Pero el recibimiento dispensado a unos y otros descubridores fue bien distinto. Los dieciocho supervivientes de la circunnavegación bajo el mando de Elcano llegaron exhaustos y acudieron a la capilla de la Virgen de la Antigua a dar gracias. Los astronautas fueron endiosados en un recibimiento triunfal a lo largo de Broadway en Nueva York. La llegada del hombre a la Luna fue retransmitida y fotografiada como el gran éxito propagandístico de los Estados Unidos en su pulso con la URSS en una pautada campaña de prestigio internacional. Películas, libros, series televisivas... todo a mayor gloria de aquellos pioneros.

Magallanes iba a ser el primer marino en completar la primera vuelta al mundo como Alan Shepard, el primero en pisar la Luna. Pero ambos se quedaron en puertas de la gloria y su lugar en la historia lo ocuparon Juan Sebastián Elcano y Neil Armstrong. La intrahistoria de la carrera espacial es menos violenta que la muerte de Magallanes en la isla filipina de Mactán ante una multitud de nativos, pero desde luego, no menos dramática. Alan Shepard –junto con Chuck Yeager, como retrata Tom Wolfe en su imprescindible «Lo que hay que tener», título que no hace honor al original, mucho más expresivo, «The right stuff»– era uno de los pilotos de prueba de la USAF más reconocidos. Suyo había sido el primero vuelo suborbital estadounidense en 1961 y era el líder indiscutible. Una inoportuna enfermedad, un síndrome detectado cuando estaba preparándose, lo dejó en tierra como jefe de astronautas de la NASA hasta 1971 con el Apolo XIV.

 
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