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Nov

2019

Howard, el vendedor callejero de pañuelos de Sevilla, ya es español PDF Imprimir E-mail

ABC SEVILLA-SILVIA TUBIO-17.10.2019

A Howard Jackson no le avergüenza enrollarse en la bandera española o gritar a los cuatro vientos el cántico futbolero «yo soy español». Se siente agradecido a un país al que quiere devolver con su servicio la oportunidad vital de tener un lugar en el mundo. Este vendedor callejero de pañuelos, conocido en Sevilla por alegrar con sus estrafalarios disfraces a los conductores que paran en el semáforo de Plaza de Armas, ha obtenido este miércoles la nacionalidad española. El trámite se ha sellado en el Registro Civil donde ha firmado un acta de juramento a la nacionalidad española.

Este inmigrante de sonrisa inmensa ha cumplido el sueño de tantas personas que tratan de llegar a Europa huyendo del hambre y la guerra. De ello se ha acordado también este miércoles: «El camino hasta llegar a Sevilla fue un infierno. Por eso quiero mostrarle a mis compañeros que es posible tener un hogar en España».

Howard fue un niño de la guerra que se rebeló contra su destino forzado en Liberia. Le salió bien aunque las probabilidades apuntaban a otro desenlace, a un disparo en la cabeza. «Cuando tenía 17 años, el Gobierno nos sacó del colegio a mí y a mis compañeros y nos metió en un campo de adiestramiento para luchar contra los rebeldes». Por aquel entonces su país se desangraba en la primera guerra civil que acabaría derrocando al dictador Samuel Kanyon Doe. «Junto a otros tres niños decidimos fugarnos del campamento. Sabíamos que si nos pillaban, nos matarían». Pero las balas no se cruzaron en su camino y llegaron hasta Costa de Marfil, donde fueron acogidos por la Cruz Roja.

Aquellos jóvenes estaban dispuestos a llegar a España y prosiguieron su camino por el continente africano. Una suerte de éxodo que se frenó en seco al cruzar la frontera de Argelia. «Nos habían facilitado documentación para poder viajar por África occidental. Pero esos papeles no valen nada en Argelia». Tres años le costó llegar a Melilla. En esa primera ocasión lo hizo junto a 153 hombres. Había reclamado asilo político pero fue expulsado a Guinea-Bissau. «Allí nos metieron en la cárcel». En 1996, varias organizaciones internacionales como Amnistía Internacional denunciaron el trato que estaban recibiendo algunos de esos inmigrantes en Guinea y que la mayoría de ellos habían solicitado asilo político en España pero fueron expulsados sin que se resolviera su causa. Howard era uno de ellos.

La muerte en Guinea de un deportado a manos de la Policía durante unas protestas por el trato que estaban recibiendo propició que la situación de esos inmigrantes llegara al Congreso de los Diputados y que el Gobierno de España se comprometiera a abrir una investigación.

Cuando tenía 17 años huyó de Liberia donde había sido reclutado a la fuerza como un niño más de la guerra. Nunca volvería a ver a sus padres. En 2004 se enteró que habían muerto
Gracias a una fuga masiva de la prisión donde estaba, Howard volvió a emprender el camino a Melilla. En esta segunda ocasión sólo tardó seis meses en entrar en España y esta vez sí se atendió su petición de asilo. Su primer y único destino ha sido Sevilla, donde llegó en calidad de refugiado en 1997. Durante los tres primeros meses contó con la ayuda de las administraciones. «Después, comenzó otro momento duro. Sin trabajo, sin hablar español, sin recursos». Fue entonces cuando Howard decidió buscarse la vida como vendedor en los semáforos y se hizo un hueco en el imaginario colectivo sevillano por su simpatía.

Una cadena de solidaridad sevillana
Este nuevo español ha sobrevivido a la calle gracias a la cadena de solidaridad que se montó entre los vecinos que se cruzaban a diario con el vendedor y sucumbían a su alegría. Unos le daban ropa, otros comida...Dos de esas vecinas, Remedios y Mercedes, han ejercido este miércoles de testigo, avalando que Howard es la misma persona que lleva viviendo en España hace años. En concreto, 22 como sevillano de adopción. La nacionalidad española se puede obtener por residencia si se acredita una estancia legal de diez años. Si es bajo la condición de refugiado, el plazo legal se reduce a cinco.

Cumplido el sueño de tener un lugar en el mundo y abandonar su condición de apátrida, Howard, de 42 años, está empeñado en acabar la carrera de Derecho. «Quiero ser juez y trabajar por este país. Tengo la obligación de protegerlo como me ha protegido a mí». Este estudiante de la Uned compagina las doce horas que pasa en el semáforo con los estudios. Se avergüenza cuando relata que ha aprobado once de las 44 asignaturas que tiene el grado. Quien le oye le saca de su error. «Conforme ahorraba dinero se iba matriculando de asignaturas. Ahora que tiene la nacionalidad puede pedir ya una beca», detalla Mercedes, una de sus madrinas en el acto de juramento. «Un día en el semáforo me preguntó si era verdad que me había matriculado, cuando le enseñé los papeles, me dio el dinero para los libros. Le debo mucho a esta ciudad»

Antes de abandonar el Registro Civil para volver a su puesto de trabajo en el semáforo, un recuerdo para sus padres, de los que supo que habían muerto tras obtener un número de teléfono que le puso en contacto con su antiguo poblado. Era 2004 y habían pasado más de diez años desde que huyó de su país. «Creo que mis padres creyeron que había muerto en mi camino a Europa. Cuando era pequeño soñaba con estudiar Ciencias Políticas. Ahora estoy más cerca de ese sueño».

 
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