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2020

Calafatean las naves PDF Imprimir E-mail
1º Vuelta al Mundo

Abc Sevilla / 13/06/2020

Ignacio Fernández Vial

El 31 de julio de 1521, las naos Trinidad y Victoria abandonan el puerto de Bruney en busca de las Molucas. Nada más salir a la mar, se cruzan con cuatro piraguas y apresan una de ellas, que para suerte de los españoles iba cargada de cocos, y que dejan en libertad, una vez que han estibados los frutos en sus bodegas. Continuando su navegación, encuentran a otro barco. Se trataba de una embarcación filipina, que también capturan, pero esta vez haciendo uso de la fuerza, ya que sus tripulantes les hicieron frente.

«Matamos a siete hombres de los dieciocho que componían su tripulación. Eran jefes de Mindanao, entre los cuales estaba el hermano del rey, que nos aseguró que sabía muy bien la posición de las isla Maluco... Por sus noticias cambiamos el rumbo, poniendo la proa al sureste».

Más adelante, les ocurre otro incidente que pudo acarrearles consecuencias muy graves. De no ser por la rápida reacción del marinero que estuvo a punto de provocar la tragedia, que salva al barco, la Trinidad pudo haber saltado por los aires.

«Corrimos otro gran peligro: un marinero, al despabilar una luz, tiró inadvertidamente el pabilo encendido sobre una caja de pólvora; pero lo retiró tan pronto que la pólvora no se prendiera». Escalante de Mendoza, gran tratadista de la navegación en el siglo XVI, recoge el gran peligro que suponía un fuego a bordo en estos barcos de madera, y recomienda:

«Que debajo de la cubierta ni en el pañol del pan, ni en otra ninguna parte de la nao nunca entre vela encendida, si no fuere metida en linterna, y que en la parte donde fuese la pólvora por ninguna vía entren lumbre, porque ha acaescido llegar a la lumbre una cucaracha y encendérsele las alas, e yendo huyendo llegarse a una poca de estopa y por allí venirse a quemar la misma nao». Rumbeando entre las islas grandes de Borneo, de nuevo les surge otro problema. Se produce una gran vía de agua en la Trinidad.

«Costeando la isla con buen tiempo dio la nao capitana en seco, y en un día y una noche dio tan grandes golpes, que parecía que se hacía pedazos. La noche tuvieron un temporal y les pareció que se mostró el Glorioso Cuerpo, con que la gente se consoló, y al amanecer, con la creciente de la marea, salió la nao».

Por suerte para ellos, encallaron cuando el agua comenzaba a crecer, lo cual les ayudó a poder reflotar la nave. En caso contrario, difícilmente hubieran salido de ese enredo. Si hubieran tocado fondo en pleamar, a medida que fuera bajando el agua, darían golpes tan grandes, que acabarían rompiendo las tablas del forro e incluso la quilla, y más aún cuando por la noche tuvieron un temporal. Hay que señalar que la diferencia de altura de las aguas en estos parajes, de la pleamar a la bajamar, puede ser de hasta 4,5 metros.

Con la Trinidad dañada y la Victoria que iba haciendo aguas, los españoles se ven obligados a buscar un lugar donde poder sacar sus naves al monte para carenarlas y calafatearlas. Al doblar un pequeño cabo, se encuentran muy cerca de ellos, con cuatro juncos. Acuciados por la necesidad de conseguir un hombre que conociera las particularidades de la costa que barajaban, y que les supiera conducir a una playa segura donde poder varar las dos naos, deciden a capturar a uno de ellos, y tuvieron suerte, ya que en él iba un marino que se ofrece a llevarlos a un lugar ideal para carenar.

Hacen saltar a bordo de la Trinidad al experto marino local que buscaban, y este forzado piloto, les lleva pronto a la playa donde pueden varar los barcos sin problemas, lugar al que ellos llaman Santa María de Agosto, que se trata de Tibagu Jeti, pequeña isla situada al norte de otra mayor, Malawali.

«Hasta llegar al fin de la dicha isla, y hallaron otra isla pequeña, donde recogieron las naves... y en ella hallaron muy buen puerto para reunir las naves. Como nos faltaban muchas cosas necesarias, tuvimos que emplear cuarenta y dos días. Todos y cada uno trabajábamos lo mejor que sabíamos. Lo más fatigoso era ir a buscar madera en los bosques, porque el terreno estaba cubierto de zarzas y arbustos espinosos e íbamos descalzos».

Esta corta, pero muy gráfica descripción de las dificultades que tuvieron para carenar las dos naos, nos sirve para valorar aún más la increíble gesta llevada a cabo por este grupo de españoles. Hacer las faenas necesarias para tumbar sobre una banda estos pesados barcos en una playa, de manera que se pudieran calafatear sus tablas de fondo hasta llegar a la quilla, exige pericia y unos medios adecuados.

Es verdad que llevaban a bordo una serie de cuadernales preparados para hacer esta maniobra, pero además de estos aparejos, tuvieron que localizar madera y leña pequeña, para poder fundir la cera y los aceites. Mientras los carpinteros y los calafates trabajaban sin descanso en la obra viva de los dos barcos, el resto de los tripulantes no permanecen ociosos, pues había que conseguir comida. Para ello, varios grupos de hombres se dedicaron a buscarla. Y no les fue del todo mal, ya que cazaron jabalíes, cocodrilos y recolectaron ostras, mariscos y tortugas, y al menos consiguieron estar bien alimentados durante los días en que se vieron obligados a permanecer en esta pequeña isla.

 
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