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May

2021

Jacarandas PDF Imprimir E-mail
VEGETACION

Abc Sevilla / 29/04/2021

Antonio Burgos

No hay nada que me guste más, y sospecho que a algunos lectores también, que un artículo ritual, anual, cíclico, cuando llega el tiempo de una Sevilla lírica que no se nos puede escapar sin su glosa. Como el artículo del cartel de los toros, pero en poético: ustedes me entienden. Son los artículos que dedicar suelo al ciclo vegetal de la primavera de Sevilla. Como hay un tiempo litúrgico, también floral. En el que siempre llevó las de ganar, y no sé por qué, por el tópico quizá, el naranjo en flor y su anticipado olor a Semana Santa; y ese como campeonato de los sevillanos que parecen apostarse algo para afirmar que ellos han visto antes que nadie en su barrio el primer árbol callejero con los abiertos botones blancos y su fragancia, que la hueles y estás por decirle al médico: «Doctor, por la noche huelo a incienso y a cera de una candelería de palio».
Servidor, en sus cortas luces y torpe escritura, a lo largo de los años se ha preocupado de dar prestigio lírico a otros árboles significativos y representativos de nuestra primavera: la buganvilla, el magnolio, el árbol del amor que tan temprano florece. O estas jacarandas, que para mí que tienen cambiadas la color y el tiempo de floración. Sí, por su color morado, como de Cuaresma, pegaba más que florecieran en vísperas de Semana Santa y no ahora, en tiempo pascual. Y, por el contrario, la flor blanca del naranjo era la que pegaba en este tiempo de trajes claros, de colores alegres en los vestidos de las muchachas en flor. No seré yo quien me atreva a comparar el morado de la jacaranda con el de alguna túnica de cofradías, pero doctores tiene la Iglesia de las hermandades de Sevilla que sabrán discernir perfectamente entre El Valle o La Quinta Angustia, como en una prolongada tarde del Jueves Santo.

La noticia gozosa es que, como una sorpresa, igual que cada año, ya están las jacarandas florecidas. Anuncian una ciudad secreta de procesiones de Su Divina Majestad organizadas por las sacramentales de los barrios; de novenas del Rocío con la cohetería que escuchábamos ayer; de preparativos del Corpus, con los palos de las velas ya puestos en la Plaza de San Francisco y en El Salvador; de las otras velas, las de las calles, que pronto extenderán para preservar la solanera y crear lo que ahora llaman microclima. Como el naranjo pide calles estrechas, las jacarandas piden anchas y largas avenidas sobre las que ver, desde lejos, la hermosura de su palio morado, y vuelvo a recomendarles que se extasíen ante su belleza en la avenida de María Luisa contemplada desde el Caballo del Cid hacia el río, un prodigio.

Les falta, ay, el olor. ¿Se imaginan a las jacarandas con su morado como sudamericano, como colonial, trasminando final de la primavera como el naranjo anuncia su llegada con sus blancas flores? Pero nada es perfecto. O visto desde otra orilla del río del tiempo en la ciudad, les sobra quizá el olor. O lo tienen. Las jacarandas, cada año, huelen a la más refinada Sevilla soñada.

 
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