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2021

La plaza inevitable PDF Imprimir E-mail
PLAZA DE LA MAGDALENA

ABC de Sevilla 24/05/2021

Javier Rubio

 

Como la ciudad se va haciendo y deshaciendo de forma permanente, en ese palimpsesto que es la historia del urbanismo donde cada generación escribe –emborrona, en muchos casos– su propia identidad acaba de plasmarse en la Magdalena la idea en torno a los espacios comunes que ha desarrollado Sevilla en los últimos años: escenarios privilegiados para su aprovechamiento por parte de establecimientos de hostelería. Sevilla, siempre tan al borde de la quiebra municipal como ha estado en los últimos quinientos años, ha llevado la concesión administrativa de veladores a un nivel superior: ahora es la propia obra de pavimentación y acondicionamiento la que se deja en manos de quien va a explotar la terraza. Nos ahorramos los costes, pero no los sofocones. Sobre todo, de quienes encuentran en la crítica a cuanto se hace –a tiempo o a destiempo, motivada o infundada, certera o arbitrista, qué más da– la vía para exhibir dotes de abanderado. Lo de menos es la bandera –mejor cuanto más atrabiliaria–, sino ser el primero en enarbolarla, reclamando para sí honor y rentas con que se obsequiaba a los adelantados.
Es probable que no nos pongamos de acuerdo en cuanto a la estética de la plaza de la Magdalena. Para eso están los gustos y cada uno tiene el suyo. Pero lo que está fuera de duda es que los promotores de la obra han respetado escrupulosamente las sombras y las zonas verdes que existían, incluso reservando alcorques para otros árboles donde un día estuvieron las palmeras taladas por las bravas a raíz de que, un día invernal de viento y lluvia, una de ellas matase a un peatón. Está igualmente comprobado que tampoco han hecho alardes con el pavimento, con ese aburrido granito de serie b, y que toda la ordenación está supeditada a habilitar una terraza en la fachada del hotel. Bien, pero qué otra cosa podemos exigirle a quienes arriesgan su dinero con la inversión.

Para cualquier otra plaza de la Magdalena que hubiera sido posible, se habría necesitado que la ciudad asumiera su responsabilidad costeando la intervención y declarando un programa de necesidades que seguramente habría diferido de los legítimos intereses de parte de sus promotores. Al final, lo que nos queda es una plaza inevitable como la propia Sevilla que se va abriendo paso a golpe de la inversión de la iniciativa privada en torno al turismo. La ciudad se hipoteca a sí misma porque no tiene dinero para otra cosa, esa es la realidad.

Volverá a pasar en la Gavidia, ya que la hemos dejado en manos de quien haya de explotar la antigua comisaría. Para ahorrarnos costes a cambio de sofocones, por supuesto. Y volveremos a oír los lamentos de esa competición por ser el primero en dejar escapar melancólicos reproches por lo que pudo haber sido y no fue. Pero sin enseñar el duro, claro.

 
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