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Carlos Pickman, el primer emprendedor moderno de Sevilla PDF Imprimir E-mail
Cartuja

Abc Sevilla / 05/04/2021

Luis Montoto

«El edificio no es más que las reliquias de un antiguo convento de cartujos fundado en el siglo XV, alrededor de cuyos restos se han ido agrupando, según la necesidad lo exigiera, los diversos talleres de fábrica, una especie de grandes barracas construidas con ligereza suma, en donde se distingue la desproporción de sus departamentos y las enormes distancias que los separan, que hacen difícil el trabajo de los operarios».

El arquitecto Demetrio de los Ríos trazó en 1867 esta demoledora definición de la fábrica de cerámica que, quince años antes, había levantado Pickman y Cía. En este escenario discurría el inusitado ajetreo de un millar de trabajadores, desde estibadores para las tareas más pesadas (como el acopio de carbón y de las arcillas para elaborar el «bizcocho» que los hornos convertirían en un material similar a la porcelana); hasta los maestros en las labores de grabado y decoración final de las piezas, que requerían una altísima cualificación y grandes dotes artísticas.
Los últimos hornos de La Cartuja siguen siendo parte del paisaje de la orilla derecha del Guadalquivir. En el interior del recinto, la superposición de estructuras industriales sobre un claustro gótico aún genera la sensación de imagen inverosímil. Sin embargo, fue el fruto de uno de uno de los primeros grandes esfuerzos para crear una gran industria moderna en Sevilla. Pese a su aparente desorden, respondía a un plan racional y concienzudamente ejecutado para arraigar en España las mismas técnicas industriales que habían convertido al condado británico de Staffordshire en el primer fabricante de cerámica del mundo. Y venía de la mano de uno de los mejores conocedor de este producto (la cerámica inglesa) y del potencial mercado (la emergente clase burguesa) que había en España. Fue el proyecto del primer gran emprendedor de la economía sevillana contemporánea.

Carlos Pickman —nacido en Londres en 1808— era hijo de un distribuidor de vajillas que operaba desde Liverpool y contaba con una delegación comercial en Cádiz. Al frente de la misma estaba su hermanastro Guillermo Pickman, que falleció prematuramente en 1821. Esto obligó a Carlos a hacer las maletas e implicarse en la gestión de los negocios gaditanos cuando apenas contaba catorce años. Una década después decidió trasladarse a Sevilla, donde levantó un gran almacén en la antigua calle Gallegos (hoy Sagasta) y se casó con la hija de su fallecido hermanastro (su sobrina María Josefa Pickman). Rondaba la treintena y era ya un experimentado comerciante que había logrado expandir su actividad.


Esta primera madurez empresarial coincide con la defunción de su padre y con la nueva política económica Gobierno de España, que impuso aranceles a la importación de cerámicas (entre otros productos) para favorecer el fomento de la industria nacional. La conjunción de ambos factores llevó al emprendedor inglés a dar el paso de producir su propia loza, para lo cual logró el apoyo financiero del comerciante gibraltareño Juan Pablo Echecopar.

Pickman intentó comprar el monasterio de San Agustín, en las afueras de la ciudad, pero en 1839 logró la cesión del de Santa María de las Cuevas en la Cartuja. Reutilizar un edificio religioso para levantar una industria no era un hecho excepcional en los años de la desamortización. En esa misma época el catalán Narciso Bonaplata había adquirido el convento de San Antonio para reconvertirlo en una fundición.

En las estancias que en su día inmortalizó Zurbarán, Pickman «levantó hornos, colocó tornos, presas, máquinas de vapor, moldes, edificó talleres, al mismo tiempo que se ocupaba de conseguir grandes acopios de materias primas nacionales, productos auxiliares químicos y el papel de paja de arroz del extranjero», como relata Beatriz Maestre en la obra «La Cartuja de Sevilla, fábrica de cerámica», donde reconstruye minuciosamente la vida de la factoría.

Las misivas que Carlos mantuvo con otro de sus hermanastros, Benjamín Harris —que residía en el condado donde se situaba la gran industria cerámica británica— revelan la intensa «transferencia de conocimiento» que hubo entre la rivera del río inglés Trent y la del Guadalquivir. En una de las cartas Harris le facilita los planos y los detalles técnicos de la fábrica de Longton Staffordshire Potteries (que sirvió así como modelo para iniciar la transformación de La Cartuja).

Su hermanastro también fue clave en una de las operaciones que garantizó el éxito de Pickman y Cía: la llegada de un nutrido grupo de familias inglesas que ejercerían como maestras para capacitar a la mano de obra española en los trabajos más especializados. En 1841 desembarcó la primera veintena de operarios ingleses y al año siguiente otros treinta. Pascual Madoz señaló que «el régimen que se observaba en la fábrica era de tipo inglés con capataces a jornal español, cuyas plazas ocupaban aquellos que hubieran sobresalido con los maestros ingleses; los viernes se tomaba en cuenta lo hecho y entregado y el sábado por la tarde se pagaba a todos infaliblemente a toque de campana».

Imagen del catálogo
Imagen del catálogo
En las celdas se hicieron viviendas para los directivos y se construyeron nuevas casas para los obreros cualificados. Pickman se instaló en la habitación del prior, desde donde controló la consolidación de la factoría, ejerciendo un liderazgo paternalista sobre los obreros. Frente al rigor de la atmósfera fabril, en las huertas del entorno levantó un templete gótico y construyó un jardín moderno y una galería llamada «el recreo».

Quizá —como opinaba Demetrio de los Ríos— el emplazamiento no era el más adecuado, pero lo esencial era que Pickman conocía bien las necesidades del mercado y acertó con un catálogo que tuvo un éxito inmediato. Las fábricas que habían existido en España hasta entonces elaboraban un producto de lujo para familias aristocráticas. «Faltaba una producción que diera satisfacción al segmento intermedio de la burguesía emergente», recuerda el historiador del arte Alfonso Pleguezuelo en la exposición permanente de Pickman en el Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla.

«El mundo de la vajilla necesitaba una renovación porque los burgueses introducían nuevos hábitos de cocina y alimentación, organizaban comidas en los que el número de comensales aumentaba y buscaban platos que mantuvieran la temperatura de los alimentos y resistieran el calor de los fogones», y todo ello con un diseño atractivo y a un precio más asequible. En la arquitectura, a su vez, resurge el uso del azulejo lleno de cromatismo. Pickman detectó todas estas inquietudes para forjar al líder del sector en España. Y ello requirió contar con maestros que mantuvieran conexiones con el resto de Europa «y estuvieran activos en la búsqueda de nuevas tendencias, capaces de evolucionar desde la estampación inglesa clásica hacia fuentes de inspiración francesa y persa, hasta el modernismo y la recuperación de la tradición local».

Isabel II o Alfonso XII visitaron unas instalaciones que recibieron numerosos premios internacionales; y Amadeo de Saboya instituyó el marquesado de Pickman, lo que llevó al empresario a situar su residencia en una casa palacio de la calle Madrid. Pero la mayor prueba de su éxito quedó reflejada en el patrimonio que generó la familia. Cuando fallece el emprendedor inglés en 1881, deja como herencia papel de deuda pública y acciones del Banco de España, además de títulos de compañías como la naviera Ybarra, el ferrocarril Sevilla-Córdoba, la sociedad Azucarera o el Porvenir Agrícola, que en conjunto excedían el valor de la propia fábrica de La Cartuja.

El relevo
Tras la desaparición del patriarca asumió las riendas su hijo Ricardo, el primero de seis hermanos (dos hombres y cuatro mujeres). Se había casado con una de las empleadas de La Cartuja, con quien tuvo una hija a la que llamaron precisamente María de las Cuevas, pero falleció diez años después que el fundador y su yerno Rafael de León y Primo de Rivera no estaba llamado a sucederle (de hecho, falleció en un suceso que conmocionó a la ciudad, tras ser abatido en un duelo a muerte con un general de la Guardia Civil).

Fueron los esposos de las hijas del fundador los que asumieron las riendas, especialmente José María Piñar y Zayas y Carlos Serra (que también involucraron en la gestión a las siguientes generaciones). Y en el seno de la factoría se habían creado verdaderas sagas familiares de cartujanos que se transmitían las enseñanzas del oficio.


La Cartuja aún afrontaba décadas de enorme éxito. El historiador Carlos Arenas señala que, con altibajos, el negocio marchó bien hasta 1925. Había un régimen proteccionista que si bien protegió a Pickman de la competencia extranjera, alentó el crecimiento de otras compañías (una de ellas en San Juan de Aznalfarache, también en manos inglesas).

Aunque nunca dejó de hacer continuas remodelaciones internas para buscar procesos más eficientes, a partir de 1926 decae el régimen arancelario, hay sobreoferta y el sector no es capaz de autoregularse. Fue entonces cuando se incorporó como director general al alemán Max Porrman, con el reto de modernizar la producción y readaptarse a un mercado en crisis. El directivo germano planteó la necesidad de levantar una nueva fábrica, como ya habían hecho otras empresas europeas como Villeroy&Boch. A corto plazo, la fórmula para combatir la caída de beneficios era reducir las jornadas laborales, un proceso que generó tensiones laborales y que Porrman no supo gestionar.

Llegaban años convulsos para la historia de España y La Cartuja se mantuvo en su emplazamiento. A partir de los cincuenta inicia su modernización, con la instalación de hornos túnel y la mecanización del transporte de insumos y mercancías. Pero la ciudad crecía y la ubicación de la actividad fabril en ese enclave empezaba a ser inviable. En los setenta, una vez que el Gobierno obligó al traslado de la factoría para liberar el monasterio, Ruiz Mateos inicia una negociación con un grupo de accionistas que concluye con la toma de control de la empresa, que fue al fin expropiada con el resto de Rumasa.

Desde entonces Pickman ha pasado por numerosas manos y sucesivas crisis, aunque la potencia de la marca creada en 1841 por el comerciante inglés sigue siendo su principal activo.

 
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