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Mie

05

Sep

2012

EL DIA QUE LOS DIOSES SE HARTEN DE SEVILLA... PDF Imprimir E-mail
Parques y Jardines

 

El paseo por este tesorillo urbano y reclamo turístico es descorazonador para cualquiera que dé por sentado que un parque es un sitio donde es poco probable que se lo coma a uno un caimán. Una cosa es ser decimonónico y otra muy distinta fantasear con la idea de que se lo traguen a uno las arenas movedizas, algo absolutamente alejado de las golondrinas becquerianas, las farolas fernandinas, los carruajes de punto y toda esa parafernalia identificativa. Por suerte, hay un magnífico ejemplar de árbol de las lianas adonde van a retratarse los forasteros, creyendo tal vez que sus raíces aéreas son criaturitas de El Bosco medio engullidas por un ficus gigantesco del que cuelgan sus piernecillas y sus muñones monstruosos. En Sevilla, y más por esa zona, cualquier alusión al arte se admite como posibilidad real.

El árbol de las lianas tiene una de sus raíces como una cola de dinosaurio. Saltando sobre ella se llega a un laberintillo de caminitos y glorietitas con fuente y charquito donde se mezclan el color vivo del ladrillo, el reflejo del sol sobre el barro y el éxtasis de una avispa clavada en el aire. Los franceses se solazan escupiendo moscas y abanicándoses con sus panamás, pero los paisanos de por aquí se quedan mirando las azoteíllas, esas que siempre aparecen al lado de un monumentazo sevillano, con sus persianas verdes de cuerda, su esparraguera, su escalerilla de forja y su veleta, y diciendo: ¡Anda que un cervezón ahí arriba, de noche en la hamaca...!

 
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