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2013

BECQUER Y UNA PROCESION FUNEBRE PDF Imprimir E-mail

EL MUNDO / 10/4/2013

EVA DIAZ PEREZ

Era jueves y en Sevilla llovía torrencialmente. Tanto que hubo que suspender el cortejo fúnebre que devolvía los restos de Gustavo y su hermano Valeriano a su ciudad natal. Una bruma de poema germánico, de puro cuento de terror gótico quedó suspendida en Sevilla. Parecía que Bécquer estuviera escribiendo la leyenda romántica y lúgubre de su propio entierro.

Se cumple un siglo del regreso a Sevilla de Gustavo Adolfo Bécquer, y de su hermano el pintor Valeriano. Una historia que culmina en 1913, pero que tiene episodios curiosos y tristes, sombrías historias que recuerdan el maltrato de la ciudad con sus mejores hijos.

 

Ahora un silencio de ultratumba rodea la tumba de Bécquer en el Panteón de los Sevillanos Ilustres. Todo es ya indiferencia y olvido, como escribió Luis Cernuda en Ocnos a través de las vivencias de Albanio, su trasunto, cuando contempla las risas de los jóvenes estudiantes en el patio de la antigua Universidad mientras debajo, en la cripta de la Iglesia del Valle, reposan los restos del poeta romántico.

Pero antes de que Bécquer y su hermano llegaran a este Panteón de Ilustres, acompañados por los espectros de Alberto Lista o Arias Montano, hay una larga historia de obstáculos y de iluminaciones, de amores y desafectos por el poeta.

Casi en el mismo momento de la muerte del poeta en 1870 existe la intención, aunque en círculos literarios muy restringidos, de que Bécquer retorne a Sevilla. Sin embargo, no fragua un proyecto firme hasta 1884 cuando la Sociedad Económica de Amigos del País impulsa la iniciativa del regreso y que dirige el historiador José Gestoso. Pero la Universidad de Sevilla, que tenía que respaldar la iniciativa ya que los restos reposarían en la cripta de la capilla universitaria, lo rechazó. El nombre del hombre que impidió que Bécquer regresara con honores a su tierra tiene un nombre para la posteridad: era el rector Fernando Santos de Castro.

Tuvieron que pasar varios años para que el proyecto volviera a reanudarse. Eso sí, los hermanos Álvarez Quintero impulsaron otro rendido homenaje, el de la creación de un monumento en recuerdo del poeta que es el que ahora se puede ver en el Parque de María Luisa y que es obra del escultor Lorenzo Coullaut Valera.

Finalmente, en abril de 1913 llega el gran día de los honores. José Gestoso escribiría al ver cumplida la misión de que los Bécquer reposaran junto a otros grandes dignos personajes: «(...) Los graves y sapientísimos doctores del claustro, cuantos en fin manifiesta o encubiertamente se opusieron a que se tributase tal honra al ‘pobre coplero’, ¿qué dirían al ver sus restos en unión de los inmortales varones que allí reposan».

La profesora Marta Palenque hace un detallado estudio sobre la ceremonia de traslado de los restos en el libro La construcción del mito Bécquer. El poeta en su ciudad, Sevilla, 1871-1936 (Ayuntamiento de Sevilla). El 9 de abril de 1913 a las tres de la tarde se exhumaron los cuerpos en la Sacramental de San Lorenzo en Madrid, concretamente en el nicho número 470.

En el acto estuvieron presentes personajes como Francisco Rodríguez Marín, que entonces era director de la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla, y Tomás Bretón, los hermanos Álvarez Quintero, Muñoz San Román, José Villegas o José María Izquierdo, entre otros. Parece que, según las crónicas de la prensa, no hubo ninguna representación oficial.

La comitiva se dirigió a la estación de Atocha en una carroza con tiro de cuatro caballos. Los cofres fueron colocados en un vagón tapizado de negro. El tren partió de Madrid a las cinco de la tarde.

Es estremecedor y fascinante imaginar ese último viaje en tren de Gustavo Adolfo Bécquer, el regreso en un vagón fúnebre recorriendo España camino del Sur perdido, él que había escrito tantas impresiones literarias de sus viajes en ferrocarril.

El tren llegó a Sevilla el 10 de abril en el tren de la mañana de las siete cuarenta. Los restos fueron colocados en una capilla ardiente improvisada en la estación. Había un altar con dosel de terciopelo negro. «De los restos de Gustavo Adolfo estaban completos el cráneo, las mandíbulas y la dentadura. Se veían agrupados los huesos del esqueleto y las botas que llevó el cadáver a la fosa se conservaban en buen estado», narraba en 1915 Juan López Núñez en Bécquer: Biografía anecdótica.

Debido a la intensa lluvia, se suspendió el cortejo fúnebre. Según relata la profesora Marta Palenque, «la comisión se reunió en el Hotel de París para decidir los cambios y retrasó los actos para el día siguiente. Puesto que los restos no podían permanecer en la estación, se mudaron a la iglesia de San Vicente».

Ya el 11 de abril, sobre las dos de la tarde, se organizó una velada en el Salón Murillo del Museo de Pinturas. Después partió la procesión cívica con las cajas funerarias camino de la Universidad Literaria.

Esa misma tarde se decidió construir un monumento en el panteón que sería costeado por el marqués de Casa Dalp. En el memorial aparece un Ángel de los Recuerdos que lleva un ejemplar en las Rimas y el símbolo del arte de la pintura.

El lugar es estremecedor, oscuro, sobrio y sombrío. Un escenario digno e ilustre, pero muy diferente del que el poeta soñó como última morada. En la carta tercera de Desde mi celda, confesó su sueño de que la ciudad que lo vio nacer se enorgulleciera con su nombre y que a su muerte lo enterrasen en un lugar que frecuentaba a la orilla del Guadalquivir en el camino del monasterio de San Jerónimo. «Una piedra blanca con una cruz y mi nombre serían todo el monumento».

 
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