DIARIO DE SEVILLA/ 8/2/2014
CARLOS MÁRMOL
La historia, a veces, se escribe gracias a los fantasmas. Este año Sevilla conmemorará el 85 aniversario de la Exposición Iberoamericana, la muestra que permitió convertir en un decorado de ladrillo y cerámica la utopía soñada por el idealismo sevillano, que intentando trascender el tópico folclórico terminó constituyéndose en otro lugar común, acaso el definitivo. Desde entonces la ciudad oficial -la real es más compleja- no ha tenido otra retórica sobre sí misma. Es su catecismo. Recordar el certamen iberoamericano puede hacerse de forma epidérmica o profunda. Con valor o con ceguera. El Ayuntamiento prepara una exposición con la que pretende evocar el certamen, celebrar la inauguración del Casino y conmemorar el centenario del Parque de María Luisa. Va a contarnos lo que ya sabemos todos: que la Exposición transformó la ciudad y nos dejó una herencia monumental cuyo símbolo es la Plaza de España. No es que no sea cierto, pero dicho así el relato nos parece incompleto. ¿De verdad sucedieron las cosas de esta manera?
El regionalismo es el origen del narcisismo costumbrista. Sevilla vista como la elegancia y el donaire Más que transformar la Sevilla de entonces, un poblachón embarrado y miserable, lleno de fiebre, tragedias y hacinamiento, la Expo del 29 se inventó una ciudad onírica para no tener que asumir la real. No hemos dejado de hacer esto mismo desde entonces. La Sevilla del regionalismo es el origen del narcisismo. La ciudad contemplada como residencia de la elegancia, la gracia y, por decirlo a la añeja manera de los costumbristas, el donaire. Nuestro ensanche urbano hacia el Sur fue decisión de unas élites que aspiraban a plasmar con más prosopopeya que realismo su concepción sobre ellas mismas. Al contrario de lo que se cree, no es el espejo de Sevilla, sino su reverso. Junto a su magnificencia existía otro mundo que aún percibimos y, en cierto sentido, sufrimos: la Sevilla real. No es tan hermosa como la urbe iberoamericana: una sociedad polarizada, con propietarios en vez de empresarios y escasos profesionales liberales, atrapada por un analfabetismo terrible (el 30% del censo) y sin clases ilustradas. La Sevilla del clientelismo, que todavía padecemos, donde los caciques patrióticos regían el universo. Una urbe premoderna, sin tejido civil; en la que el adagio de los hombres de honor era santo y seña. «A los enemigos, la ley; a los amigos, el favor». O como escribió Jesús Pabón: «El favor, como magia, rigiendo la vida entera de la ciudad».
Debemos aprovechar este 85 aniversario para aprender de los errores y construir una ciudad mejor No hemos cambiado. Seguimos confundiendo lo público y lo privado. El patronazgo, la amistad y la familia se mezclan con promiscuidad tribal. Las clases medias emulan a la aristocracia y los políticos se reparten el mando igual que en la Restauración. La meritocracia es nuestra flor imposible. Han cambiado los nombres, por supuesto. Pero el fondo del estanque está quieto. Entonces había revueltas por el precio del pan, ahora maldecimos el recibo de la luz. Los prohombres del 29 prometieron convertir Sevilla en una Niza meridional gracias al excelente sol del invierno. Zoido usa este mismo argumento para vendernos su vacío. El certamen iberoamericano fue una demanda impulsada por el comercio local, pero los industriales sevillanos jamás arriesgaron su propio dinero para sacar adelante la iniciativa. Cuando el Estado y el Ayuntamiento tuvieron que asumir los costes de organización porque nadie pagaba la factura se rebelaron contra la muestra porque -decían- ya no respondía a sus expectativas. Igual que ahora, confundían el interés colectivo con el propio.
La Plaza de España es el canto de la ciudad a sí misma. Sevilla, atrapada en su bucle secular e incapaz de asumir su atraso, lo niega mediante la sublimación de la arquitectura histórica. Es cosa sabida: los individuos con complejo de inferioridad tienen aires de grandeza. Lo mismo pasa con las ciudades. En Roma los arcos triunfales eran más altos mientras el imperio se hundía. La Sevilla de los años 20, en vez de regenerar su tejido social, creó una ciudad sin pobres, con chalets, campo de polo e hipódromo. No quería incorporarse a los tiempos, sino detener el calendario. El modernismo aquí fue efímero. Las fuerzas vivas impusieron el rigorismo regionalista, su particular relectura de la historia. Aníbal González se plegó al dogma para ganar el concurso de la exposición frente a Fermín del Álamo, un modernista riojano. No le sirvió de mucho: fue destituido al terminar su obra maestra. La Plaza de España es el símbolo mayúsculo de esta ciudad que persigue la eternidad dándole la espalda a la modernidad europea. El icono de una urbe petrificada bajo azahar, albero, pascua y naranjos. La complacencia frente a las estadísticas. «Me celebro y me canto a mí mismo./Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti», escribió Walt Whitman. No perpetuemos el ritual. En vez de recrearnos con los fantasmas del 29 deberíamos aprovechar su 85 cumpleaños para aprender de sus errores, abrir los ojos y hacer una ciudad mejor. Es la única oportunidad que nos queda para cambiar nuestro negrísimo presente. Conformarnos con la estampa de siempre es condenarnos a la nostalgia de los decadentes. |