ABC SEVILLA / 21/8/2014
FRANCISCO ROBLES
Algo que se repite dos veces ya es tradición en Sevilla. Esa novelería nos salva de nuestro gusto inveterado por lo tradicional. Y ahí seguimos, en ese círculo vicioso y virtuoso que Mircea Elíade llamaría el eterno retorno. Dos terremotos en tres años mal contados han provocado sendos temblores en Sevilla Y los dos han venido del mismo pueblo: Montellano. Esta semana tembló la tierra que sostiene los cimientos de la Giralda, pero no pasó nada En mayo de 2011 también temblaron los cimientos del Ayuntamiento que tiene su sede en la Casa Grande, vulgo la Granja de San Francisco. En los dos casos el temblor nació en el mismo pueblo. Porque Zoido también vino al mundo en Monte-llano. El seguro azar, que diría Pedro Salinas.
En 2011 los sevillanos saltaron en tropel para que la tierra temblara y derribara los chiringui-tos que habían montado los integrantes del pacto de progreso que nos dieron con queso. A Al-fredito Buena Gente depuesto, Jua-ninasio puesto. Aplausos en el Corpus. Temblor de afectos. Abrazos y palmadas en la espalda, el lugar elegido para clavar los puñales al sevillano modo. Tembló la política. Pero la ciudad siguió igual. Esperando el terremoto que la saque del marasmo en que vive.
Zoido fue ese terremoto electoral que batió el récord en la escala D'Hont Veinte concejales de una tacada para desmontar el tópico progre. Sevilla no era socialista. Sevilla no era 'nuestra' como pregonaban los aparatistas del partido que la sumió en la corrupción y el abandono. Un servidor escribió, modestamente, un artículo con los resultados aún calientes. Más calientes que el queso de un sanjacobo. Y lo tituló de forma tajante: Sevilla no es de nadie. Algo que deberían saber los que quieren conquistarla por las armas, por las urnas o por la ojana. De vez en cuando se rebela y provoca un terremoto que se lleva por delante al más pintado...y al más trincado. Pero luego vuelve a su estado natural, a ese amanglamiento que le permite dormir la siesta mientra el río del paro se desborda y la parálisis económica amenaza los cimientos de su estabilidad como ciudad.
Han pasado tres años de todo aquello. Y sigue haciendo falta un terremoto que venga de Montellano o de Lisboa. Un terremoto que derribe la factoría donde se engrasa la maquinaria de la Junta de Andalucía. Un terremoto que cambie los usos horarios del peculiar huso horario hispalense: más trabajar por la mañana y menos cócteles por las tardes. Un terremoto que remueva esas conciencias ancladas en la picaresca cervantina, y que permite votar a los corruptos porque eso va en nuestros genes. Un terremoto que drague el río y aleja los lodos del mangoneo. Un terremoto que derribe todo ese entramado de empresas públicas y redes clientelares que nos está chupando la sangre y el parné. Un terremoto moral que nos permita vislumbrar el futuro con algo de esperanza.
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