CORREO DE ANDALUCIA / 1/8/2017
N.G. GROSSO
De huerta árabe a uno de los ejemplos de arquitectura manierista más destacados a nivel nacional. Es la historia del Cenador del León que desde hace dos meses se encuentra en restauración.
Los trabajos, que realiza en el inmueble un grupo multidisciplinar de expertos dirigidos por la arquitecta Dolores Robador, han dado como resultado varios descubrimientos. En su origen, este pequeño palacio, que se había visto gravemente afectado por la erosión del agua, estuvo dedicado al amor y se encontraba completamente decorado con pinturas al fresco con jaspes de colores vivos, ninfas, diosas y angelotes. Una iconografía que, presumiblemente por su degradación, fue nuevamente cubierta en el siglo XVIII cuando se sustituyó por trampantojos arquitectónicos. Años más tarde, todo el edificio fue cubierto con pintura blanca que con el tiempo igualmente se fue perdiendo llegando al estado que presentaba previamente a su intervención.
Estas afirmaciones derivan de dos hallazgos producidos al tiempo. Por un lado, Robador y su equipo han encontrado en los archivos del Alcázar la memoria, fechada en enero de 1646, de los trabajos realizados por Juan de Medina, encargado de la decoración del edificio. En ella el artista, que realizó sus labores entre 1644 y 1646, explica cómo el palacete presentaba 14 varas de jaspes y enjutos en la media naranja exterior; en la fachada frente al estanque los laterales estaban pintados al óleo; en las cornisas la decoración se componía de jaspes de colores con jarrones de flores y pájaros. Ya en el interior, detalla Robador, la cúpula estaba rodeada de hojas de laurel rematada con un florón; debajo de los arcos se encontraban tres diosas; y en las pechinas estofados rematados por cabezas de muchachos, «que podrían ser cupidos». Una iconografía que, en opinión de los expertos, vendría a confirmar la teoría de que este cenador estaba originalmente dedicado al amor al igual que el de «Ochauado», ahora desaparecido, habría estado dedicado al universo.
El documento encontrado en las labores previas a la intervención, se ha visto recientemente respaldado por los hallazgos frutos de las catas realizadas en el inmueble. En concreto, la pasada semana, el equipo que interviene en el edificio encontró muestras de las pinturas originales, es decir, de aquellas a las que hace referencia la memoria de Juan de Medina. Así, tras el hallazgo, los especialistas fijan dos etapas pictóricas, la original del siglo XVII y una posterior del XVIII, que se podría haber realizado debido al mal estado de conservación de las pinturas originales y que imitaba con un trampantojo diferentes plementos y nervios propias de una cúpula.
Gracias a esto, Robador llega a dos conclusiones. Por un lado, queda demostrado que el cenador estuvo ricamente decorado con motivos alegóricos vinculados al amor. «La belleza y el colorido del palacete debían ser impresionantes. Los tonos azules de los jaspes exteriores debían fundirse con el color del agua», explica. Además, contrariamente a lo que se pensaba, la pintura al fresco en los siglos XVI y XVII sí estuvo presente en Sevilla y este ejemplo de la arquitectura manierista es una muestra de ello debido a que el edificio al completo se encontraba decorado a base de esta técnica.
La intención del equipo encargado de la restauración es mantener el «espíritu» original del inmueble «para que desde lejos pueda percibirse el colorido». «Nuestra intención es conservar y a la vez conocer la historia del espacio», detalla Robador, quien apunta que se buscarán las fórmulas para que, una vez finalizados los trabajos, el visitante pueda conocer la evolución de este pequeño palacio.
DE HUERTA A JARDÍN
Los orígenes de los terrenos de lo que ahora conocemos como el Real Alcázar, uno de los monumentos más visitados de la ciudad, se encuentran en la época islámica cuando se ampliaron con la incorporación de la Mary al-Fidda –Pradera de la Plata– que se destinó a la producción agrícola y como espacio de recreo. Para garantizar el riego de estas parcelas, en el siglo XII los almohades crearon al menos tres grandes albercas, alimentadas por los Caños de Carmona y norias. Con el tiempo, estas huertas y albercas se fueron transformando en los jardines y estanques que han llegado hasta nuestros días mediante el cambio de la vegetación y con la incorporación de complementos escultóricos y arquitectónicos.
Durante los treinta y ocho años del primer tercio del siglo XVII, 1607-1645, en que ocupó la alcaidía del Alcázar el Conde Duque de Olivares, el monumento vivió una de sus etapas más brillantes. Fue entonces cuando se creó el Jardín Nuevo o del León. Un espacio que se desgajó de la Huerta de la Alcoba en el año 1638 y que proyectó el maestro mayor Juan Bernardo de Velasco. En este nuevo jardín se crearon dos cenadores: el del León y el «Ochauado», hoy desaparecido.
Este primero es el conjunto que está siendo sometido a una restauración integral estos días. Unas labores que buscan restituir el esplendor no solo de la arquitectura sino también de la antigua alberca, el sistema de riego y de los jardines. El agua, elemento que dio sentido y vida al cenador ha sido, sin embargo, el que lo ha condenado a esta intervención.
Los trabajos, que tienen doce meses de duración y un presupuesto de 380.928 euros, se completarán con la recuperación de las solerías, los bancos, la fuente interior, la escultura del león, el sistema de riego y los jardines aledaños que permitirán devolver a esta zona del Alcázar una apariencia fiel a la que pudo tener en el XVII.
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