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Mie

10

Nov

2010

EL ABANDONO DE LOS JARDINES DE SAN TELMO PDF Imprimir E-mail

El tiempo y la configuración urbana actual hacen olvidar la verdadera magnitud de los jardines del palacio de San Telmo. Pero una parte de los mismos en nada se parece hoy a lo que reflejaban los grabados románticos

Tras la generosa decisión de la Infanta, los jardines se fragmentaron. La parte más pequeña quedó dentro de los muros del palacio de San Telmo y todo lo demás sirvió, en palabras del historiador Alberto Villar Movellán, para «llevar a cabo la operación más bella, rápida, efectiva y duradera del urbanismo sevillano de los treinta primeros años del siglo XX». Los jardines de San Telmo fueron el marco vegetal idóneo de la Exposición del 29. Sevilla ganó el parque de María Luisa, obra del ingeniero paisajista francés Forestier, que tuvo el acierto de conservar bastantes elementos de los jardines del palacio.
Pero entre el palacio de los Montpensier y el parque de María Luisa queda otra zona, muy alterada, de los jardines de San Telmo, que es la que hoy nos ocupa, bastante mayor que la que encierra el edificio en la actualidad. Acondicionada en 1927, allí se asientan algunos de los mejores pabellones de la Exposición Iberoamericana, como el del Perú, Chile, Uruguay o el de Estados Unidos, que tuvo aquí un anexo que ya no existe: la sala de proyección donde los sevillanos conocieron el cine sonoro, convertida posteriormente en el teatro Juan de la Cueva. En su solar se halla ahora la biblioteca Infanta Elena. El edificio más representativo, el pabellón de Sevilla, compuesto por el Casino y el Teatro de la Exposición, ahora Lope de Vega, lo erigió Vicente Traver como principal referente de la glorieta de San Diego, también obra suya, en el terreno que ocupaba el convento de ese nombre.
Para bochorno nuestro, los jardines de San Telmo aparecen en todas las guías y planos turísticos de Sevilla. La ubicación, ya se sabe, es privilegiada, entre el río y la antigua Fábrica de Tabacos, hoy Universidad, colindando con el parque de María Luisa, muy cerca del Prado de San Sebastián y a un paso de la Puerta de Jerez y del hotel Alfonso XIII.
¿Y qué le puede sorprender al turista que visita estos jardines atraído por su fama?
La fama le viene de lejos: de los incontables viajeros del siglo XIX que por allí pasaron y describieron su grandeza: la huerta conventual y la de Isabela o la pintoresca fábrica de curtidos que el inglés Nathan Wetherel instaló en el convento con su colección de piezas arqueológicas. Y después de 1849, las tierras ya incorporadas a los jardines de palacio por el duque de Montpensier, su verdadero artífice, para lo cual trajo expresamente de Francia a su paisano el jardinero Lecolant. Y entre la arboleda inmensa, la de aquí y la exótica, el duque se ocupó de que no faltaran pavos reales, fuentes cantarinas, estanques, kioscos y esculturas.
Teniendo en cuenta que la avenida de La Rábida es parada tradicional de los autobuses que vienen de fuera, no es de extrañar que el turista curioso se acerque a la verja del jardín y lo primero que vea sean los restos de una alberca maloliente convertida en vertedero de basura a los pies del muro cuarteado y desconchado que sostiene esa verja. Si alza la cabeza y mira al frente en busca de las idílicas descripciones que le cuentan los viajeros románticos o las guías de colorines, el panorama no le será mucho más grato. Y el viajero empezará a dudar al ver unas chabolas muy descuidadas y garabateadas con las persianas hechas polvo. Nuestro forastero, ante la inesperada visión tercermundista, preguntará a alguien qué significan esas covachas desvencijadas en los jardines que fueron de los duques de Montpensier.
—¿Es un asentamiento chabolista, quizás una instalación de arte contemporáneo? Veo muchos graffitis.
Lo más probable es que le expliquen que allí, hasta hace poco, profesores de la Hispalense daban clase de Derecho a los estudiantes universitarios. Pero lo natural es que el turista siga dudando y decida explorar la zona. Buscará la entrada principal de las chabolas, que son cuatro, y no dará crédito a sus ojos cuando vea que, efectivamente, hay una placa metálica con el nombre de Facultad de Derecho, toda pintarrajeada. Y como la duda no se le va, lo normal es que siga adelante y compruebe que aquello ya no es universidad sino las dependencias mismas del Festival de cine europeo de Sevilla. ¿Es posible? Lo leerá a duras penas porque el cartelito ha ido menguando de pura vergüenza, entre un viejo aparato de aire acondicionado grasiento que es una inmundicia y otro letrero delante que dice: «Acceso restringido a profesores, alumnos y personal de la universidad». A partir de aquí todo es posible. Habrá visto los escalones de madera astillados, ventanas con cristales rotos y diversas roturas en la solería del pasillo y del patio izquierdo, porque él desconoce que aquí las talas son severas y por temor a que el árbol crezca es costumbre ajustar el pavimento hasta el mismo tronco, que finalmente acaba imponiéndose y reventando el cemento que lo asfixia.
El turista, educado y precavido, desistirá perdiéndose toda la incuria que las caracolas encierran. Caracolas... ¿por qué le llamarán así con lo bonitas y sonoras que son las caracolas marinas? Quizás porque en Sevilla se aclimatan bien en las zonas verdes. Hay muchas más en la Isla de la Cartuja. Las de San Telmo eran provisionales pero nuestros ediles no cayeron en la cuenta (o a lo mejor sí) de lo muy fértil que son estas tierras abonadas durante tanto tiempo por los franciscanos de San Diego, por los jardineros del duque y por los fertilizantes de los sacos de la Feria de Muestras. Y claro, las caracolas han tenido tiempo más que suficiente para echar unas raíces muy hondas y bien afianzadas y ya forman parte indisoluble del paisaje. Eso tampoco lo sabe el forastero, que ni se imagina que en una de ellas están los de medio ambiente. Es natural. Las caracolas ya estaban aquí hace 20 años, y con seguridad desde 1992 (pueden verlas más nuevecitas en el libro «Sevilla forma urbis», publicado entonces), y seguirán allí pese a la prohibición del vigente plan general de ordenación urbana, que es papel bien regado, porque en Sevilla, ciudad sin ley, hay bofetadas por coger una.
¿Y por qué hay bofetadas? Porque a nadie le disgusta trabajar en un parque ducal con aparcamiento gratis y a un paso del centro y del parque.
Un jardín-cochera
Mientras pasea por los aledaños del pabellón de Chile o el Casino en busca del zapote que plantó Don Antonio de Orleans y que seguramente habrá visto en una de las fotos del vizconde de Vigier, el visitante se pregunta: ¿Por qué en este jardín hay más coches que árboles? ¿Por qué en vez de guardas hay guardacoches? ¿Por qué los coches no dejan ver el aparcamiento? ¿Por qué están las barandillas del Casino mutiladas y torcidas? ¿Por qué hay tantas pintadas? ¿Qué hace un festival de cine europeo en una chabola?
Y en ese momento de reflexión máxima, de tantas preguntas torpedeando su mente sin respuesta, el atónito viajero observa que ha perdido la tarde de una forma lamentable, de la tres que tiene libre —porque Sevilla es lugar de paso—, viendo incuria, chabolas, basura, sorbiendo tubos de escape. Y le entra una tristeza y una frustración tremendas. Su padre, inglés como él, le había hablado de una glorieta íntima y acogedora, rodeada de columnas y elegantes esculturas de corte romántico. Y una fuente viva en el centro. El padre siempre recuerda el sonido del agua, el olor a azahar y la fragancia de la dama de noche. Pero es la hora de la función, los jardines de San Telmo están saturados de coches con los conductores dentro, inmovilizados. No hay sitio. El forastero, contagiado de estrés, busca desesperadamente ese rinconcito apacible y agudiza el oído pero no oye el agua ni ve las estatuas que rematan las columnas ni la fuente que el padre tantas veces añoraba: sólo oye el ruido atronador de una discoteca.
El turista encuentra por fin la glorieta entre la discoteca y la trasera del pabellón del Perú. Pero es el único sitio que queda libre para que los conductores lleguen a tiempo a la obra de teatro. Alguien abre la cadena de entrada de la que penden cuatro polvorientas bolsas de plástico y, en un segundo, el turista queda apresado entre un montón de coches. De todas formas no se pierde nada: ha anochecido, faltan figuras en las columnas ya torcidas, y la más tímida se oculta en la copa de un árbol. La fuente está destrozada y seca.
En los últimos años, esta glorieta, que es espacio público, ha sido un tema tabú. Intocable. No se sabe por qué, un día apareció cercada y unida a la discoteca contigua con materiales de desecho que eran más propios de una covacha de las afueras. Varios años de apropiación. ¿O se la prestó el Ayuntamiento? ¿O tuvo algo que ver, por aquel entonces, el consulado del Perú? Nada sabemos. Pero es verdad que las denuncias que llegaban a las otras caracolas de la Cartuja no servían de nada. Por fin, desde este verano, tras muchas protestas, la glorieta ha sido liberada, y ya ven lo que de ella resta y para qué se usa. Queda el consuelo del anunciado plan «Proteja» en su primera fase (300.000 euros) que, según el Ayuntamiento, servirá, sobre todo, para que el entorno del Casino quede libre de coches. Y con la segunda fase dicen que no quedará una sola plaza de garaje en los demás pabellones, y Sevilla habrá ganado otro jardín.
El turista se va a su país no muy satisfecho y con una versión muy diferente de lo que había leído. No ha podido ver las setas pero al menos conoce los jardines de San Telmo. Antes de coger el avión, muy de mañana, aún le queda el tiempo justo para visitar los jardines de palacio por si encuentra el zapote del daguerrotipo amarillento, y podía haberlo visto si no fuera porque otro nativo, buen conocedor de la cultura sevillana, le ha recomendado que no se pierda allí el mejor y más moderno aparcamiento que se haya construido jamás en un jardín histórico, donde antes había árboles y junto a otro aparcamiento situado en la avenida de Roma, en la entrada principal del palacio de San Telmo. El forastero no comprende la necesidad de mutilar un jardín «protegido» habiendo otro al lado. No lo ha visto en ningún lugar del mundo, pero su última pregunta tiene que ver con el glorioso pasado romano de la ciudad.
—¿Esta avenida tiene alguna relación histórica con Roma?
—Pues sí. Era una vía principal de la zona portuaria de Hispalis, la que iba a Cádiz, y se ha excavado no hace mucho. Aquí ha aparecido la calzada romana mejor conservada de Sevilla, varios almacenes del puerto, casas porticadas bajo la acera del hotel y hermosos mosaicos, gran variedad de cerámica y unos hornos que lo arqueólogos tienen en gran estima, como los de la Puerta de Jerez. Es un sitio de categoría, y ya que estaba excavado han aprovechado el hueco para un aparcamiento.
 
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