Diario de Sevilla / 29/06/2019
José Aguilar
Cerraron las salas de Plaza de Armas. Y entoné aquí mis coplas manriqueñas a la muerte de los cines, tras haber visto desaparecer tantos (en lo que a los históricos se refiere, todos menos el Cervantes). Ahora la empresa sevillana Odeón abre las salas, renovadas y con equipamientos que pocas tienen en España. Y entono el aleluya. Porque creo que el cine es más que películas. La primera definición de cine según la Real Academia es "local o sala donde como espectáculo se exhiben las películas cinematográficas" y la segunda es "técnica, arte e industria de la cinematografía". En ambos casos la palabra cine excede a las películas, refiriéndose en la primera acepción al local en que se proyectan y en la segunda a los medios y conocimientos necesarios para rodarlas, la inspiración que les da valor y la producción, distribución y exhibición que las crean y explotan.
En los nuevos dispositivos no sólo se ven películas o series hechas para ellos, también las rodadas para proyectarse en cines. Verlas en estos dispositivos es una pobre experiencia sustitutiva: no fueron hechas para verse así. Estamos en un entorno -desde la imagen digital a los nuevos sistemas para la difusión y visión de imágenes- que permite hablar de un Después del cine, como Ángel Quintana tituló un ensayo esencial publicado el mismo año 2011 de otro texto imprescindible sobre esta cuestión, Mutaciones del cine contemporáneo de Rosenbaum. "Probablemente -escribe Quintana- dejará de verse en las salas, desapareciendo como idea relacionada con un espacio público. El nuevo espectador es básicamente un individuo solitario, instalado en su ámbito doméstico". Quienes dicen que esto no supone la muerte del cine tienen razón, si se refieren a las imágenes en movimiento. Pero para mí el cine abarca la película, su proyección en pantalla grande y la experiencia compartida. Quien no haya visto El bueno, el feo y el malo como la vi en la pantalla gigante de un Cervantes rugiente y abarrotado hasta la última platea, no la ha visto.
Felicitémonos porque Sevilla no haya perdido las pantallas de Plaza de Armas. Y esperemos que algún día abra aquí una sala como Phenoma de Barcelona, un gran cine hasta con cortina que se descorre antes de cada proyección -¡la liturgia del cine!- para descubrir una pantalla gigante en la que se proyectan clásicos en su formato. Otro día se lo cuento.
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