ABC de Sevilla 29/11/2020
Javier Rubio
Un hombre de reflexión más que de acción, sinceramente preocupado en mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos Javier Rubio «Al conocer a fondo la realidad social del campo sevillano [...], tuve la penosa evidencia de que la copla y la guitarra habían constituido durante demasiados años la decoración acartonada que encubría la doliente verdad de un pueblo que clamaba por el cambio radical de un estado de cosas que no podía prolongarse [...] Me conmovía atravesar las plazas de algunos pueblos donde los hombres en paro se doblaban bajo la desesperada esperanza de que alguien les ofreciera ocupación, aunque fuese provisional o transitoria». «Desgraciadamente, la imagen de Sevilla quedaba a menudo reducida, para muchos, al baile y a la copla, lo que no correspondía en modo alguno a la verdad».
Con una lectura rápida de ese primer párrafo, pocos sabrían a quién adjudicar tales frases escritas en 1987, desmentidas sólo en parte por el paso del tiempo. Quien habla, con ese punto de orgullo herido y el acento en lo que hoy llamaríamos «la gente», es José Utrera Molina (Málaga, 1926-2017), gobernador civil de Sevilla entre agosto de 1962 y noviembre de 1969, falangista de pensamiento y franquista –no, no fueron ni son la misma cosa– de devoción. La Editorial Universidad de Sevilla acaba de publicar sus «Memorias de un gobernador civil» en las que repasa su trayectoria de gestión como gobernador civil, y por ello jefe provincial del Movimiento, en Ciudad Real, Burgos y Sevilla.
En realidad, estas memorias personales están desgajadas de sus memorias políticas que se publicaron en 1989 bajo el título esclarecedor de «Sin cambiar de bandera». El historiador y profesor de la Universidad de Sevilla Julio Ponce Alberca tuvo conocimiento de estas memorias, ahora dadas a la imprenta, en 2009 cuando se las hizo llegar el propio Utrera Molina en su domicilio de Madrid. Diversos avatares habían retrasado su publicación, que ha pasado el filtro de un comité científico que ha considerado su valor como fuente primigenia para conocer la figura histórica de los gobernadores civiles del franquismo.
No es hagiografía
Ponce Alberca ataja de raíz cualquier otra intención que pueda achacarse al volumen: «No se trata de ninguna hagiografía ni de salvar el franquismo, sino de recuperar parte del pasado para ver que los problemas de entonces siguen presentes". Las memorias son fuentes de la investigación historiográfica, pero no son historia. Como aviso a navegantes, Ponce Alberca defiende su publicación desde un punto de vista académico: «Las memorias de Niceto Alcalá Zamora no son una apología de la Segunda República, sino una visión cualificada pero subjetiva de la Historia».
Pero justamente ese subjetivismo es el que le da valor a las memorias de Utrera Molina, en las que el que fuera secretario general del Movimiento repasa sus años más felices: los que pasó como gobernador civil de Sevilla. Aquí nacieron tres de sus ocho hijos y aquí dejó una impronta en la memoria colectiva que «no fue mala con independencia de algunos sucesos que pudieron ocurrir bajo su jurisdicción», cita el historiador Ponce refiriéndose a las caídas de militantes comunistas y sindicalistas y a la aplicación del estado de excepción en 1969.
A Ponce no le cabe duda de que Utrera Molina llegó a penetrar el alma de Sevilla, a pesar de que el propio político franquista vino con la prevención de la histórica rivalidad entre Málaga y Sevilla.: «No eran escasos los que auguraban un estrepitoso fracaso. Para muchos, un malagueño gobernador civil de Sevilla constituía una ecuación sin término feliz, una incongruencia, una designación disparatada». Se emocionaba con los pasos de Semana Santa, en especial la Macarena y el Cachorro, aunque llegó a vestir la túnica de nazareno en el Cristo de Burgos.
Pero lo que emerge de la lectura de sus memorias es un hombre de reflexión más que de acción, leído y amante de la poesía, alguien sinceramente preocupado en mejorar las condiciones de vida y con una visión de «hombre moderno» del partido único del franquismo y la pervivencia del Movimiento a la muerte de Franco desde su idea de un «falangismo social» que bebía en fuentes joseantonianas.
El episodio de la visita de Franco a Badolatosa en 1963 tras unas inundaciones le conecta con la reivindicación de la reforma agraria que Primo de Rivera había defendido en las Cortes republicanas treinta años antes: «En él denunció que las mujeres trabajadoras del lugar salían de sus casas a las tres de la madrugada para recoger los garbanzos y después de una jornada de nueve horas recibían por paga una peseta. Franco respondió que aquellas y otras injusticias explicaban muchas cosas y que si bien ya no existían aquellos jornales, pervivían intolerables desigualdades que pese al esfuerzo del régimen aún no se habían superado totalmente».
En una visita sobre el terreno, rodeado de autoridades y de pueblo llano, para conocer los problemas EN UNA VISITA SOBRE EL TERRENO, RODEADO DE AUTORIDADES Y DE PUEBLO LLANO, PARA CONOCER LOS PROBLEMASABC La conciencia social del falangismo le lleva a identificar a los terratenientes como clase retardataria de las reformas pendientes: «De tiempo inmemorial databa la existencia de una clase privilegiada que, encerrada en sí misma, ostentaba poder e influencia, anquilosada en una conciencia social insensible. Aunque cuantitativamente habían perdido importancia, aún existían zonas en que se asentaba un feroz egoísmo. No resulta fácil olvidar que hubo un tiempo en que una gran parte de la llamada aristocracia sevillana descalificaba despectivamente a los que tenían cometidos profesionales (médicos, abogados) llamándoles 'hombres de placa'».
Utrera Molina impulsó una sanción al IX marqués de Villapanés, Juan Antonio Duque de Estrada y Moreno, por falta de laboreo en un predio en Bollullos de la Mitación adelantándose a la ley de fincas manifiestamente mejorables de UCD y el atisbo de reforma agraria de la Junta de Andalucía: «Fue en la provincia de Sevilla donde procedimos a las primeras expropiaciones. [...] La medida encontró un amplio y favorable eco en toda la prensa nacional». Y remata su afirmación: «Muchos latifundistas andaluces obtenían grandes beneficios pese al atraso de la agricultura provincial».
Causa de los humildes
Utrera Molina gustaba del contacto con la gente, a decir del historiador que firma las notas introductorias de estas memorias, Julio Ponce. «Le gustaba estar muy en contacto con los problemas», explica despegado del énfasis que le pone el propio exgobernador: «Mis actitudes mostraron siempre, con autenticidad y sin demagogia, una irrevocable identificación con la causa de los humildes». Refiriendo la primera visita de un gobernador civil a El Saucejo, en la Sierra Sur, él mismo dice que los vecinos del lugar lo contemplaban «como si fuese un extraño terrestre».
Al poco de llegar a Sevilla en el verano de 1962, sucedió un terrible accidente de aviación en Carmona de un avión de pasajeros con 18 muertos y allá que se encajó el gobernador civil para conocer in situ los estragos. El relato del corazón sanguinolento que descubrió entre unos arbustos es quizá una de las páginas más conmovedoras del libro.
Utrera recibe la medalla de la provincia en diciembre de 1969, ya fuera del Gobierno Civil UTRERA RECIBE LA MEDALLA DE LA PROVINCIA EN DICIEMBRE DE 1969, YA FUERA DEL GOBIERNO CIVILABC Utrera Molina estaba en todas partes. Él mismo calcula que «a lo largo de los 87 meses que duró mi mandato en Sevilla, recibí en audiencia a más de 22.000 personas y cerca de 6.000 comisiones», lo que es una cifra ciertamente impresionante. De la suspensión de la corrida de Benítez Cubero en la que estaban acartelados Victoriano Valencia, Curro Romero y Palomo Linares, en plena Feria de Abril sostiene que recibió 8.000 cartas de felicitación «y ninguna de censura».
Pero los actores políticos no eran tan complacientes como la afición taurina. Y Utrera Molina acumulaba adversarios tanto dentro como fuera del régimen. Incluso en los ministerios: los tecnócratas, identificados con el Opus Dei, son objeto de sus dardos, en especial la terna compuesta por Federico Silva Muñoz (por su oposición al canal Sevilla-Bonanza), Gregorio López Bravo (que se opuso a que le concedieran al político malagueño la Gran Cruz de Isabel la Católica) y singularmente Laureano López Rodó, al que señala como gran timonel de una «larga marcha que al llegar al final del trayecto acabaría destruyendo las bases, los pilares y hasta el edificio que él, paradójicamente, había contribuido a desarrollar».
Con la oposición, Utrera no mostró fisuras pero sí humanidad. «Siempre había un hilo de comunicación, tenía claras sus ideas pero no se cerraba en banda», señala Ponce Alberca. El propio político malagueño recuerda así a los sindicalistas del Proceso 1.001 Francisco Acosta, Eduardo Saborido y Fernando Soto: «A ellos podía asistirles el derecho a combatir el sistema, pero nadie podía negarme a mí el deber de defenderlo».
Curiosamente, el retrato más acerbo lo guarda no para quienes estaban en frente de su poder como gobernador civil sino a quienes consideraba camaradas de la Falange y luego buscaron acomodo en otra parte. Se consideraba hijo político de Herrero Tejedor como Adolfo Suárez y Torcuato Fernández Miranda, pero cada uno siguió su propio camino en la Transición.
Sarasola y el futuro
Resulta esclarecedora una entrevista en el restaurante Río Grande con Enrique Sarasola, que luego hizo negocios al calor del gobierno socialista de Felipe González, en el que el empresario le hizo un ofrecimiento para cambiar de chaqueta: «Quería hacerme saber su pertenencia a un grupo que con toda seguridad gobernaría España dentro de unos años. Añadió audazmente que abandonara mis compromisos y me fuese con ellos, ya que con los míos, según él, no tenía ningún futuro, y bien que él lo sentía». Utrera fue uno de los 59 procuradores en Cortes que votaron no a la Ley de Reforma Política de 1976 que trajo la democracia parlamentaria. «Siempre mantuvo lealtad a Franco», analiza el historiador Ponce.
Ni siquiera cuando decae el proyecto del canal Sevilla-Bonanza, la gran apuesta de desarrollo económico de la ciudad, en el que el mismo jefe del Estado había empeñado su palabra se atreve a subrayar esta contradicción. El canal y sus pormenores ocupan un capítulo entero.
Ya como ministro, con el alcalde Juan Fernández-Rodríguez García del Busto YA COMO MINISTRO, CON EL ALCALDE JUAN FERNÁNDEZ-RODRÍGUEZ GARCÍA DEL BUSTOABC En cuanto a los políticos locales, desmiente que Felipe González fuera jefe de centuria de la rama juvenil de Falange y recuerda la bonhomía de su suegro, el militar Vicente Romero. De Alfonso Guerra recuerda que era profesor de la Laboral y que «el grupo que dirigía actuó a través de una estrategia de largo plazo». De Alejandro Rojas Marcos, concejal por el tercio familiar en 1966, destaca que su padre se salvó de que los rojos lo fusilaran tras la liberación de Valencia. También nombra a Clavero Arévalo, que rehusó la Alcaldía para relevar a Mariano Pérez de Ayala en una «carta muy cordial en la que me manifestaba de forma rotunda su completa adhesión a todo lo que el Movimiento representaba». El encargo de regir la ciudad recayó en el catedrático Hernández Díaz.
A lo largo de su mandato se sucedieron cuatro alcaldes de Sevilla: Mariano Pérez de Ayala, José Hernández Díaz, Félix Moreno de la Cova y, finalmente, Juan Fernández-Rodríguez García del Busto. El general Alonso Vega, ministro de la Gobernación, "tenía la convicción de que para regir una alcaldía de la importancia de Sevilla, era preciso un hombre acreditado entre la nobleza sevillana", pero el propio Utrera apostilla: "Por supuesto, este punto de vista en nada coincidía con el mío".
Vivienda y educación eran las grandes preocupaciones de la época. En sus memorias, Utrera Molina saca pecho de los 10.491 pisos entregados a familias sevillanas bajo su mandato, de la supresión de 34 asentamientos chabolistas y 11 refugios tras la riada del Tamarguillo y de 80.400 puestos escolares, incluyendo cinco nuevos institutos de bachillerato que venían a sumarse al San Isidoro (masculino) y el Murillo (femenino): el Velázquez en 1966, el Martínez Montañés en 1967, el Fernando de Herrera en 1968, y el Luca de Tena y el Bécquer en 1969.
Sabedor de que la prensa era vital para llevar adelante su gestión, Utrera Molina cita a varios de los periodistas de la época. De Cefeor (Celestino Fernández Ortiz) se permite ironizar: «Pasado el tiempo su agudeza cambió de signo y no tuvo reparos en maltratarme con saña cuando las circunstancias así lo aconsejaron», puede leerse en una nota a pie de página del autor de la edición.
Ensalza a Joaquín Carlos López Lozano y Nicolás Salas, directores de ABC de Sevilla en diferentes épocas, y de Antonio Burgos señala que «siempre me distinguió con su hostilidad, pero al que admiré por su pluma excepcional impregnada de gracia andaluza». A renglón seguido, hace memoria de su padre, concejal al que tilda como «hombre eficaz, bondadoso y afable».
Se advierte decepción en su relación con el cardenal Bueno Monreal. Refiere a este respecto un desagradable incidente el 24 de enero de 1968 con ocasión de una charla del cardenal de Turín Michele Pellegrino (citado erróneamente como Pellegrini en el manuscrito) en la Universidad. En el coloquio posterior, alguien del público sacó a relucir a la escuela de Salamanca y al padre Mariana para preguntar «con voz estentórea si era lícito matar al tirano». Todos los asistentes lo tomaron como una alusión a Franco, pero Bueno Monreal se empeñó en quitarle hierro al asunto: «Lo ocurrido, sin embargo, era todo un síntoma de la posición que ciertos grupos eclesiales comenzaban a adoptar en relación al régimen».
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