Abc Sevilla / 06/02/2021
Lutargo García Díaz.
Ser sevillano de Lebrija es un modo de estar en el mundo, una manera de llevar mucho campo y mucho azul en la mirada, mucha hondura de tierras de labor y caldos nuevos como lleva Jacobo Cortines. Tiene Jacobo el toque británico que reviste a los sevillanos de aquel triángulo donde nacen los cantes a compás de nudillos, donde la albariza sabe que el destino del tiempo es terminar siendo luz en las botas de vino. Allí están el oro de Tharsis y la claridad de Roma, los secretos de Oriente y la cercanía del mar que es el morir y que es América. Jacobo Cortines sonríe en silencio y fuma con delicadeza pero sin afectación. Todo lo hace despacio y con elegancia. Habla en finísimo andaluz y acentúa desde una enigmática ronquera con la que imprime cierta rapidez a las frases. En su silueta se mezclan luces de palacio florentino y un discreto ascetismo de cortijo andaluz, esos cortijos de patios empedrados y arcos de medio punto tan hechos a los secretos de la siesta. Luce corbatas elegantes, de esas que no cansan, de colores burdeos o verde Lichfield y chaquetas bien cortadas, de paño inglés, sobre chalecos de lana irlandesa. Todo cuidado y sobriamente lujoso. Pero sin darle importancia, porque el arte está en la naturalidad, esa rara virtud que solo tienen algunos elegidos. Cuando trabajaba —«Si me ves de camino hacia el trabajo,/ cansado al regresar entre los libros...»—, daba gloria verlo entrar por esos patinillos de la Facultad de Letras. He dicho trabajar cuando debí decir amar, porque ser literato y enseñar literatura es una forma de amar. Delicado y, tímidamente, distante, dicen que causaba furor en aquellas aulas con sus chaquetas blancas de verano o sus gabardinas en otoño. Traducir a Petrarca, y hacerlo bien, imprime carácter. Hay sevillanos barrocos y sevillanos renacentistas. Los últimos son los menos. Y Jacobo tiene el Paraíso del Dante dentro de las venas, el son de Garcilaso cuando dice con el amor las rosas son más bellas y dura su perfume en la memoria. Exquisito, sencillo, hondo, uno se lo imagina tocando los Estudios de Chopin mientras llueve en el patio empedrado de ese cortijo, El labrador, donde en lugar de gañanía tiene una suite para amigos directores de orquesta. «Adiós, Jacobo» uno lo saluda cuando lo ve salir de los toros camino de la bodeguita San José a la tertulia de literatos y camina con la misma elegancia con la que entra en el teatro de la Maestranza a una función de la temporada de ópera. Y él te da la mano y sonríe asintiendo mientras cierra los ojos con cortesía diplomática. Los que no hemos estado en su casa de Armenta la imaginamos como una suerte de convento o palacio. Armenta debe de ser una isla de silencio entre la soledad de las quencias y el monólogo de una fuente aliviando los atardeceres. Ahora ha publicado —en Renacimiento, claro— un precioso libro de poemas amorosos: En el mejor silencio. En él recoge toda la obra poética dedicada, en vida y en muerte, a Cecilia, su esposa, y nos brinda unos inéditos de contenida tristeza donde describe la enfermedad, la ausencia, la muerte. Su acento italianizante ha dejado poso en estos versos definitivos que afrontan la última verdad del hombre que ha amado: la soledad ante la muerte. En las páginas finales se aprecia la impotencia del amante que ha perdido el turno en la barcaza de Caronte. Se ha quedado en tierra. Y ahí está Jacobo Cortines, sevillano de Lebrija, sevillano renacentista, de pie en plena bajamar buscando las huellas de Cecilia. Unas huellas que la olas han borrado pero él aún no lo sabe. Allí, frente a la mar está repitiendo hoy he venido al mar para estar cerca, aún mas cerca de ti, mi amor de siempre. VER LOS COMENTARIOS
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