promo

Síguenos en Twiter

Banner
Banner

Mar

21

Sep

2021

Aníbal González: los edificios que nunca vieron la luz PDF Imprimir E-mail

Abc Sevilla / 15/09/2021

Javier Macías

Aníbal González Álvarez-Ossorio murió demasiado joven. Aquel hombre que revolucionó el urbanismo de la ciudad y la rescató de la melancolía y el pesimismo que sacudieron a la sociedad a finales del siglo XIX tuvo un funeral multitudinario, como sólo esta Sevilla sabe dar a los toreros o las folclóricas. Fue una procesión por la ciudad para despedir a una mente brillante, un dibujante excepcional de cuyas manos había salido el nuevo esplendor artístico que bebía de los grandes estilos que se desarrollaron en esta tierra como fueron el mudéjar, el barroco o el isabelino. El arquitecto falleció a los 53 años, pobre y endeudado hasta el punto de que se llegó a promover una colecta para su familia. Lo hizo, además, dos semanas después de la inauguración de la Exposición Iberoamericana de 1929, el certamen para el que trabajó como director técnico durante quince años, y no pudo ver terminada del todo su obra cumbre: la Plaza de España.

El legado de Aníbal González es tan grande que ha sido necesario una monografía de casi 300 páginas para unir en una misma publicación todos sus proyectos, que ha escrito su nieto, Aníbal González Serrano. Los que hizo para Sevilla y para el resto de España, incluso del mundo. Los que construyó y los convirtieron en mito y los que 92 años después de su muerte el pueblo desconoce su autoría. Y también están los diseños que se guardaron en un cajón, los que no vieron nunca la luz, la obra inconclusa y secreta, la que pudo cambiar por completo el mapa de Sevilla. Son algo más de una decena de proyectos que acabaron enterrándose: la gran basílica de la Milagrosa, el teatro Luca de Tena, los pabellones de Agricultura, de Máquinas y Electricidad, de Minas y Metalurgia, de Guerra y Marinal de Actos y Fiestas, de Fomento, el Gran Casino, la Universidad Hispanoamericana o el monumento a Isabel la Católica.


Su nieto tiene cuantificado que el 85 por ciento de lo que proyectó fue construido. De su obra inédita, se conservan la mayoría de los planos gracias a la labor investigadora de González Serrano. Apenas unos pocos proyectos están desaparecidos, como es el caso del que resultó vencedor para un pabellón dedicado a las artes sevillanas, que hubiera estado ubicado entre el Hotel Alfonso XIII y los Jardines del Cristina, del que sólo se conserva un manuscrito. Su dedicación a la Plaza de España le impidió llevar a cabo algunas obras. Otras directamente, no fructificaron, y sólo una de ellas, grandiosa, comenzó a construirse pero hubo que pararla al morir el arquitecto. Es el caso de la basílica de la Milagrosa. Aníbal González era un gran devoto de la Inmaculada Milagrosa, de la que guardaba estampas e incluso decía que le salvó la vida en un atentado que sufrió el 10 de enero de 1920, cuando dispararon tres balas contra él. Sólo la tercera atinó, pero fue a dar con la billetera que guardaba en el pecho, saliendo la bala por la hombrera de la chaqueta.


La basílica era su gran sueño. Se trataba de un complejo escolar y religioso, situado en la Buhaira. En un lateral, iba a estar la iglesia, con torres siempre inferiores a la Giralda, de 78 metros de altura. Alrededor, se dispondría una gran plaza donde iba a estar el colegio -actualmente el Portaceli-, un internado, la residencia de los jesuitas y un salón de conferencias. En el centro, un gran obelisco como el de la Plaza de San Pedro del Vaticano.

El templo comenzó a construirse, con piedra blanca, color de la pureza inmaculista, pero cuando apenas estaba cimentado, falleció Aníbal González y la obra, por su dificultad, quedó para siempre parada y actualmente se conservan sus vestigios.

Universidad de San Telmo

Además de la basílica, Aníbal González proyectó grandes edificios como puede ser el seminario diocesano o la Universidad Hispanoamericana. El arquitecto proyectó un edificio de estilo ecléctico y con influencia neoclásica en los jardines de San Telmo e iba a estar constituida por las facultades de Derecho, Filosofía y Letras, Ciencias y una biblioteca general. En edificios aledaños se instalarían los museos de Zoología, Anatomía, Antropología y Paleontología. También bocetó unos museos relacionados con la naturaleza, como los de Biología, Botánica o Mineralogía. Este grandioso proyecto fue aprobado y contaba además con una residencia para estudiantes universitarios americanos. El Gobierno de España se comprometió en su construcción, pero el dinero nunca llegó, en una suerte de bucle endémico que sufre la ciudad, que aprueba, aplaude y desecha con la misma rapidez las buenas ideas.

 

Muy cerca de lo que pudo ser la Universidad Hispanoamericana, dibujó el imponente Palacio del Casino, que ideó para que se construyera a la altura del muelle de las Delicias, a la orilla del río, con el fin de que pudiera accederse directamente en barco al edificio. Iba a tener terraza y embarcadero, glorietas del paseo de las Delicias e instalaciones deportivas en los terrenos del Batán y la isla de Tablada. El edificio, de estilo neoplateresco, lo presentó al concurso de la Exposición Iberoamericana en septiembre de 1911. No fructificó.

Según su nieto, en el libro 'Inspiración, trabajo y constancia. Trayectoria personal y profesional del arquitecto Aníbal González Álvarez-Ossorio', el arquitecto pretendía que la muestra constara de cinco partes: exposición nacional de Artes, Industrias y Ciencias; exposición de los Estados americanos; Regiones españolas; Etnografía y Arqueología; la Sevilla Histórica y Tradicional; y, finalmente, un parque de atracciones. Para la primera de ellas diseñó ocho pabellones: las Bellas Artes (actual Museo Arqueológico), Industrias y Manufacturas (actual de Artes y Costumbres Populares), el Pabellón de la Casa Real (el tercer edificio que se levantó en la Plaza de América) y otros cinco que no vieron la luz: Agricultura, Máquinas y Electricidad, Minas y Metalurgia, Guerra y Marina y el de Fomento. «Su idea era que el estilo de los edificios fueras todos de carácter historicista»: neomudéjar, neorrenacimiento plateresco, neogótico isabelino, romano y moderno. Sin embargo, de todos los pabellones, sólo realizó los de la Plaza de América que, además, no la completó ya que en la entrada desde la Palmera se iba a situar un monumento a Cervantes que él incluyó en un boceto pero que nunca se levantó. Hoy, allí se encuentran las palomas a las que los niños echan el arvejón. El resto de los pabellones los hicieron otros arquitectos ya que Aníbal González andaba muy ocupado con las otras grandes obras.

Un arco triunfal

Como entrada a la exposición, propuso construir un puente que, a su vez, fuera un arco triunfal situado en la primera glorieta de las Delicias. «Como cerramiento, unos pilares que en la parte superior tendrían unos leones blancos vidriados con el escudo de las repúblicas americanas. De la boca del león penderían unas cintas con las banderas nacionales, unidas a una corona de laurel y lazos con los colores de la bandera española», indica su nieto.

Por otro lado, respecto al parque de atracciones, propuso un 'stadium': teatros, circos, restaurantes y cafés junto a un conjunto de 'cacharritos' como toboganes y montaña rusa.

Siguiendo con la Exposición del 29, Aníbal González propuso varias ubicaciones y dibujó planos con una disposición que nunca se llegó a realizar. El quinto de los planos, donde se observa la ampliación del sector sur, con motivo del deslinde de los jardines de San Telmo con los de la Exposición, Aníbal González hizo un trazado de vía (la actual calle la Rábida) con una valla. Allí proyectó la citada Universidad Hispanoamericana y un enorme monumento dedicado a Isabel la Católica.

 

En noviembre de 1928, habiendo dimitido ya como director de la Exposición, realizó la memoria para un teatro de la calle Laraña, frente a la iglesia de la Anunciación y la Facultad de Bellas Artes, que iba a ser el más moderno y el de mayor aforo de su género. Contaba el proyecto con una cúpula o un techo levadizo, que se podría abrir en verano.

En palabras de la prensa del momento, se iba a convertir en «uno de los más bellos y lujosos de toda Europa». Según anunció el diario 'El Liberal' en enero de 1929, estaba previsto que se emplearan para este espacio escénico los materiales «más artísticos y costosos de producción nacional». Iba a tener un aforo de 1.238 localidades distribuidas por plantas de diferentes formas. «Era de estilo ecléctico y hubiera sido un gran edificio para Sevilla. Además, iba a estar dotado con las más modernas tecnologías del momento, ya que la cubierta se podía abrir para que entrara el aire, de modo que los asistentes a las funciones se pudieran refrescar», señala González Serrano.

El encargo le vino por su primo hermano Torcuato Luca de Tena y Álvarez-Ossorio, que era su consejero y protector y fundador de ABC. La muerte de Torcuato el 15 de abril de 1929, y la del propio Aníbal González, el 31 de mayo del mismo año, hizo que el edificio nunca llegara a hacerse realidad. Ni el primero conoció el gran proyecto de ver el ABC de Sevilla en la calle ni el segundo vio terminada su gran obra.

La vida de Aníbal González fue un fiel reflejo de su obra. El propio Rey Alfonso XIII le propuso nombrarle marqués de Triana, como reconocimiento a la cantidad de trianeros que empleó con los encargos cerámicos. Pero lo rechazó. Desde días antes de su muerte, toda la ciudad andaba pendiente de su estado de salud. A las dos y media de la madrugada del 31 de mayo de 1929, se le apagó la vida. Toda Sevilla se echó a la calle para despedirle. Cuentan que los 800 taxis que tenía la ciudad se ofrecieron a llevar gratis a los sevillanos al cementerio y que, por el camino, los albañiles dejaban sus tareas para acompañar al féretro. Ahora, la ciudad le debe un museo en el que quede recogida toda su vida y obra. También la que no llegó a ver la luz.

 
Informacion