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2021

Aquilino y la sierpe PDF Imprimir E-mail

Diario de Sevilla / 21/09/2021

Luis Sánchez Moliní

Son varios los poemas en los que Aquilino Duque se nos muestra como paseante por la ciudad. "El señor errante de Viñamarina", como lo definió Felipe Benítez Reyes, eligió para vivir su conocido locus amoenus del Aljarafe después de años de vagabundeo cosmopolita e intelectual, un lugar que tenía algo de casa-fuerte hidalga y algo de cabaña del fin del mundo, donde Aquilino Duque resistía frente a todo -a veces con razón y otras con sinrazón- y recibía cual morabito a los que allí acudían en peregrinación buscando sabiduría e inspiración.

Aquilino Duque, como decíamos, eligió para vivir las tierras que se extienden entre el Guadalquivir y el Guadiamar, la comarca de la Baja Andalucía que fue edén y hoy es urbanismo -un ejemplo más de ese suicidio de la modernidad que el autor de La luz de Estoril denunció tan de temprano-, pero siguió sintiendo un amor profundo y clásico por su ciudad, que plasmó en algunos versos memorables. En nuestro recuerdo, el nombre de Aquilino Duque siempre quedará vinculado a un poema sobre la calle Sierpes que es un manifiesto de hondura, emoción y rigor; un tratado en verso sobre la que antaño fue la desviada columna vertebral de la ciudad y que hoy languidece vampirizada por nuevos cauces que le roban su caudal humano. Aquilino Duque pertenecía a esa Sevilla sin franquicias y con corretaje en los cafés de Sierpes, como demuestra en unas líneas que sólo pudieron ser escritas gracias a un profundo conocimiento de la historia de esta calle que primero fue brazo del Guadalquivir, luego revueltas bajomedievales y, finalmente, vía principal y adelantada de la peatonalización.

 
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