Abc Sevilla / 27/09/2021
Javier Macías
Hay una calle en Carmona que es la mejor pavimentada de España. La hizo un maestro de obras, que se llamaba José María Méndez. No se levanta ni un adoquín. Ese mismo hombre construyó la plaza circular de San Fernando, donde estuvo el foro romano. Se trajo una farola de Aníbal González de las que sobraron de la Plaza de América y hoy es un símbolo. En un bordillo, escondida, ha quedado para la historia la firma del contratista. Hoy, el nieto de este humilde albañil que vivía en la Puerta de Sevilla es el mejor embajador de una ciudad que aspira a ser declarada Patrimonio de la Humanidad. José María Cabeza cita a ABC allí, donde su familia echó raíces, justo en el lugar donde los cartagineses levantaron un alcázar para proteger el punto más débil de una urbe que está considerada como la más antigua de Europa en continuidad. Porque Carmona, en 5.000 años de historia, nunca ha dejado de estar poblada. Ya existía en la Edad de Bronce cuando Sevilla aún estaba bajo el agua.
A media hora de la capital, Carmona tiene declarada la independencia turística de la metrópolis. Es un territorio clave en la conquista y sigue siéndolo para comprender el modo de vida y la arquitectura de todas las civilizaciones. Dentro de los muros de la ciudad nunca ha habido guerras porque Carmona era inexpugnable. La razón: se sitúa en un promontorio de roca alcoriza, que es permeable, de tal manera que deja pasar el agua pese a la firmeza de la piedra y eso crea un estrato en el subsuelo que hace que, desde hace 5.000 años, exista agua. La altura daba ventaja ya que permite ver la vega del Corbones y el valle del Guadalquivir. Y esa roca alcoriza permite construir sin necesidad de cimentar los edificios, lo que ha permitido que hoy en día sigan en pie los únicos restos de arquitectura cartaginesa de toda España, los alcázares, las murallas, los palacios y las casas del conjunto urbano. Es, por todo esa excepcionalidad, por lo que Carmona ha iniciado el camino para que la Unesco la reconozca como Patrimonio Mundial.
«El espacio que pretendemos que se declare es el conjunto histórico, dejando fuera la necrópolis, el teatro Cerezo o la Giraldilla de San Pedro», cuenta José María Cabeza, prestigioso aparejador que dirigió el Alcázar de Sevilla durante 18 años, premio nacional de restauración e Hijo Adoptivo de Carmona. El punto de partida es el Alcázar de la Puerta de Sevilla: «Julio César entendió que era la ciudad mejor cercada de toda Hispania. Al estar en alto, es como una península aislada por todos los bordes menos por este punto, que es como un istmo, donde los cartagineses levantaron una fortaleza que fue reforzándose con cada civilización que pasó por aquí». Tanto es así, que quedan estratos de cada una de ellas: el foso de la muralla púnica, los arcos de medio punto romanos, el arco de herradura islámico... Si algún ejército quería conquistar la plaza, primero se encontraría con las saetas verticales de los soldados, luego con el matacán, desde donde recibirían aceite hirviendo. Si superaban esas defensas y rompían los goznes de las puertas, se encontraban con el rastrillo, una reja que caía por unos surcos en la muralla y, en el intervalo, lloverían piedras desde arriba. «Ese tránsito explica la importancia de Carmona, y todos esos elementos se conservan. Por eso, en toda su historia nunca ha habido derramamiento de sangre. Era imposible».
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Vea la galería completa (40 imágenes) «Éste es el único sitio que conozco donde los pasos en Semana Santa discurren por un espacio que ya existía en la época de Cristo», añade el aparejador, que inicia la ruta por la Carmona que aspira a ser declarada por la Unesco. «Esas corachas -enclavadas en el muro del Alcázar- servían para poner tenderetes donde se vendían hortalizas al entrar en la ciudad, como ocurre en la Plaza del Pan de Sevilla». El itinerario avanza por San Bartolomé -con una puerta mudéjar- y la calle Domínguez de la Haza, una casa del siglo XVIII con fachada esgrafiada.
Carmona conserva el trazado del Cardo Máximo y del Decumano. El primero va de la Puerta de Sevilla a la de Córdoba -las dos que siguen en pie- y en torno a esta vía siguen estando las edificaciones de más alto nivel. El atractivo de esta ciudad también está en el cuidado de sus edificios y calles. El pavimento se cuida y se limpia. Nunca se cambia. Se conserva el adoquín tradicional, algunas calles de empedrado y el pavimento de Quintana -que se ha puesto de moda en el urbanismo de la capital-sólo se coloca en el acerado. Es un municipio cuidado. Se ha prohibido el chino lavado de las fachadas porque el Plan Especial cumple su función. Paseando por la calle Maese Rodrigo, Palomar o las Siete Revueltas el caserío es encalado sobre piedra alcoriza. Todo está intacto.
La plaza de Santa Catalina pasó de claustro de convento a plaza de abastos LA PLAZA DE SANTA CATALINA PASÓ DE CLAUSTRO DE CONVENTO A PLAZA DE ABASTOSROCÍO RUZ La plaza de Santa Catalina es la «sala de estar» de Carmona, según José María Cabeza. Era el claustro de un convento que fue desamortizado y se convirtió en plaza de abastos. Saliendo de este singular espacio se llega a la bodega José María. «No es mía, lo que tiene de singular es que su fachada es un testimonio del periodo romano»: capiteles, columnas... Cerca, está la iglesia del Salvador, donde se establecieron los jesuitas que, al ser expulsados en 1767, no pudieron terminar el templo y, por eso, la torre está inconclusa.
Por la calle Santa Ángela de la Cruz, donde está el convento, se vislumbra el paisaje de la Vega y la ermita de San Mateo debajo. Se trata del templo cristiano más antiguo de Carmona y se denomina así porque la ciudad fue conquistada el día de su festividad, el 21 de septiembre de 1247. «San Fernando era consciente de que, para tomar Sevilla, primero había que conquistar Carmona, para evitar que se refugiaran aquí los califas», afirma.
Desde este punto se observa el Parador de Turismo, que es el más rentable de cuantos tiene el Ministerio. Se trata del viejo Alcázar del Rey don Pedro, construido por los musulmanes y que sigue manteniendo las puertas de acceso. Éste es el punto más alto de la ciudad, desde donde se ve Lora del Río, Marchena, la Luisiana, Osuna, Fuentes de Andalucía, Arahal, El Coronil...
Continuando la ruta se pasa por la Casa de las Cadenas, denominada así porque esos hierros señalan que allí pernoctó Felipe IV. Era una época en la que los ciudadanos debían dar posada a los soldados, salvo aquellas casas donde había dormido un miembro de la Familia Real, como es este caos. Junto a este palacio está la cilla, un almacén de grano enorme que atestigua el poder del Cabildo de Carmona. Enfrente están los juzgados, en un edificio que fue el convento de San José, que fue desamortizado. La iglesia se demolió pero la nave de la Epístola se respetó y hoy es la fachada lateral que da a la plaza Julián Besteiro. Allí se han realizado excavaciones recientemente y han aparecido unas termas romanas.
El aparejador conduce hacia la Casa de los Marqueses de las Torres, donde está el Museo Municipal, que guarda restos de todas las épocas. El recorrido continúa por el convento de Santa Clara, donde se elaboran las tortas inglesas. Se denominan así porque la criada del arqueólogo Jorge Bónsor -el que descubrió la necrópolis-, iba a comprar estos hojaldres para «la inglesa», la señora de la casa. Y se le quedó el nombre.
De allí al mirador del Valle, donde se ve la Cueva de la Batida, la cantera donde se extraía la roca alcoriza. Y la iglesia Prioral de Santa María, que es como la 'catedral' de Carmona, un templo que se levanta sobre una mezquita, que conserva la aljama y allí se halla un calendario visigodo enclavado en la columna de acceso que demuestra que, antes de templo islámico, fue una basílica. El interior es de estilo gótico y tiene la misma estructura que la Catedral de Sevilla.
José María Cabeza delante de la farola que trajo su abuelo para la plaza de San Fernando, en Carmona JOSÉ MARÍA CABEZA DELANTE DE LA FAROLA QUE TRAJO SU ABUELO PARA LA PLAZA DE SAN FERNANDO, EN CARMONAROCÍO RUZ José María Cabeza termina el viaje en el foro, en la farola que trajo su abuelo. Allí mira orgulloso el bordillo con la firma del maestro de obras de aquella ciudad que quizá, en unos años, entre en el olimpo del Patrimonio Mundial.
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