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Mar

19

Oct

2021

Los despoblados de la provincia: la Sevilla que se quedó vacía para siempre PDF Imprimir E-mail

Abc Sevilla / 11/10/2021

Javier Macías

La A-92 discurre en paralelo al río Guadaira entre Alcalá y El Arahal. Allí, a apenas seis kilómetros del tercer municipio más habitado de la provincia, se puede observar desde la carretera un viejo palacio y edificios en ruinas situados en un pequeño promontorio muy cerca de la necrópolis calcolítica. Se trata de Gandul, un lugar que cuenta con una estación, una posada, una calle Real, una cárcel, una iglesia, un cementerio y hasta un inmenso palacio. Pero no vive nadie. El único testigo que queda de lo que en su día fue esta aldea es el caserío y la tradición oral de los dos pastores que trabajan en el entorno o los colombianos que hacen sus labores en el interior del templo de San Juan Bautista, cuyo artesonado se ha venido abajo y ahora la techumbre la forma un enorme plástico comido por el sol y que se desplaza con el vaivén del viento. Se trata de uno de los tres despoblados de Sevilla, junto con El Torbiscal y Heliche, al que se le suma Castilleja de Talhara, apenas habitado por el hombre que en su día poseyó todo lo que quedó de este mayorazgo y que acabó vendiéndolo.
Mientras que el área metropolitana crece, el resto de la provincia se va vaciando en un fenómeno incontrolado que no es nuevo, sino que lleva décadas e incluso siglos ocurriendo. ABC recorre los pueblos que murieron definitivamente, que siguen abandonados pese a que pasaron a ser de propiedad privada y que presentan un paisaje digno de una película apocalíptica.

Del pan de Gandul escribieron los mejores escritores del Siglo de Oro: Cervantes, Lope de Vega y Calderón de la Barca. Decían que era el de mayor calidad de cuantos se consumían en Sevilla. Hasta Washington Irving se alojó en la posada en 1829: «En Gandul encontramos una aceptable posada. Las buenas gentes que la regentaban no pudieron decirnos la hora que era, cuando la preguntamos; el reloj que tenían daba únicamente dos campanadas, a las dos de la tarde, y hasta que esto sucedía no había otro remedio que adivinar la marcha del sol. El hambre que nos acosaba nos hizo pensar en la necesidad de reparar las fuerzas con un buen alimento, y dejando los caballos, ordenamos la comida». El relato del viajero estadounidense avecinaba cuál era el final de aquel municipio que siglos atrás tuvo un gran esplendor. Once años después de la visita, Gandul terminó muriendo, fue absorbido por Alcalá y se convirtió desde entonces en una finca rústica de propiedad privada.


La iglesia del pueblo sigue en pie y la espadaña mantiene las campanas, que ya no tienen a quién llamar a misa. El silencio en este altozano denominado La Peana sólo se ve interrumpido por el gorjeo de las palomas que han superpoblado el palacio del Marqués de Gandul y una torre a la que, precisamente, la conocen como 'el palomar'. Dicen que en este templo que lleva sin celebrar la eucaristía 110 años trabajó Juan de Uceda y que el retablo mayor es barroco del XVIII. En la puerta principal, que da a la antigua calle Real de este pueblo sin alma hay un dintel con una escritura donde reza: 'Domvs Dei et Porta Coeli'.

 

A lo lejos se ve la estación, sin techo y derruida, la cárcel y la posada con la torre de contrapeso del molino de aceite. En lontananza, el imponente palacio con los ventanales y paredes apuntalados es un misterio. «Ahí vive el marquesito, que estará por los 30 (años). Viene los fines de semana desde Sevilla, tiene un casero y un guarda», cuenta el hombre que cuida del gallinero que está al pie de la carretera.

El Torbiscal
Si Gandul permite aún pasear por sus caminos por los que apenas pastorean las cabras y ovejas, y acercarse al caserío, El Torbiscal es un fortín inexpugnable. Esta pedanía situada entre Utrera y Los Palacios es el último pueblo que se quedó sin habitantes en Sevilla. En el año 2000 vivían 120 habitantes y, en apenas diez años, pasó hasta los 14, que se quedaron en 10 en 2013 y, en 2021, sólo quedan los fantasmas, las casas, la iglesia, un teatro con sus asientos y una valla con espinos alrededor protegida por el guardés, que se encarga de advertir que allí dentro no se puede entrar.


En la otra punta de la provincia, de La Campiña al Aljarafe, entre Salteras y Olivares existió en su día un pueblo que estuvo bajo el poder del conde-duque y del que no queda absolutamente ni una huella visible. Se fueron los habitantes y también desapareció el caserío, engullido por un terreno labriego donde hoy recogen la aceituna los temporeros. ABC buscó y no encontró ni una ruina, tan sólo un valle fértil nutrido por los arroyos Juradillo y el del Pozo del Tío Luis.

Castilleja de Talhara
El último despoblado no quedaba lejos. En Benacazón había varios mayorazgos: Martín Cerón (junto al vado del Quema), Gelo de las Nieblas o Castilleja de Talhara. Todos dependían de Benacazón, a quien debían tributo. Menos el último. Allí se levanta aún una preciosa ermita mudéjar, declarada BIC, que es una auténtica joya abandonada y en peligro. Pertenece al Ayuntamiento, que la tiene cercada junto a unos jardines a los que no se puede acceder. «Era la casa de un adivino hasta que vinieron los templarios. Levantaron una iglesia pero no llegaron a techarla, por eso no está solada. Cuando San Fernando tomó Granada, salieron de aquí once lanceros que vivían en el poblado y por ello le quitaron los tributos». Lo cuenta Antonio Díaz Delgado, de 84 años de edad, que lleva desde 1963 siendo el único habitante del lugar. «Se lo compré al marqués de las Torres y la hacienda con el molino se la acabé vendiendo a un alemán, porque la Junta no quiso comprármela como cortijo andaluz». Hoy esta hermosa hacienda con fachada regionalista le sigue dando un hálito de vida al desboblado. «¿Veis ese crucero que hay delante de la iglesia? Vino de Carmona, ahí están grabados los nombres de la famila Lasso de la Vega».

Son los últimos pueblos que se han vaciado en Sevilla, una provincia que se va muriendo en el entorno rural sin que nadie logre frenarlo.

 
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