Abc Sevilla / 9/12/2021
J.Felix. Machuca
SI hay un centro americanista fuera de dudas en España, tanto en parte de su geografía urbana como en su capacidad de generar conocimiento, investigación y ciencia histórica, es la ciudad desde donde les escribo. Sevilla sigue siendo, a su manera, puerto y puerta de Indias. Puerto y puerta del mundo americanista. Ya no salen flotas ni llegan galeones cargados de mineral, especias y maderas nobles. Pero tiene dos potosís que enriquecen, diariamente, el americanismo. Uno es el Archivo de Indias. El que quiera conocer lo que pasó en la España ultramarina desde años después de su descubrimiento tiene que pasar por los valiosísimos fondos documentales de ese maravilloso edificio renacentista, que nació como el Wall Street de la época para que Carlos III lo convirtiera, siglos después, en un centro de estudios americanos que dieran respuesta científica e ilustrada a la leyenda negra. El otro potosí está al alcance de la mano de la sala de investigadores del Archivo. Y no es otro que el departamento de Historia de América de la Hispalense. Por cierto, instalado, igualmente, en un edificio vinculado al tráfico tabaquero americano que aquí se hizo industria. Con esos dos baluartes americanistas, generadores de conocimiento y excelencia científica, Sevilla está llamada a vestir el santo que convierta a las Atarazanas en el milagro que se nos negaba: tener en la ciudad de los descubrimientos un centro museístico dedicado a Sevilla y a América.
Pero nos asalta la duda recurrente de casi siempre. Y que muchas veces o, al menos más de las razonables, se repite: siendo los dueños de la casa no organizamos la fiesta y, si acaso, se nos invita a participar quedándonos en la cocina. Hablando en plata de Zacatecas: qué participación tendrá la ciencia americanista local en el diseño de contenidos de las Atarazanas. Nada de lo que apunto es irreal. Ya nos ha pasado otras veces. Y jamás, por endogamia intelectual, descarto en su totalidad lo que de fuera nos llegue con marchamo de perfección. Cabe todo lo bueno, lo talentoso, lo creativo, lo singular. Pero me empeño en subrayar que, todas esas cosas, las tenemos aquí y para llenar tres flotas seguidas de ultramar.
Así que la gran pregunta del año que viene es ¿quién vestirá al santo de las Atarazanas? ¿Lo harán gente de aquí o amigos de fuera? ¿Resultará muy complicado sumar talentos, imaginación y argumentarios contando con los de la casa? Repito: hay dos epicentros americanistas de primer orden mundial en la ciudad. Que tienen la caldera de la producción científica y académica a pleno rendimiento. Y dispuesta a que alguien se acuerde de ella para vestir a las Atarazanas. Desconozco si se han producido conversaciones entre los pilotos del proyecto y el pasaje universitario y científico del que les hablo. Y lo desconozco no porque no haya hecho gestiones para enterarme. Sino porque nadie de los consultados sabe nada. Antes de que nos estrellemos contra los arrecifes del ninguneo, no sería ni malo que los propios interesados tuvieran claro el rumbo que vestirá al santo de las Atarazanas... Hacerlo después es perder el enésimo viaje de nuestro periplo de frustraciones.
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