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Dos muertes, dos mazazos para Sevilla PDF Imprimir E-mail

Diario de Sevilla / 16/2/2022

Carlos Navarro Antolín

Hay una Sevilla seria, trabajadora, productiva, ilustrada sin pretensiones ni soberbias, sabia por humilde y que suele pasar desapercibida porque no gasta energías en la búsqueda de reconocimientos para sí misma, acaso para otros. Esa ciudad, que existe pero no se ve porque ella misma no se exhibe, ha sufrido dos pérdidas importantes en menos de dos meses. Murió el doctor Ismael Yebra con sólo 66 años y ayer nos despertamos con la pérdida del catedrático Luis Rull a los 76.

El profesor Rull nació en Almería, pero ejerció como científico en la Universidad de Sevilla. En una sociedad donde ya no caben los maestros ni creadores de escuela y donde no se admira casi a nadie que no sea futbolista, influencer o tenga mucho dinero, resultaba gratificante contar con estos dos profesionales como ilustres vecinos. Dos personas con una intensa vocación por sus oficios, con un elevado grado de compromiso con la sociedad y con una notable inquietud por el análisis de la actualidad. De cómo Yebra concebía el ejercicio cotidiano de la Medicina o de cómo Rull entendía que debía funcionar la institución universitaria se podía y se debía aprender. Ignoro si se conocían, pero estaba claro que los dos, desde una sencillez basada en la autenticidad, estaban muy alejados de la banalidad, de la Sevilla de los chuflas, del pensamiento líquido y de los criterios consumistas que lastran la sociedad de hoy.

 

Hemos perdido un médico propio del Renacimiento y un catedrático que aportaba luz, cuidadas reflexiones y hasta ternura en un estercolero como las redes sociales. Ninguno era pretencioso ni petulante. Cualquiera con la trayectoria de ambos estaría todo el día con la barbilla alta dándose importancia. En el concepto de la mejor Sevilla siempre incluimos a las hermanas de la Cruz, Andex, Cáritas, los comedores sociales de las congregaciones religiosas y una serie de sevillanos ilustres que nos han dejado una sociedad mejor con sus proyectos, sus atenciones, sus investigaciones, sus opiniones que nos han dado norte en momentos de dudas... La ciudad ha perdido con estas dos muertes porque sus aportaciones resultaban más necesarias que nunca. No se ponían de perfil ante los problemas, no guardaban el silencio cobardón, no buscaban el brillo personal. No se enrocaban tampoco en la zona de confort si eran requeridos para dar un paso al frente y dirigir instituciones o participar en plataformas ciudadanas. Guardemos el luto que merecen porque la ciudad sale herida con sus muertes. Nadie es imprescindible, pero algunos son fundamentales. Hablaban poco de ellos y escuchaban mucho al prójimo.

 
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