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Diario de Sevilla / 03/02/2022

Luis Sánchez-Molini

PRIMERO, un reconocimiento al Ayuntamiento por haber sabido rectificar una política urbanística demencial que estaba destrozando una de las vías con más personalidad de España: La Palmera, nuestra particular Beverly Hills. Paseando por esta avenida, una amiga nos comentó en cierta ocasión que le recordaba a un barrio inglés de Bombay, lo que no deja de estar en consonancia con esa añoranza de ultramar que late en la ciudad antigua y su ensanche belle époque. Palmas con matices, pues, a Antonio Muñoz, que en su arranque como alcalde parece dispuesto a hacer guiños a todas las Sevillas reales, desde las monjas de clausura hasta los modernazos de la Alameda. Pero más y mejores aplausos a aquellos que han dado la cara por la Palmera y han parado el dislate, entre ellos Javier Queraltó, Luis Fernando Gómez-Stern, Pepe Ferrari y Arturo Otero. Todos ellos han demostrado que la única batalla perdida es la que no se libra, una importante lección en la muy indolente y atolondrada ciudad de Sevilla.

Al fin, la Gerencia de Urbanismo parece dispuesta a eliminar de una vez por todas el plus de edificabilidad para los edificios dedicados a supuestos equipamientos (herencia envenenada de Sánchez Monteseirín por la que se han colado en la Palmera todo tipo de mamotretos arquitectónicos) y a elevar el nivel de protección de la vía. También a parar la construcción de un nuevo monstruo en el número 38. Es una victoria, aunque triste, de los defensores del patrimonio histórico-artístico de la ciudad. Lo que no llama tanto al entusiasmo, sin embargo, es que el Ayuntamiento justifique la derogación del polémico artículo 6.6.3 del PGOU porque "los objetivos de reequipamiento de determinadas zonas de la ciudad han quedado suficientemente cumplidos". Falso de toda falsedad. Los importantes destrozos cometidos en ÍDEM la Palmera no se han perpetrado para dotar a Sevilla de equipamientos necesarios, sino para alimentar sustanciosos negocios que pueden ser legítimos –nadie lo duda–, pero que podían haberse desarrollado en otros lugares menos sensibles de la ciudad. El estropicio es ya irreparable.

La Palmera, al igual que el Porvenir, Nervión y toda la Sevilla de los locos años alfonsinos, seguirán sufriendo una presión implacable por parte del negocio inmobiliario y habrá que estar muy pendientes, prestos a la movilización. Nos jugamos mucho en ello, nada menos que la pervivencia de una ciudad amable frente a otra en la que sólo cuenta la edificabilidad y el lucro de unos pocos. Ojo a la enorme caja de zapatos que ha crecido en Ramón Carande, junto al Tenis Betis, sin ninguna concesión a la estética ni a la ética. La ofensiva es brutal.

 
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