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Diario de Sevilla / 19/04/2022
Luis Sánchez- Molini
Acaba de salir un libro que debería ser importante, España fea. El relato del mayor fracaso de la democracia: el caos urbano y paisajístico (Debate). Su autor, Andrés Rubio, escribió este domingo un artículo en El País en el que denunciaba "la catástrofe cultural sin precedentes que supone el afeamiento de España en sus pueblos, en sus costas y en los ensanches recientes de las ciudades", lo que a su juicio ha provocado una "injusticia espacial". Para Rubio varias son las causas de este desastre. Una de ellas "hunde sus raíces en la Constitución de 1978, que no incluye la palabra paisaje. En ella se otorgaron las competencias en urbanismo a las comunidades autónomas, quedando el Estado progresivamente debilitado en una de sus más altas responsabilidades: la cohesión y belleza del territorio como símbolo de igualdad e identidad colectiva". Buena prueba de lo dicho por Rubio lo acabamos de comprobar con la reciente Ley del Suelo de Andalucía, aprobada con los votos de las tres derechas y la abstención del PSOE, y que facilitará aún más la destrucción paisajística de nuestra comunidad. Una tierra al completo sometida a un concepto tercermundista del capitalismo inmobiliario. Todo por el ladrillo.
No hay que irse muy lejos en el tiempo y el espacio para comprobar que las tesis de Rubio se atienen a la realidad. Sevilla es un clarísimo ejemplo de cómo esta degradación que comenzó con el desarrollismo franquista ha continuado con el pelotazo democrático. Insistimos: no tenemos que trasladarnos a los derribos de palacios de los años sesenta y setenta o a los artículos en el desierto de Romero Murube para conocer cómo funciona la destrucción de un paisaje urbano. Lo estamos viendo estos días con la degradación salvaje de la Palmera o con la construcción de un auténtico mamotreto soviético en la avenida Ramón Carande, junto al Tenis Betis. Lo vimos con la Pelli, el Paseo de Colón, Nervión... El paisaje de todos está siendo machacado para el enriquecimiento de unos pocos, de fondos de inversión a los que nada les importa la ciudad y sus habitantes. La Sevilla fea crece como un chapapote imparable. Pasear hoy por algunas zonas de la ciudad sólo provoca melancolía: edificios de ínfima calidad arquitectónica, urbanismo de tercera, proliferación de grandes contenedores de vecinos sin la menor concesión al bienestar estético. Si no reaccionamos ya estaremos condenados a vivir en una ciudad en la que la belleza será solo para los turistas o los muy ricos.
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