CESAR RUFINO/SEVILLA 06/08/2012
EL CORREO DE ANDALUCIA
Es fascinante: no dejan de aparecer turistas. Les da igual la meteorología, les da igual el mosquerío, aceptan deshidratarse sin oponer resistencia (despanzurrados por los poyetes, tristes de calor) y, a lo que se ve, también les importa un bledo el descuido imperante en estos Jardines de Murillo que aparecen en sus guías charoladas acompañados por los más sugerentes adjetivos. Lo que no se confiesa en ellas es la parte sucia, sino solo ese reluciente y ensolanado Paseo de Catalina de Ribera, con sus alberos dorados, las escarapelas blancas de sus magnolios y sus nubarrones rosas de adelfas y otros azulillos de sus falsos jazmines. Una fiesta para la mirada, que revolotea por la panorámica como un gorrioncito que no sabe dónde posarse. En contraste con esa preciosidad, en los jardines propiamente dichos, de camino a Santa Cruz, va a llegar un momento en que la hojarasca se lo va a comer todo; como la arena, a fuerza de no barrerse, se comió la ciudad romana de Gerasa en Jordania.
El paseo por este tesorillo urbano y reclamo turístico es descorazonador para cualquiera que dé por sentado que un parque es un sitio donde es poco probable que se lo coma a uno un caimán. Una cosa es ser decimonónico y otra muy distinta fantasear con la idea de que se lo traguen a uno las arenas movedizas, algo absolutamente alejado de las golondrinas becquerianas, las farolas fernandinas, los carruajes de punto y toda esa parafernalia identificativa. Por suerte, hay un magnífico ejemplar de árbol de las lianas adonde van a retratarse los forasteros, creyendo tal vez que sus raíces aéreas son criaturitas de El Bosco medio engullidas por un ficus gigantesco del que cuelgan sus piernecillas y sus muñones monstruosos. En Sevilla, y más por esa zona, cualquier alusión al arte se admite como posibilidad real.
El árbol de las lianas tiene una de sus raíces como una cola de dinosaurio. Saltando sobre ella se llega a un laberintillo de caminitos y glorietitas con fuente y charquito donde se mezclan el color vivo del ladrillo, el reflejo del sol sobre el barro y el éxtasis de una avispa clavada en el aire. Los franceses se solazan escupiendo moscas y abanicándoses con sus panamás, pero los paisanos de por aquí se quedan mirando las azoteíllas, esas que siempre aparecen al lado de un monumentazo sevillano, con sus persianas verdes de cuerda, su esparraguera, su escalerilla de forja y su veleta, y diciendo: ¡Anda que un cervezón ahí arriba, de noche en la hamaca...! |